Científicos descubren una nueva especie de ‘fósil viviente’ que apenas ha cambiado en 300 millones de años
Durante millones de años han permanecido casi idénticos mientras la vida en la Tierra cambiaba por completo. Ahora, un nuevo estudio ha revelado que incluso estos animales aparentemente inmutables todavía esconden especies desconocidas
Los océanos del planeta albergan algunas de las criaturas más antiguas que siguen vivas en la actualidad. Entre ellas se encuentran los quitones, unos discretos moluscos marinos que rara vez llaman la atención del gran público, pero que representan uno de los linajes animales más antiguos que aún habitan la Tierra. Su aspecto recuerda a una pequeña armadura viviente pegada a las rocas: un cuerpo ovalado cubierto por ocho placas articuladas que protegen sus tejidos blandos.
Ahora, un equipo de investigadores de la Kyungpook National University, en Corea del Sur, ha identificado una nueva especie dentro de este grupo. El hallazgo ha sido descrito en la revista científica Marine Life Science & Technology, donde los científicos detallan cómo combinaron análisis genéticos y observaciones microscópicas para distinguir a este organismo de especies muy similares. Tal y como indica el estudio científico, se trata de una especie completamente nueva para la ciencia que ha recibido el nombre de Acanthochitona feroxa.
El descubrimiento es relevante por varias razones. Por un lado, demuestra que incluso en grupos animales que llevan cientos de millones de años sobre el planeta todavía quedan especies por identificar. Por otro, aporta nuevas pistas sobre la evolución de los quitones y sobre cómo se diversificaron estos moluscos en los océanos actuales.
Un molusco que parece una armadura viviente
Los quitones pertenecen a la clase Polyplacophora, un término que literalmente significa “muchas placas”. La denominación describe perfectamente su anatomía: el dorso está protegido por ocho placas calcáreas que se solapan ligeramente, formando una especie de armadura flexible que les permite adherirse con fuerza a superficies rocosas mientras se desplazan lentamente por ellas.
A diferencia de otros moluscos más conocidos, como caracoles o almejas, los quitones tienen un cuerpo muy plano y una enorme “pata” muscular en su parte inferior que utilizan para desplazarse y adherirse a las rocas con gran fuerza. Esto les permite resistir el fuerte oleaje de las zonas intermareales, donde muchas especies pasan buena parte de su vida.
Estos animales también cuentan con una estructura bucal característica llamada rádula, una especie de lengua cubierta de diminutos dientes que utilizan para raspar algas de las superficies rocosas. Gracias a este mecanismo de alimentación, los quitones desempeñan un papel importante en el equilibrio de los ecosistemas costeros.
Aunque puedan parecer animales simples, los quitones poseen adaptaciones sorprendentes. Algunas especies, por ejemplo, tienen pequeños sensores de luz incrustados en sus placas, capaces de detectar cambios en la iluminación o la sombra de un posible depredador.
Un linaje con más de 300 millones de años de historia
Los quitones suelen ser considerados “fósiles vivientes”. No es una etiqueta exagerada: su anatomía básica apenas ha cambiado durante aproximadamente 300 millones de años, lo que los convierte en uno de los grupos de moluscos más antiguos que todavía sobreviven.
Tal y como explica el estudio , actualmente se conocen alrededor de 940 especies vivas, distribuidas prácticamente por todos los océanos del planeta, desde regiones tropicales hasta aguas polares. Algunas viven en zonas intermareales, pegadas a las rocas, mientras que otras habitan a gran profundidad en el fondo marino.
A lo largo del registro fósil se han identificado cientos de especies adicionales, lo que indica que este grupo ha tenido una historia evolutiva larga y diversa. Sin embargo, distinguir especies dentro de este grupo no siempre es sencillo.
Durante décadas, los científicos han clasificado los quitones basándose en características visibles como la forma de sus placas o la estructura de su rádula. El problema es que muchas especies presentan un aspecto externo casi idéntico. Esto puede provocar errores de identificación y dificultar la comprensión de su diversidad real.
