El patrimonio no nace como patrimonio, se vuelve patrimonio: Jessica Ramírez

El patrimonio no nace como patrimonio, se vuelve patrimonio: Jessica Ramírez

“Cuando se pierde alguno de estos inmuebles en realidad, lo que está desapareciendo y lo que se irrumpe en muchos sentidos es una relación, se afecta una manera de recordar”, destacó desde el Aula Mayor de El Colegio Nacional

El patrimonio no nace como patrimonio, se vuelve patrimonio. Ningún edificio, códice o práctica cultural llega al presente con un significado intacto: llega con usos, olvidos, apropiaciones, disputas, heridas, afectos y nuevas lecturas, aseguró la profesora-Investigadora de El Colegio de México, Jessica Ramírez Méndez, en la conferencia inaugural de las Jornadas de Jóvenes Americanistas, bajo el título Patrimonio: ¿una apuesta por la paz?

En una transmisión entre México y España, la historiadora llamó a comprender que mientras en una época se consideró sagrada alguna construcción, en otra se puede entender como ruina; “lo que una administración declaró monumento, una comunidad pudo reconocerlo mucho antes como lugar de pertenencia; lo que fue un emblema nacional, hoy puede ser discutido por quienes no se reconocen en ese relato”.

“Lo que para un museo fue una pieza excepcional, para otro grupo puede ser memoria viva, objeto ceremonial, testimonio de despojo o símbolo de una ausencia. No lo olvidemos. Por eso, estudiar el patrimonio exige preguntarse, siempre, quién lo está nombrando, quién lo está conservando, quién lo está interpretando, quién tiene autoridad para explicarlo, quién queda fuera, quién se vuelve visible y quién es silenciado”.

Con el subtítulo de “El patrimonio como terreno común, plural y en disputa: un llamado a las y los jóvenes investigadores”, las Jornadas reúnen a especialistas de México y de diferentes instituciones europeas, a celebrarse hasta el viernes 3 de julio de manera virtual.

Durante su ponencia, la investigadora mexicana señaló que, en todos los casos, lo que está en juego no es sólo la existencia de ciertos bienes, sino las operaciones históricas que los volvieron significativos. Leyes, instituciones, saberes, pero también mercados clandestinos, museos comunitarios, comunidades, proyectos nacionales y reclamos contemporáneos. “El patrimonio entonces no es una esencia, es una atribución de valor y esa atribución nunca ocurre en el vacío”.

De ahí que el planteamiento del encuentro lo defina como “una fórmula por demás afortunada”, en particular porque evita la comodidad frecuente de suponer que el patrimonio es, por sí mismo, un lugar de acuerdo y no lo es: el patrimonio no admite respuestas rápidas, porque no es neutro.

“Lo que una sociedad conserva y hay que repetirlo sobre todo para asumirlo, revela memorias reconocidas, conflictos abiertos y futuros imaginados”.

Desde esa premisa, la doctora en historia propuso una reflexión sobre la herencia colectiva como vínculo vivo, hecho de relatos y disputas, y no como refugio inmóvil del pasado; por ello, el tema abordado en su conferencia, “Patrimonio: ¿una apuesta por la paz?”, sea urgente e incómoda a la vez: “¿puede realmente el cuidado de lo común abrir caminos de reconocimiento diálogo y convivencia?”

“A todos nos gusta responder que sí, de manera inmediata, pero en realidad a lo que ha llevado en muchas ocasiones es a silenciar el conflicto, así que propongo pensar si el patrimonio puede hacer más bien del conflicto algo visible, leerlo históricamente y discutir las condiciones, entonces, de una paz posible”.

La especialista partió de varias preguntas: ¿qué se pierde cuando nos quedamos sin un bien patrimonial? ¿Qué desaparece cuando arde una iglesia, se derrumba un puente, se saquea una biblioteca se destruye un archivo, se borra un mural, se abandona un barrio o se clausura un camino?

A su parecer se podría responder: se pierde materia, maderas, pigmentos o papel, también por supuesto respondemos se pierde técnica, se pierde historia y todo eso es cierto, aunque en realidad no basta.

“Cuando se pierde alguno de estos inmuebles en realidad, lo que está desapareciendo y lo que se irrumpe en muchos sentidos es una relación, se afecta una manera de recordar, una manera de reunirse, una manera de nombrarse, una manera de reconocerse y, por supuesto, una manera de percibir el espacio que nos da sentido. A veces esto se vuelve claro en los desastres, sobre todo, ante una inundación, un incendio o un desplazamiento forzado, las personas intentan salvar objetos que parecen irrelevantes”.

Recordó un curso sobre patrimonio entre profesores de la Universidad Autónoma de Tabasco, impartido después de una inundación en Villahermosa, donde les preguntó qué habían salvado la inundación.

