No existió una única ruta hacia la civilización: Linda Rosa Manzanilla
“Mientras Mesopotamia dependió en gran medida de redes de intercambio para obtener materias primas, Egipto contó con un territorio relativamente cerrado, delimitado por desiertos y mares”
¿Cómo surgieron las primeras ciudades y los primeros Estados? ¿Por qué civilizaciones geográficamente cercanas desarrollaron formas de organización tan diferentes? Estas preguntas guiaron la conferencia El origen de las civilizaciones antiguas, impartida por Linda Rosa Manzanilla Naim, miembro de El Colegio Nacional, quien presentó un recorrido por los procesos que condujeron del sedentarismo y las primeras aldeas a la aparición de ciudades, burocracias y Estados territoriales.
La sesión formó parte del ciclo Cultura hoy para la vida cotidiana, coordinado por los colegiados Susana Lizano y Luis Felipe Rodríguez Jorge. La investigadora titular del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM explicó que el surgimiento de las llamadas sociedades complejas no fue un proceso repentino, sino el resultado de profundas transformaciones ambientales, económicas, tecnológicas y sociales ocurridas durante miles de años.
Uno de los principales contrastes abordados fue el existente entre Mesopotamia y Egipto. En la gran llanura formada por los ríos Tigris y Éufrates, explicó Manzanilla, abundaban las tierras cultivables, pero escaseaban recursos como metales, piedra y otros minerales. “Esta condición impulsó a las comunidades mesopotámicas a establecer redes de intercambio con regiones montañosas como los Zagros y el Taurus”.
“El movimiento de materias primas, entre ellas obsidiana, cobre, estaño y otros minerales, generó una creciente necesidad de controlar, registrar y redistribuir bienes”. De acuerdo con la arqueóloga, esta tradición administrativa puede rastrearse hasta aproximadamente el año 8000 a. C., cuando aparecen los llamados tokens o contadores, objetos utilizados para representar bienes y transacciones.
“La agricultura de cereales y leguminosas, la cría de animales y el aprovechamiento de recursos vegetales formaron parte de una economía que gradualmente incorporó sistemas de almacenamiento y redistribución. En las primeras aldeas sedentarias de Mesopotamia, surgieron almacenes comunales, mientras que posteriormente aparecieron sistemas de irrigación y formas cada vez más especializadas de producción artesanal”.
La científica Emérita del Sistema Nacional de Investigadores destacó el periodo Ubaid como una etapa decisiva para comprender el origen de la complejidad social en el sur de Mesopotamia. “La expansión del riego, la redistribución de productos y la aparición de santuarios con espacios destinados al almacenamiento reflejaron una organización económica cada vez más estructurada”.
El cambio fundamental llegó hacia el año 4000 a. C., durante el periodo Uruk, asociado con la llamada revolución urbana. “En esta etapa surgieron auténticas ciudades y se intensificaron las transformaciones tecnológicas y económicas. La rueda, los primeros usos de aleaciones de bronce, el arado y nuevas formas de producción cerámica modificaron profundamente la vida social. Al mismo tiempo, la administración de los excedentes generó nuevas funciones especializadas, funcionarios, artesanos, productores y otros sectores vinculados con el manejo de los bienes”.
En este contexto, aparecieron también las primeras formas de escritura pictográfica, relacionadas directamente con la necesidad de cuantificar y registrar productos. “Los antiguos contadores o tokens, las tablillas, los sellos y las vasijas de almacenamiento constituyen evidencias materiales de una sociedad donde la administración económica se volvió fundamental”.
La especialista subrayó que la escritura no surgió de manera aislada, sino vinculada a una necesidad concreta, la de registrar la producción, controlar los bienes almacenados y organizar su distribución. “La evolución mesopotámica continuó con la formación de las ciudades-Estado sumerias, cada una con su propio territorio y dinastía. En ellas aparecieron formas más definidas de gobierno, encabezadas por reyes y acompañadas por asambleas y consejos”.