ADN y microscopios para descubrir una especie escondida
Para superar esas dificultades, los investigadores surcoreanos decidieron aplicar una estrategia más completa que combinara morfología tradicional con análisis genéticos.
Los científicos recogieron varios ejemplares del género Acanthochitona en diferentes puntos de la costa de Corea del Sur. A partir de ellos secuenciaron sus genomas mitocondriales completos, una parte del ADN que se hereda por vía materna y que resulta especialmente útil para detectar diferencias entre especies cercanas.
Además, analizaron el gen COI, uno de los marcadores más utilizados en genética para identificar especies mediante técnicas de “código de barras” molecular.
Los resultados revelaron algo inesperado. Algunos de los ejemplares presentaban patrones genéticos claramente distintos de los de otras especies conocidas del mismo género. Aquello sugería que podían estar ante una especie todavía no descrita.
Para confirmarlo, los investigadores recurrieron a microscopios electrónicos de alta resolución. Gracias a estas herramientas pudieron examinar con gran detalle estructuras microscópicas del animal, como las espículas de su superficie o la forma de su rádula. Estas observaciones mostraron diferencias claras respecto a otras especies del mismo género, lo que terminó confirmando que se trataba de una especie nueva.
Acanthochitona feroxa: una especie que pasó desapercibida
La nueva especie fue bautizada como Acanthochitona feroxa. El nombre hace referencia al término latino ferox, que puede traducirse como “feroz” o “erizado”, en alusión al aspecto espinoso que presentan las estructuras de su superficie.
Este detalle no es casual. Los quitones del género Acanthochitona se caracterizan por poseer numerosos penachos de espinas microscópicas compuestas de aragonito, un mineral basado en carbonato cálcico. Estas estructuras pueden resultar incómodas para cualquier depredador que intente arrancarlos de la roca.
Lo más sorprendente es que probablemente llevaba mucho tiempo pasando desapercibida. A simple vista resulta muy similar a otras especies cercanas, por lo que durante años pudo haber sido confundida con ellas. Solo al combinar técnicas de secuenciación genética y análisis microscópicos fue posible detectar las diferencias que la distinguen.
Una historia evolutiva que se remonta al Cretácico
El estudio también permitió reconstruir parte de la historia evolutiva del género Acanthochitona. Utilizando modelos de “reloj molecular” calibrados con fósiles, los investigadores estimaron cuándo se separaron estas especies de otros linajes de quitones. Los resultados sugieren que el género Acanthochitona comenzó a diversificarse hace aproximadamente 83,9 millones de años, durante el Cretácico tardío .
En aquella época el planeta era muy diferente al actual. Los niveles del mar eran más altos, las temperaturas globales eran elevadas y enormes extensiones de plataformas marinas poco profundas cubrían amplias zonas de los continentes. Ese escenario pudo favorecer la diversificación de estos moluscos, que encontraron nuevos hábitats donde expandirse.
Además del descubrimiento de la nueva especie, los investigadores también detectaron que algunas familias de quitones podrían necesitar revisiones taxonómicas, ya que los análisis genéticos sugieren relaciones evolutivas más complejas de lo que se pensaba.
Un descubrimiento que muestra lo mucho que queda por descubrir
El hallazgo es un recordatorio de que la biodiversidad marina sigue siendo en gran parte desconocida. Incluso en grupos animales bien estudiados y con una historia evolutiva de cientos de millones de años, nuevas especies pueden seguir ocultas a plena vista. Muchas de ellas solo se diferencian por pequeños detalles microscópicos o por variaciones en su ADN.
Tal y como señalan los autores del estudio , los datos genéticos y las imágenes microscópicas publicadas permitirán que otros investigadores puedan identificar esta especie en distintas regiones del mundo.
Esto abre la puerta a descubrir si Acanthochitona feroxa vive únicamente en las costas de Corea del Sur o si su distribución es mucho más amplia de lo que se pensaba. Y también deja claro algo que los biólogos llevan tiempo repitiendo: incluso en los rincones más conocidos del planeta, todavía quedan especies esperando a ser descubiertas.
Fuente: muyinteresante.okdiario.com
