No tan distintos: efectos en el cerebro de 5 psicodélicos, más similares de lo que la ciencia pensaba

Durante décadas, la ciencia trató a los psicodélicos con la debida complejidad que requieren, siendo compuestos difíciles de medir, de etiquetar, de comprender. Cada estudio parecía contar una historia distinta. Resultados fragmentados, muestras pequeñas, interpretaciones que no siempre coincidían… Todo esto puede hacer del estudio de los psicodélicos un ejercicio un poco frustrante.

Ahora, un nuevo metaanálisis publicado en Nature Medicine reunió datos de 11 estudios en cinco países, integrando más de 500 escaneos cerebrales de 267 personas bajo los efectos de psilocibina, LSD, mescalina, DMT y ayahuasca. Todos estos datos provienen de resonancias magnéticas funcionales en estado de reposo —es decir, mediciones del cerebro “en piloto automático”, sin tareas específicas—, una técnica que permite observar cómo se organizan sus redes de forma natural.

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El resultado fue, por primera vez, una imagen coherente, una especie de “firma neural” compartida, lo que algunos investigadores ya describen como un neural fingerprint of psychedelic states, o “huella neuronal de los estados psicodélicos”. Así, descubrieron un patrón que aparece una y otra vez, incluso cuando las sustancias son químicamente distintas.

¿Qué quiere decir esto? Aún no está claro del todo, pero podría empezar a responder una de las preguntas más grandes de la neurociencia contemporánea: ¿qué efectos tienen realmente los psicodélicos en el cerebro?

Desmembrando el mito #1 de los efectos de los psicodélicos: el cerebro no ‘se apaga’, se reorganiza

Durante años, una idea dominó el relato científico y mediático: que los psicodélicos tienen efectos devastadores en el cerebro, que “desintegran” sus redes, que apagan estructuras clave o que generan una especie de caos neuronal. Este estudio matiza —y bastante— esa narrativa.

Lo que los investigadores encontraron es más sutil, pero también más interesante: el cerebro no se rompe, cambia su forma de comunicarse. En términos científicos, lo que cambia es algo que los investigadores llaman “conectividad funcional”: la forma en que distintas regiones del cerebro se activan juntas en el tiempo, incluso cuando no estamos haciendo nada en particular.

En condiciones normales, distintas redes cerebrales operan como equipos relativamente cerrados. Las áreas visuales procesan lo visual, las motoras lo corporal, las asociativas lo abstracto. Cada una con su propio circuito interno, relativamente ordenado.

Bajo los efectos de los psicodélicos, pasan dos cosas al mismo tiempo en el cerebro: las conexiones dentro de cada red se debilitan y las conexiones entre redes distintas aumentan. En otras palabras: menos compartimentos estancos, más conversación cruzada.

Como lo explica el investigador principal Manesh Girn: “La distinción entre la experiencia interior y la percepción exterior es difusa”. Y agrega: “El cerebro está saliendo de su forma habitual de separar el procesamiento cognitivo y el perceptivo”.

Esa “mezcla” podría ser la base biológica de experiencias tan características como las asociaciones inesperadas, la intensificación sensorial o la sensación de que lo interno y lo externo se funden.

Cinco sustancias distintas… ¿Pero el mismo estado cerebral?

Uno de los hallazgos más fuertes del estudio es que, pese a sus diferencias químicas y en sus efectos subjetivos, los cinco psicodélicos analizados tienden a empujar al cerebro hacia un mismo tipo de estado. No idéntico, pero sí estructuralmente similar.

Como resumió el autor Danilo Bzdok: “Por primera vez, demostramos que existe un denominador común entre fármacos que actualmente consideramos totalmente distintos”.

Ese denominador común tiene que ver con una mayor integración global del cerebro: redes que antes estaban separadas empiezan a intercambiar información con mayor fluidez, especialmente redes de orden superior (pensamiento, emoción, toma de decisiones) y redes sensoriales (visión, movimiento).

Entre ellas, destacan redes como el default mode network —asociado con el pensamiento interno y la identidad— y el frontoparietal network, vinculado con la toma de decisiones, que comienzan a interactuar más intensamente con sistemas sensoriales como la visión y el movimiento. Esta conexión podría estar relacionada con el hecho de que todos estos compuestos actúan sobre el mismo mecanismo biológico, el receptor de serotonina 5-HT2A, especialmente abundante en las regiones del cerebro vinculadas al pensamiento abstracto.