Posteriormente, las conquistas de los acadios transformaron nuevamente el panorama político. Con Sargón de Acad, el fundador y primer rey del imperio acadio, que unificó las diversas ciudades estado de Sumeria y los territorios de Mesopotamia, surgió una nueva forma de organización, el Estado territorial, que integró extensos territorios y diferentes grupos culturales bajo un mismo poder político.
Manzanilla señaló que este proceso mostró que la formación de los Estados estuvo estrechamente relacionada con fenómenos como la conquista, la tributación, el control territorial y la administración de poblaciones diversas.
En relación con las civilizaciones urbanas del Valle del Indo, en el actual territorio de Pakistán. A diferencia de las ciudades mesopotámicas, asentamientos como Harappa y Mohenjo-Daro destacaron por una notable planificación urbana. “Calles organizadas, sistemas de drenaje, pozos, espacios sanitarios y controles de acceso evidencian un avanzado conocimiento de la infraestructura urbana desde alrededor del año 2000 a. C.
Estas ciudades mantuvieron además relaciones comerciales con Mesopotamia, lo que demostró que el desarrollo de las civilizaciones antiguas estuvo acompañado por extensas redes de intercambio entre regiones distantes. El caso egipcio permitió a la colegiada enfatizar que “no existió una única ruta hacia la civilización. Mientras Mesopotamia dependió en gran medida de redes de intercambio para obtener materias primas, Egipto contó con un territorio relativamente cerrado, delimitado por desiertos y mares, y con importantes recursos minerales y pétreos”.
La desertificación del norte de África, alrededor del año 6000 a. C. provocó desplazamientos de poblaciones hacia el río Nilo y modificó profundamente las formas de asentamiento. A diferencia de las aldeas mesopotámicas, los primeros asentamientos egipcios estuvieron caracterizados por construcciones de materiales perecederos y por una organización diferente del espacio”.
En palabras de la arqueóloga, durante el periodo predinástico comenzaron a distinguirse dos grandes regiones políticas, el Alto y el Bajo Egipto. “La evidencia arqueológica muestra que, antes de la consolidación del Estado faraónico, ya existían estructuras de liderazgo y símbolos de poder que posteriormente conducirían a la unificación política”.
“Mientras en las primeras ciudades mesopotámicas el poder estuvo inicialmente vinculado a estructuras colectivas y comunidades organizadas alrededor de templos, en Egipto se consolidó progresivamente un liderazgo centralizado en la figura del gobernante”, subrayó la experta.
Agregó que “el medio ambiente desempeñó un papel fundamental en la trayectoria de las civilizaciones, pero no determinó por sí solo su desarrollo”. La disponibilidad de agua, tierras cultivables, minerales y otros recursos condicionó las estrategias económicas y las redes de intercambio; “sin embargo, fueron las sociedades humanas las que desarrollaron distintas respuestas mediante la tecnología, la cooperación, la administración y nuevas formas de organización política”.
En resumen, el surgimiento de las primeras civilizaciones puede entenderse como un proceso acumulativo en el que intervinieron elementos como el sedentarismo, la producción de excedentes, la especialización del trabajo, el almacenamiento, el intercambio, la administración, la urbanización y, finalmente, las nuevas formas de poder político.
En este proceso, tecnologías aparentemente sencillas, como los sistemas de riego, el arado, la rueda, los sellos o los recipientes de almacenamiento, “tuvieron consecuencias sociales profundas, pues modificaron la producción, la distribución de bienes y las relaciones entre distintos grupos”.
La egipcia y la mesopotámica fueron “dos sociedades con una mentalidad muy distinta. La escritura apareció al mismo tiempo con funciones diversas en las dos civilizaciones. Pero el liderazgo político fue contrastante en ambas”. Por su parte, Teotihuacán, en el centro de México, fue una sociedad multiétnica, un centro urbano muy ordenado, con viviendas multifamiliares. “Nos hace pensar que nosotros, en la ciudad de México, vivimos en el último gran desarrollo urbano que empezó su historia en Teotihuacán”, concluyó la colegiada.
Fuente: El Colegio Nacional
