La escultura prehispánica mostró cómo el cuerpo fue un microcosmos en Mesoamérica: Eduardo Matos Moctezuma

La escultura prehispánica mostró cómo el cuerpo fue un microcosmos en Mesoamérica: Eduardo Matos Moctezuma

Matos Moctezuma invitó al público a seguirlo en un recorrido por la escultura prehispánica que arrancó con los olmecas y terminó con la escultura mexica del Templo Mayor

Para las antiguas culturas mesoamericanas, el cuerpo era “principalmente un microcosmos”. Como otros elementos del universo, el cuerpo también contenía tres niveles: el celeste, el terrestre y el inframundo, sostuvo el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma, miembro de El Colegio Nacional, al inaugurar el ciclo de conferencias La escultura en México.

Coordinado por el propio colegiado, y por Aban Flores Morán, profesor del Centro de Enseñanza para Extranjeros-UNAM, el ciclo arrancó en el Aula Mayor de la institución con la ponencia “Escultura prehispánica”, en la que Matos Moctezuma repasó las representaciones escultóricas y más emblemáticas de las culturas mesoamericanas, desde la tolteca hasta la maya y la mexica.

El cuerpo, dijo, “es un microcosmos que también tenía nivel celeste, la cabeza, nivel terrestre e inframundo, tal como la Coatlicue está dividida, o la lápida de la tumba de Palenque, en donde vemos los tres niveles: era un microcosmos en el cual estaba representada la esencia y la presencia de los dioses mismos, eran los adoradores de los dioses, los macehuales, entonces tenían todo este simbolismo”.

Este simbolismo, siempre representado en la escultura prehispánica, derivaba en la concepción dual del mundo, regida por la vida y la muerte. “El sacrificio humano, que si existió como existió en muchas sociedades de la antigüedad, en Mesoamérica se ha podido ver que se ofrendaba el corazón al Sol era para que no detuviera su andar”.

“Si no había ofrenda de lo más preciado, lo que daba vida al hombre, todo se iba a detener, todo se iba a parar, todo se iba a destruir. De cada ciclo, de los cuatro regidos por determinado dios que predomina, esta lucha entre Tezcatlipoca y Quetzalcoatl se da por medio de la sangre, del combate entre ellos. Finalmente, el cuerpo humano es el gran generador de vida, aparentemente es contradictorio: a través de la muerte se llega a la vida y a través de la vida, evidentemente, se llega a la muerte”, explicó.

Antes de que Matos Moctezuma tomara palabra, Aban Flores Morán explicó que el ciclo La escultura en México, que consta de tres sesiones más, reflexionará acerca de una manifestación artística que forma parte de la vida cotidiana. “Convivimos con ella en calles, plazas, templos, museos y edificios públicos. Desde tiempos muy antiguos ha sido una de las manifestaciones artísticas más importantes, creada con propósitos religiosos, políticos, conmemorativos, estéticos e incluso urbanos”.

“A diferencia de otras artes, la escultura comparte el mismo espacio que el espectador. No la contemplamos a la distancia. Podemos rodearla, acercarnos a ella, percibir su volumen y establecer una relación corporal con su presencia. Precisamente por ello, es una expresión artística profundamente vinculada con el espacio, el cuerpo y la experiencia”, agregó.

Pero, a pesar de los numerosos estudios sobre obras, artistas y períodos específicos, estimó Flores Morán, “todavía no contamos con una historia general de la escultura en México. Eso se debe, en buena medida, a que estudiarla no es una tarea sencilla. No basta con explicar qué representa o cuál fue su función, también es necesario aprender a observar sus formas, sus volúmenes, sus materiales y la manera en que dialoga con el espacio y con quienes la contemplan”.

Durante la sesión inaugural, el arqueólogo Eduardo Matos Moctezuma convocó a los asistentes a imaginar un viaje por un museo, donde él fungió como conductor. “Yo soy el guía, ustedes son los espectadores, a la vez que yo soy guía-espectador. Y entonces empezamos a recorrer algunas de las manifestaciones de las diferentes culturas mesoamericanas desde el punto de vista de la escultura”.

El recorrido inició con los olmecas. El colegiado se remontó al pasado, entre los años 1200-1400 antes de nuestra era y al 600-800 antes de nuestra era. “Ellos manejaron piedras duras, que, por cierto, y ya sabemos, en ninguna de las sociedades prehispánicas se manejó el hierro o cualquier otro metal para labrar estas piedras; se usaron otras piedras más duras, se usaron abrasivos, como la arena, diversos tipos de herramientas, para ir erosionando el material”.

“¿Cuánto tiempo llevaría hacer las cabezas monumentales? Hasta ahora se han encontrado 14 o 17”, recordó. Posteriormente mostró la Cabeza 1 de San Lorenzo, Veracruz, que se conserva en el Museo de Antropología de Xalapa: “Se ha especulado qué representan, qué simbolizan y demás. Unos dicen que puede ser un decapitado. Otros dicen que no, que son alguna deidad. Algunos dicen que son individuos, que son hombres. El hecho es que nos interesa su dominio para manejar estos volúmenes, esa perfección”.

