Una ‘autopsia geológica’ reconstruye cómo un asteroide extinguió a los dinosaurios

Hace 66 millones de años una luz apareció en el cielo. A medida que pasaban las horas, ese punto en el firmamento -visible desde el hemisferio norte- se fue haciendo cada vez más grande y brillante, hasta que el asteroide que lo provocaba se estrelló en la península de Yucatán, desencadenando una catástrofe planetaria que marcó el final del período Cretácico y que dejó para la posteridad un cráter de 28 kilómetros de profundidad y más 100 km de diámetro. El impacto provocó tsunamis, desencadenó incendios forestales masivos por todo el planeta y arrojó tal cantidad de humo y azufre a la atmósfera que bloqueó la radiación solar, provocando un periodo de enfriamiento global que acabó con tres cuartas partes de la fauna que poblaba en la Tierra.

El cataclismo supuso también la desaparición de los dinosaurios, que habían reinado sobre el planeta durante unos 180 millones de años. “No todos desaparecieron aquel mismo día, pero muchos sí lo hicieron”, resume Sean Gulick, un investigador del Instituto de Geofísica de la Universidad de Texas (UTIG) que ha pasado años estudiando la región en la que cayó el asteroide, “se abrasaron y luego se congelaron”. Gulick y su equipo han descubierto los restos más directos del acontecimiento que cambió la historia del planeta entre los sedimentos que llenan el cráter el Chicxulub. Un hallazgo que les permite reconstruir las primeras horas que siguieron al impacto. En su análisis ha colaborado un equipo internacional con participación del Centro de Astrobiología (CAB/CSIC-INTA). En total, más de una veintena de científicos cuyas conclusiones aparecen publicadas este lunes en Proceedings of the National Academy of Sciences.

El conjunto geológico que describen ofrece la mirada más detallada de aquel día e incluye restos de carbón vegetal, rocas y minerales, depositados por el inmenso tsunami que anegó la zona del impacto. Pero los investigadores se muestran aún más interesados en lo que falta: azufre. “Parte de las rocas que hemos estudiado son sedimentos oceánicos que incluyen rocas ricas en azufre como la anhidrita”, explica Gulick. Y, sin embargo, no hay rastro de este elemento; una ausencia que apoya la hipótesis de que el impacto del asteroide vaporizó esos minerales ricos en azufre y los liberó en la atmósfera.

Catástrofe climática

Una vez en el aire, el azufre causó estragos en el clima global, la nube bloqueó la radiación solar del planeta y causó un enfriamiento a escala global. Los investigadores estiman que al menos 325.000 millones de toneladas métricas (325 Gt) de esta sustancia fueron liberadas en aquel momento. “Modelos climáticos que habían estimado únicamente 100 Gt de azufre sugieren una caída global de 25º en las temperaturas medias, lo que significa que casi todo el mundo se congeló durante gran parte del año”, relata el investigador.

Si bien el asteroide creó una destrucción total en esta región de Norteamérica, fue el cambio climático global el que causó la desaparición masiva de la megafauna, acabando con los dinosaurios y con la mayoría de la vida del planeta, incluyendo plantas y árboles. Gulick lo define como un infierno breve y localizado, seguido de un enfriamiento mundial. “El verdadero asesino tuvo que venir de la atmósfera”, explica, “la única forma de conseguir una extinción masiva global es un efecto a escala atmosférica”.

Anatomía de una extinción

De todas las grandes extinciones, la del Cretácico-Terciario es la más conocida y la más estudiada. La desaparición de dinosaurios abrió la puerta a la diversificación de una nueva clase de vertebrados: los mamíferos. En 1980 un geólogo llamado Walter Álvarez y su padre, el físico nuclear Luis Álvarez, descubrieron que la capa de sedimento correspondiente cronológicamente al paso entre los periodos Cretácico y el Cenozoico estaba marcada por grandes cantidades de iridio, un elemento poco habitual en la Tierra pero abundante en los asteroides. Propusieron una hipótesis revolucionaria: un enorme impacto habría causado el fin de la megafauna del cretáceo.

Su idea se materializó en 1991, cuando se descubrió que un cráter enterrado bajo kilómetros de sedimento en la península de Yucatán cumplía a la perfección todos los requisitos: la datación geológica, el tamaño y la química de las rocas coincidían. Desde entonces cráter y el asteroide comparten un nombre, Chicxulub, en honor a un pequeño pueblo maya cercano. Los científicos creen que la mayor parte del material que llenó el Chicxulub en las horas que siguieron el impacto fueron resultado directo del mismo impacto, o bien fue arrastrado por el agua de mar en el tsunami resultante.

