Ganador del Premio Princesa de Girona Internacional 2026, José Eduardo Méndez Delgado afirma con orgullo que este galardón reconoce que México e Hispanoamérica son parte de la comunidad científica global
La curiosidad fue el germen sobre el que ha desarrollado toda su carrera y que le ha hecho merecedor del Princesa de Girona Internacional 2026. “Me interesaba entender cómo funcionan las cosas. La física me ofrecía un lenguaje para eso, una forma de hacer preguntas de manera más precisa”, explica José Eduardo Méndez Delgado.
Un sentimiento que, con el tiempo, iría cambiando para adquirir una dimensión mayor, más amplia. “La ciencia tiene algo que me parece muy valioso, y es que el conocimiento no se queda en una persona. Se construye colectivamente y permanece. También hay una parte estética, si quieres llamarlo así. Hay cosas en el universo que son simplemente muy bellas, como las nebulosas, y el hecho de poder estudiarlas y al mismo tiempo entender procesos fundamentales es algo que me sigue motivando”.
Bellas y desconocidas, esas nebulosas, motivo de su trabajo, nos explica, son regiones de gas donde nacen y mueren estrellas. Estas regiones emiten luz, y esa luz contiene información muy detallada sobre su composición química y sus condiciones físicas con la que es posible reconstruir cómo se han formado los elementos químicos en el universo, cómo han evolucionado las galaxias y, “en última instancia, cómo se ha construido la materia de la que estamos hechos”, afirma.
Uno de los problemas centrales en este campo es que existen distintos métodos para medir esas abundancias químicas “y esos métodos no coinciden. Eso es lo que se conoce como la discrepancia de abundancias, y es un problema que lleva más de 80 años sin resolverse completamente. Parte de mi trabajo ha sido abordar ese problema desde una perspectiva distinta, utilizando análisis globales y muestras grandes de datos, en lugar de enfocarnos en casos individuales. Eso permite identificar patrones que no son evidentes cuando se estudian objetos de forma aislada”.
Un trabajo que representa, en realidad, un paso hacia el mañana, una visión, como asegura, de hacia dónde va a evolucionar este campo. “En los próximos años vamos a contar con telescopios de 30 metros de diámetro, que van a hacer mucho más accesible este tipo de observaciones. Lo que hoy requiere un esfuerzo muy específico, en el futuro cercano será algo más común. En ese sentido, creo que uno de los logros ha sido adelantarnos un poco a esa dirección, empezar a construir el marco conceptual y metodológico para trabajar con ese tipo de datos”.
Lo que nadie duda es el valor de su investigación que ya le hizo valedor del premio Ernst Patzer en Alemania y ahora del Princesa de Girona, un galardón que recibe con orgullo no solo personal. “Es el resultado de un trabajo colectivo. Hay muchas personas detrás, directa o indirectamente: colegas, mentores, estudiantes, instituciones. La ciencia nunca es un esfuerzo individual. Creo que es importante porque ayuda a visibilizar la ciencia que se hace en México y en Hispanoamérica, y a recordar que aquí también se está trabajando en la frontera del conocimiento. No como una excepción, sino como parte de una comunidad científica global”, recalca este mexicano oriundo de Morelia, Michoacán.
La ciencia, la base del mañana
Fiel a su motivación por entender mejor el universo, contribuir a resolver problemas abiertos y formar gente, para José Eduardo Méndez, “la ciencia no es solo lo que descubres, sino lo que dejas construido para que otros continúen”.
Y es que, como comparte con DISRUPTORES AMÉRICAS, es esa mirada al mañana lo que marca su trabajo. “La ciencia básica es, en muchos sentidos, la semilla de la tecnología del mañana. Y lo que hoy entendemos como tecnología es, en realidad, la cosecha de preguntas que alguien se hizo hace décadas, muchas veces sin tener claro para qué servirían”.
Por ello, al preguntarle por aplicaciones concretas hoy ya de su investigación, nos explica que “cuando uno trabaja en investigación fundamental, no está necesariamente pensando en una aplicación inmediata. Está tratando de entender cómo funcionan las cosas en un nivel más profundo. Pero ese conocimiento, con el tiempo, termina encontrando formas de materializarse. Hay una idea que me parece importante: si solo te enfocas en resolver lo inmediato, puedes obtener resultados rápidos, pero limitados. En cambio, cuando inviertes en entender, en explorar, en hacer preguntas más básicas, estás construyendo algo que puede sostener muchos desarrollos futuros”.
“Es un poco como sembrar. Hay quien se enfoca únicamente en cosechar lo que ya existe, y eso funciona en el corto plazo. Pero quien se dedica a sembrar de manera constante está asegurando que siempre habrá algo que recoger más adelante. La ciencia básica funciona así. No siempre da resultados visibles de inmediato, pero es lo que permite que, con el tiempo, surjan avances que transforman la manera en la que vivimos. Y en ese sentido, su impacto no es solo tecnológico, sino también estructural. Define qué tipo de futuro queremos construir”, añade.
Una labor que pese al valor que tiene no resulta lo sencilla que debiera: “El mayor reto no es un problema científico en particular, sino las condiciones en las que se hace ciencia. La incertidumbre, la falta de financiación estable, la necesidad de moverse constantemente, todo eso forma parte del entorno. En mi caso, más que “superarlo”, ha sido aprender a convivir con eso. Entender que es una carrera de largo plazo, que los avances no siempre son inmediatos y que hay momentos de duda que son parte del proceso”.
Fuente: elespanol.com


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