Matos Moctezuma repasó diferentes manifestaciones escultóricas, como fue el caso de El señor de las Limas, también localizada en Veracruz y de origen olmeca. “Fue encontrada por unos niños en un asentamiento rural. Los niños jugando, de repente, en una ladera ―que en realidad era un montículo arqueológico―, encuentran esta figura, la recogen y le hacen un altar. La ponen con guirnaldas de papel y cosas así. El INAH me manda a mí, y a Héctor Gálvez, otro arqueólogo, para traerla a México”.

“Pero un día antes se nos adelantan los de la Universidad Veracruzana, Alfonso Medellín Zenil ―gran arqueólogo y amigo―, y se la llevan a Xalapa. Cuando llegamos, preguntamos: ‘oigan la figura…’. ‘Llegaron sus compañeros y se la llevaron al Museo de Xalapa’. Menos mal, pero estando en Xalapa se la robaron y la encontraron en el sur de Estados Unidos y entonces, después de mi frustrada presencia en aquel municipio, me tocó ser perito porque la recuperamos, afortunadamente”, recordó.

El colegiado dio un ejemplo múltiple: el de la Ciudadela de Teotihuacan y su Templo de Quetzalcóatl o de la Serpiente emplumada. “Ahí se conjugan la arquitectura, la escultura y la pintura. (Ignacio) Marquina, que trabajó con don Manuel Gamio, quien encontró esto en Teotihuacán, hizo una acuarela de cómo estaba pintado el templo, era de una policromía exuberante”.

“Y luego, esa simetría, esos elementos hechos con piedras duras que conforman los grandes bloques, son unos bloques enormes cada uno. Ya con la policromía aquí hay algo que hay que advertir, siempre nos admiramos y, sobre todo, cantamos grandes glorias, sobre todo cuando hay esta presencia homogénea, medio gris de la piedra basáltica. Aquí se integraba precisamente la arquitectura, la escultura y la pintura, con todo un simbolismo interno maravilloso”, dijo.

La guía de Matos Moctezuma llegó a la cultura mexica, específicamente al Templo Mayor, sitio al que el arqueólogo ha dedicado parte de su vida. Aquí se refirió a la escultura de Mictlantecuhtli: “Esta figura tiene dos metros de alto, una calaca, hecha en varios tramos, en barro, hacían aparte cada uno de ellos y los iban ensamblando, la cabeza hasta arriba se puede mover y hay unos agujeritos en la cabeza son, como hemos visto, en un códice colonial, como hay una escultura de Mictlantecuhtli al que le están colocando cabello”.

La figura, que contiene un “elemento tribolado” a la altura del estómago, fue motivo de especulaciones sobre la representación que se quiso hacer: algunos decían que era el estómago mismo; otros, que se trataba del corazón. “Pues no, es el hígado. Lo identificó muy bien Leonardo López Luján (también miembro de El Colegio Nacional), porque, además, cada parte del cuerpo humano estaba dividido, por ejemplo, la cabeza a la tona, era uno de los lugares importantes; en el pecho, el corazón, la teyolía, que era el que podía viajar al inframundo. Y el hígado, el lugar donde están depositados los humores”.

Así, Matos Moctezuma llegó a la Piedra del Sol. “Esta figura realmente es la aprehensión del tiempo. Nos representa primero a una deidad, ha habido varias interpretaciones, pero la que más predomina, y yo creo que es la correcta, es la que dice que en el centro está Tonatiuh. Huitzilopochtli es cuando el Sol está empezando a emerger y va subiendo. Es un joven guerrero, pero cuando llega al centro, al cenit, es Tonatiuh”.

En cambio, “cuando empieza a caer, hacia el occidente, es Tzontémoc. Son tres elementos solares. Pero, además, las cuatro aspas, cada una representa una de las etapas que vivieron en el pasado: son las cuatro edades por las que pasaron antes de llegar el Quinto Sol, que es este, pero además en las garras tienen corazones y luego viene la imagen solar propiamente dicha, donde vemos los rayos solares representados”.

También, explicó, “está la serpiente que transporta por el firmamento al Sol. Pero fue una pieza inacabada, se le rompió en uno de los lados, afortunadamente no en la parte principal. Pero, en fin, es el tomar el tiempo en esta forma pétrea, y algo también muy interesante, es que estaba totalmente policromada con colores ígneos: el amarillo, el rojo, o sea, el fuego. Así es como la estaban viendo ellos”.

El ciclo La escultura en México, continuará el próximo martes, 14 de julio, donde se abordará la escultura surgida tras el contacto entre las tradiciones artísticas indígenas y españolas. El lunes 3 de agosto, el ciclo se trasladará al CEPE en Ciudad Universitaria para hablar de la escultura novohispana con el doctor Pablo Amador; el lunes 10 de agosto continuará con la escultura del siglo XIX, presentada por Luis Gómez Mata y finalmente regresa a El Colegio Nacional, con la doctora Rita Eder, que hablará de la escultura del siglo XX.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez

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