El resultado es, entonces, lo que algunos modelos describen como un “aplanamiento de la jerarquía cerebral”: lo abstracto y lo sensorial dejan de estar tan separados y empiezan a influenciarse mutuamente de forma más directa.

Esto no significa que todas las sustancias funcionen igual. De hecho, el estudio muestra diferencias importantes:

  • Psilocibina y LSD: los patrones más similares y consistentes.
  • Mescalina: efectos parecidos, pero más variables.
  • DMT: cambios más intensos, aunque con menos certeza (muestras chicas).
  • Ayahuasca: el perfil más distinto, posiblemente por su complejidad química y datos limitados.

El cerebro profundo también entra en juego

Más allá de la corteza —la parte más “visible” en estos estudios—, el análisis encontró algo clave en regiones profundas del cerebro, particularmente en el caudado y el putamen, estructuras vinculadas con la integración entre percepción, acción y conducta. Estas zonas mostraron un aumento consistente en su comunicación con redes sensoriales.

Estas regiones funcionan como nodos que conectan lo que percibimos con lo que hacemos. Si cambian su forma de integrarse con el resto del cerebro, también puede cambiar la manera en que interpretamos y respondemos al mundo.

Curiosamente, otro protagonista histórico de la narrativa psicodélica —el tálamo— no mostró efectos tan consistentes como se esperaba. Aunque aparecieron cambios en algunos análisis, no fueron robustos en el modelo bayesiano. Este detalle es importante porque obliga a revisar hipótesis que durante años se dieron casi por sentadas.

Un campo que deja atrás su ‘invierno’

Para entender por qué este estudio importa tanto, hay que mirar el contexto. La investigación psicodélica pasó décadas en pausa —lo que muchos llaman el psychedelic research winter, o “invierno de la investigacion psicodélica”— debido a restricciones legales y estigmas culturales.

No obstante, en los últimos años la investigación volvió con fuerza. Hoy hay más de 400 ensayos clínicos activos explorando el potencial terapéutico de estos compuestos. Pero había un problema: los estudios no siempre coincidían entre sí. En algunos casos, incluso llegaban a conclusiones opuestas: mientras ciertos trabajos sugerían un aumento general de la conectividad cerebral, otros encontraban exactamente lo contrario.

Resultados contradictorios. Muestras pequeñas. Métodos distintos. Entre todo esto aparece este trabajo que logró, de alguna forma, ordenar aunque sea un poco de todo ese caos. Como explicó Bzdok: “Este enfoque nos ofrece una visión detallada de toda la comunidad investigadora”.

Al combinar datos de múltiples laboratorios y aplicar un mismo pipeline de análisis, el estudio logra algo que antes era casi imposible: comparar directamente diferentes sustancias bajo un mismo marco.

Además, se introduce un cambio metodológico importante: “En lugar de preguntarnos simplemente si existe un efecto, nos preguntamos qué grado de certeza tenemos al respecto”. Es decir, en lugar de buscar respuestas binarias —sí o no—, este enfoque permite estimar cuán confiables son los efectos observados, algo clave en un campo históricamente atravesado por resultados inconsistentes.

Hay esperanza, pero también límites

El entusiasmo es evidente. Algunos investigadores ya hablan de los psicodélicos como “el avance más prometedor en el tratamiento de la salud mental desde los ‘80”, en palabras de Bzdok. Pero calma: el propio estudio pone freno a cualquier conclusión apresurada.

Todos los datos provienen de adultos sanos, no de pacientes en tratamiento. Las mediciones capturan efectos agudos, no cambios a largo plazo. Y la fMRI mide flujo sanguíneo, no actividad neuronal directa.

Como señaló el investigador Peter Bandettini: “Si las drogas psicodélicas afectan al sistema vascular del cerebro, es probable que también afecten al resto del cerebro”. Es decir: hay evidencia fuerte de que algo real está pasando en el cerebro, pero todavía no vemos la película completa.

Quizás lo más importante de este estudio sea la sensación de ordenar un poco la narrativa y el entendimiento de lo que son los psicodélicos. Después de años de datos dispersos, aparece un patrón reproducible; es decir, un punto de referencia.

No explica completamente la experiencia psicodélica ni termina de completar todavía su valor terapéutico y, por supuesto, no resuelve todas las contradicciones, pero sí establece una base. Como dijo Girn: “Se trata de una prueba de rendimiento preliminar”. Un primer estándar. Un nuevo lenguaje para describir lo que pasa en el cerebro cuando sus límites empiezan a desdibujarse.

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Fuente: elplanteo.com

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