“Me sorprendió muchísimo que ellos se llevaron una fotografía, un reloj que no funcionaba, unos lentes rotos, unas cartas. En realidad, es que no se rescatan las cosas porque sirvan, sino por términos prácticos, sino porque nos enlazan, porque contienen una historia que no cabe del todo en las palabras y, a veces, tampoco en los bolsillos de quienes han sido expulsados, desplazados, obligados a irse.

“Podríamos hacer una pregunta todavía más incómoda, y es si en una emergencia hubiera que salvar a alguien y solo una persona, ¿a quién correríamos primero a buscar? La respuesta no siempre nos deja tranquilos, porque tenemos que decidir entre una persona querida y una persona a la que apenas conocemos”.

Entre sus alumnos, muchas veces lo que responden es al que conocen, pero no está muy segura de esa respuesta; le queda claro que el cuidado no nace sólo de principios generales, se activa también por un rostro, por una historia y, sobre todo, por una deuda afectiva.

“Eso es lo que debiera ser el patrimonio cuando deja de ser objeto y se vuelve relación. Convierte lugares, bienes y memorias en una responsabilidad compartida. Tal vez por eso me gusta tanto la novela de Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric, donde el puente y los habitantes de la ciudad no pueden contarse por separado: esa obra arquitectónica atraviesa generaciones, encuentros, violencias, esperanza y relatos. Contarlo es contar también la vida de quienes han pasado por el”.

Por eso, destacó la pregunta por el patrimonio nunca es solamente una pregunta por el pasado, es también una pregunta por los vínculos que sostienen a una comunidad.

Sin historia, no hay patrimonio

No se puede hablar de patrimonio sin hablar de historia, dijo convencida Jessica Ramírez, autora del libro Un viaje fabuloso. Manual para elaborar recorridos culturales de patrimonio inmueble, porque la historia permite desarticular la ilusión de neutralidad, recuerda que aquello que hoy parece natural fue construido, que lo presentado como herencia común, quizá, fue común para algunos y ajenos para otros; a veces se teme que esta constatación debilite al patrimonio, pero “cuestionarlo lo vuelve mucho más significativo”.

“Si el patrimonio no es neutro, entonces por qué nos empeñamos en cuidarlo. Si tantas disputas trae, porque seguimos insistiendo en eso, acaso se nos ha vuelto un lugar común. Mi respuesta parte de una convicción que ha guiado buena parte de mi trabajo: por lo menos para mí, pienso que el patrimonio importa porque debiera producir vínculos”.

Durante mucho tiempo se ha pensado el patrimonio sobre todo desde sus elementos estéticos, pero el patrimonio no sólo deleita, tampoco no sólo recuerda, sino reúne, activa, convoca, incómoda, comunica, diferencia y también aproxima. Nos vinculamos con un lugar, porque ahí jugamos, porque ahí rezamos, porque ahí amamos, porque ahí trabajamos, despedimos a nuestros muertos, celebramos, protestamos, caminamos, esperamos, nos perdemos y también nos encontramos.

“Nos vinculamos con un objeto, porque perteneció a alguien, porque nos fue transmitido, porque condensa una historia familiar o colectiva. Nos vinculamos con una plaza, porque ahí se vuelve pública una forma de estar juntos. La identidad colectiva surge de procesos, nadie se reconoce en abstracto, nos reconocemos en relación con otros”.

En ese sentido, el patrimonio podría tener una función decisiva, no porque contribuya a resolver asuntos como la desigualdad, la violencia, el desplazamiento o la exclusión, “de hecho sería ingenuo pensarlo así”, pero sí porque puede ayudar a reconstruir o fortalecer los lazos que hacen posible la vida compartida.

“Los vínculos de una herencia cultural son como raíces, no siempre se ven, pero sostienen la vida visible, la nutren, la mantienen sana. Una plaza, un templo o un paisaje pueden parecer parte del fondo cotidiano, pero cuando se deterioran, se privatizan o se destruyen algo se revela, no eran sólo lugares, sino que eran soportes de las relaciones sociales de las comunidades que los integraban.

El patrimonio construido no es sólo referencia estética-documental, ni siquiera sólo referencia histórica, que es concepto que suele gustar a los historiadores, pues tiene la posibilidad de promover vínculos sociales y cuando estos vínculos son violentados también se fractura la vida colectiva y “ese sí es un problema”.

“Si el patrimonio produce vínculos, por qué genera también disputas, porque los vínculos no siempre son armónicos somos seres humanos, partimos en realidad de si tenemos una mala comunicación, no vamos a tener vínculos armónicos. Las memorias no siempre coinciden o no coinciden. Hay un dicho en el que se pregunta qué es más verdadero que la verdad: la historia que contamos”, recalcó la historiadora Jessica Ramírez Méndez.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez