A pesar de su aparente lejanía, la escultura del siglo XIX está más cerca de lo que creemos: Luis Gómez Mata

A pesar de su aparente lejanía, la escultura del siglo XIX está más cerca de lo que creemos: Luis Gómez Mata

Durante su cátedra, Luis Gómez Mata proyectó una serie de imágenes como ejemplo de la atención o desatención que recibe la escultura del siglo XIX.

La escultura del siglo XIX ha atravesado por diversos problemas, en especial la que se encuentra en los espacios públicos, no sólo por el deterioro producido por el mismo medioambiente, sino por la sociedad en general, ante lo cual hay varias preguntas por plantearse: “¿Qué tan olvidada o qué tan recordada está la escultura del siglo XIX? ¿Qué toca hacer? ¿Cómo toca leerla?”.

“¿Cuál es el papel de una persona que vive en el 2026 y que se enfrenta a la escultura del siglo XIX? Así es toda la escultura del XIX: a pesar de su aparente lejanía, está más cerca de lo que creemos”, resaltó el historiador del arte Luis Gómez Mata, curador del Museo Nacional de San Carlos, al dictar la conferencia “Escultura del siglo XIX”, como parte del ciclo La escultura en México, coordinada por Eduardo Matos Moctezuma, integrante de El Colegio Nacional, y Aban Flores Morán, investigador del Centro de Enseñanza para Extranjeros (CEPE-UNAM).

“En el gusto mexicano predominaba una relación con la escultura policromada, con la escultura religiosa, con la escultura devocional, que llega a causar un choque cuando Manuel Tolsá trae sus modelos de yeso, cuando trae esta escultura broncina de El caballito, que no tiene nada que ver con lo que se venía produciendo en los siglos anteriores”.

Hay una crónica, recordó el historiador de arte, muy interesante en el Semanario de las señoritas, un texto burlesco en el que dos compadres visitan una las exposiciones de la Academia y establecen la relación entre una estatua y una escultura: ellos dicen que una estatua es una figura más religiosa y una escultura no llegan las personas a rezarle, aunque se está presentando una figura de un Cristo de yeso, pero a ellos no les causa ninguna devoción, “a diferencia de los cristos que tenía dispositivos que sangraban y se les salían las venas y tenían cabello, figuras de Cristo muy dramáticas”.

“Así llegan estos escultores que tienen unas figuras más contenidas, completamente diferentes y con un modelo que no tiene nada que ver con el de la escultura policromada, lo cual sí causa este disgusto entre los públicos compradores. Realmente van a ser pocos los que se aventuren a hacerse un busto con su cara, porque en la pintura tienen color, pero los bustos tenían una característica más atemporal”.

De esta manera, explicó el especialista, se produjo un choque con la escultura de mármol, un fenómeno general, porque si nos ponemos estudiar la historia de la escultura en Chile o en Colombia, en diferentes latitudes de América Latina, pasó lo mismo. Y en todos los lugares se buscaron materiales que sustituían.

A lo largo de su conferencia, Luis Gómez Mata, narró el desarrollo de la escultura mexicana del siglo XIX a partir de ejemplos puntuales, al tiempo de ser muestras de su vinculación con los cambios políticos, sociales y culturales del México independiente, su consolidación y, en particular, su relación con la sociedad.

Tanto esculturas en espacios públicos, como estatuas de edificios decimonónicos, sintetizan los problemas de la escultura en el siglo XIX, aseguró el especialista, quien puso como ejemplo de ese desdén una intervención artística realizada en años recientes, justamente para reflexionar alrededor de cómo la escultura del siglo XIX es la más olvidada.

“Seguramente todos los ponentes que han estado aquí han dicho que la escultura de todas las manifestaciones de las artes plásticas es la más olvidada. Y, sí, es cierto: frente a la arquitectura o la pintura, la escultura se vuelve más compleja e incómoda. Su tridimensionalidad, su corporalidad, su ausencia de color para el caso de la escultura del siglo XIX se vuelve muy incómoda y lejana a lo que podríamos gozar o disfrutar de otras manifestaciones artísticas”.

En 2011, una artista contemporánea llamada Laura Valencia se propuso envolver las esculturas de los laterales del Paseo de la Reforma con un hilo negro, todo un proyecto del siglo XIX. Alcanzó a cubrir una escultura antes de que llegara una patrulla y se volvió una escultura realmente incómoda, porque “imagínense un cuerpo completamente negro, anulado, que está en el espacio público”.

Justamente esta intervención que hace Laura Valencia en el espacio público es para demandar y denunciar las desapariciones que atraviesa el país, tan violento y tan en crisis, que demuestra que, a veces, hay cosas que invisibilizamos. Todo el mundo pasa por el Paseo de la Reforma y nadie voltea ver esas esculturas, “nadie sabe de quién diablos son aquellos objetos, pero cuando ella las envolvió en este hilo negro, se convirtieron en una imagen hasta macabra”.