Se estima que una capa de 130 metros de profundidad en el suelo fue depositada ese día, una acumulación de materiales extraordinaria en términos geológicos. En particular los sedimentos atrapados en 40 metros capturaron lo que estaba sucediendo en la atmósfera en ese momento preciso, especialmente alrededor del cráter, y dan pistas sobre las consecuencias globales que desencadenó el impacto que aniquiló el 75% de la vida en el planeta. “Lo que hemos conseguido recuperar en la zona cero es un registro detallado de los acontecimientos de ese día”, dice Gulick que, además del estudio, codirigió en 2016 la misión de perforación del Programa Internacional para el Descubrimiento del Océano (IODP) in situ. “Nos cuenta el proceso del impacto desde la posición de un testigo ocular”.

Los investigadores estiman que el asteroide golpeó la corteza con la potencia equivalente a 10.000 millones de bombas atómicas como las utilizadas en la Segunda Guerra Mundial. La explosión abrasó árboles y plantas que estaban a miles de kilómetros de distancia y desencadenó un tsunami masivo que llegó hasta el extremo norte del continente americano. Dentro del cráter, los investigadores han encontrado carbón y biomarcadores químicos asociados con hongos justo encima de capas de arena, prueba de que sedimentos terrestres fueron depositados por aguas resurgentes. “El tsunami pudo alcanzar la Mesa Central mexicana, unos 800 km al oeste, regresando al cráter para colocar una capa con restos de biomarcadores e incluso carbón de los incendios forestales en el suelo”.

Un botín de animales

Este mismo año un estudiante de doctorado de la Universidad de Kansas llamado Robert DePalma sorprendió a la comunidad científica con un hallazgo en la revista PNAS: un yacimiento que corresponde exactamente al límite entre el cretácico y el terciario. Ubicado en Dakota del Norte, a más de 2.000 kilómetros del cráter Chicxulub el lugar (bautizado como Tanis, por la ciudad en la primera entrega de la saga de Indiana Jones), se encontraba junto a un mar interior y presenta un botín único de fósiles y sedimentos: decenas de animales y plantas de la flora y fauna de ese periodo, muchos de ellos desconocidos hasta ahora.

“El trabajo de DePalma analiza los efectos en un sitio alejado del impacto, donde los hechos dominantes son la llegada de la energía sísmica que causó los deslizamientos de tierra locales, una ola (o seiche) en el mar interior y la llegada de la lluvia de los restos que cayeron desde el cráter” explica Gulick. “Pero sus resultados son totalmente consistentes con nuestras observaciones, aunque la diferencia es que nosotros estamos mirando directamente a la zona cero donde los efectos son más extremos y más variados”.

Así se produjo el cataclismo climático

El impacto. Hace 66 millones de años un asteroide de 10 km. de ancho cayó en el mar frente a la actual península de Yucatán (México), calentando el aire, generando una onda supersónica. Formó un cráter de 28 km. de profundidad y a los pocos minutos, había arrojado 25 billones de toneladas métricas de escombro a la atmósfera.

Los tsunamis. Gigantescos maremotos resultantes del impacto se extendieron a través del Golfo de México, destruyendo áreas costeras, arrojando primero escombros hacia el interior y luego absorbiendo todo hacia las profundidades. Las criaturas marinas fueron arrastradas hacia el interior por tsunamis y terremotos, donde se mezclaron y quedaron sepultadas con criaturas terrestres, árboles y animales de río.

Incendios. El asteroide se vaporizó en el impacto y sus componentes se mezclaron con restos de la corteza terrestre. El resultado fue una inmensa acumulación de material incandescente que se elevó en dirección al cielo antes de caer como una montaña de polvo ardiente. Los científicos creen que la atmósfera a 2.500 km alrededor de la zona cero se calentó como resultado de esa tormenta de escombros, provocando gigantescos incendios forestales. Con el tiempo, el material transportado por el aire hacia otras zonas del planeta provocó fuegos masivos en el subcontinente indio.

Azufre. La vaporización de las rocas en el punto del impacto liberó unos 325.000 millones de toneladas métricas de azufre, que modificaron radicalmente el clima del planeta. El azufre se combinó con el agua para formar ácido sulfúrico, que luego cayó como una lluvia ácida, acabando con las hojas de cualquier planta sobreviviente y con los nutrientes del suelo.

Enfriamiento. La nube resultante del azufre y DE los incendios ocultó los rayos del sol, causando un enfriamiento a escala global. Una vez se extinguieron los incendios, la Tierra se sumergió en un período de frío. Las dos cadenas alimentarias esenciales de la Tierra, tanto en el mar como en la tierra, se derrumbaron en ese periodo.

Extinción de seres vivos. Los expertos estiman que en torno a un 75% de todas las especies vivientes se extinguieron como consecuencia del impacto y el cambio climático. Cuando la luz del sol finalmente consiguió atravesar la nube, los océanos estaban prácticamente vacíos y la Tierra estaba cubierta de cenizas. Las la capa de ceniza y hollín que finalmente recubrió la Tierra indican que los incendios consumieron alrededor del 75% de los bosques del mundo. Entre los pocos supervivientes se encontraban algunos mamíferos que, liberados de la competencia de los dinosaurios, pudieron evolucionar en una amplia variedad de formas.

Fuente: elmundo.es

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