“Ella denunciaba metafóricamente los cuerpos de los desaparecidos por el estado; a pesar de que estas estatuas, estas esculturas, estas vasijas, todos estos ejemplos escultóricos que se hicieron hace más de 150 años, nos siguen importando y siguen causando algo: ¿por qué un grupo de gente se reúne para tumbar el Cristóbal Colón?, o ¿Por qué pintarrajean el Ángel de la Independencia? O ¿Por qué Laura Valencia envuelve con un cordón negro las esculturas? Justamente eso nos habla de la vigencia de la estatuaria del siglo XIX”.

Durante su cátedra, Luis Gómez Mata proyectó una serie de imágenes como ejemplo de la atención o desatención que recibe la escultura del siglo XIX, algunas veces acercamientos que van más allá de la intervención artística y tiene que ver ya más bien con un acto de vandalismo o de descuido del patrimonio.

“Por ejemplo, la estatua de El Nigromante, también como parte del proyecto decimonónico de poner esculturas del siglo XIX de grandes héroes en el Paseo de la Reforma, que fue derribada en un borrachazo automovilístico; hay varias a las que les han dado golpes con el auto y algunas se han caído, otros se las han llevado y, sorprendentemente, a pesar de sus 400 kilos, nadie sabe dónde están”.

A decir del especialista, la escultura del XIX tiene la “mala suerte” de que siempre ha sido entendida como una copia mal hecha de lo europeo. Se conocen las grandes glorias de la escultura prehispánica, con las cabezas olmecas o los grandes monolitos y piedras; después una tradición colonial con diferentes corrientes como toda la tradición de la madera policromada y “luego se llega al siglo XIX con estas esculturas sin color, hechas de yeso, con personajes que nadie entiende y se vuelve complicado leerlas”.

“Es por esto que, durante prácticamente todo el siglo XX, la escultura estuvo en un estado de abandono, que realmente vuelve triste ver estas bodegas, como si fueran un basurero. Va a ser un personaje importantísimo para la historia del arte mexicano llamado Salvador Moreno, quien se encargue de reactualizar la mirada hacia la escultura del siglo XIX. En la década de los 70, el historiador de arte y músico, escribió y realizó una exposición en el Museo Nacional de San Carlos que tituló ‘Un siglo olvidado en la escultura mexicana’.

“Fue un parteaguas en la historia museística y en la historia de la escultura. En la historia museística porque imagínense lo complicado que es mover escultura: transportar la escultura es uno de los retos más grandes a enfrentar. Cuando alguien hace una exposición de pintura es difícil transportar un lienzo o transportar alguna pieza de grabado por su delicadeza o por su fragilidad, pero una escultura, sólo hay que pensar en el reto de mover una cosa que, con un golpecito, se cae y ya se echa perder, se rompe y se destruye para siempre”.

Salvador Moreno se dio cuenta del estado en el que se encontraban las esculturas y se propuso hacer algo; primero, se puso a rastrear toda la escultura que estaba en bodegas perdidas con los descendientes de los escultores en museos en la Academia de San Carlos y logra rastrear un buen número, haciendo un cotejo archivístico con lo que tenía en piezas de las esculturas y “hace una recuperación insólita e inédita para la historia de la escultura”.

“A pesar de que él recupera una gran cantidad de cosas, creo que de la escultura del siglo XIX conocemos un 15%, no estoy exagerando. Entonces, le debemos mucho a Salvador Moreno, quien deja este legado que van a continuar otros sucesores más tarde, en las décadas de los 80 y 90. Hasta la fecha es un tema muy complicado de leer”.

Durante los siglos de la época virreinal va a dominar una producción de escultura principalmente hecha en materiales como la madera policromada, una escultura colorida, muy realista, principalmente de temas religiosos: esculturas con cabello natural, dientes, que sangraban, lloraban, a las que casi se les ve las venas, pero a fines del siglo XVIII llega una nueva tradición de hacer estas obras.

“El protagonista de esta nueva tradición escultórica va a ser un personaje conocidísimo en la historia de la academia que es don Manuel Tolsá, un escultor, arquitecto y ‘todólogo’ valenciano que llegó a México a finales del siglo XVIII contratado para ser director del ramo de escultura de la emergente Academia de San Carlos y se da a la tarea de reformar la enseñanza de la escultura en la academia y en México y pues realiza una de las obras más importantes para la tradición del arte latinoamericano y americano y occidental, me atrevería a decir: cualquier historia de la escultura occidental debe tener la imagen del famoso caballito, la estatua ecuestre que representa al rey Carlos IV, fundida como una pieza sola.”

Tolsá, además de ser autor de dicha escultura, también se encargó de la llegada de varios yesos desde España a la Academia de San Carlos, “que servía para que los jóvenes aprendieran copiando”, si bien en la actualidad la tenemos como algo menor, pero el primer paso para cualquier artista es la copia de otros modelos escultóricos.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez

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