Tener óvulos congelados no es una garantía de poder tener hijos

Cuando Michele Harrison cumplió 40 años, decidió vender su apartamento en la ciudad de Nueva York (EE. UU.) para comprar uno más grande. Podía permitírselo después de haberse centrado tanto en su carrera, trabajando hasta altas horas por las noches como mujer soltera, viajando constantemente para agencias de publicidad y luego en marketing en ESPN.

Mientras estaba en el proceso de vender su casa, se mudó temporalmente con su tía a las afueras. Se dio cuenta de lo agradable que era ver la hierba verde y tener espacio para respirar. Dejó su trabajo y cambió su dura rutina en la gran ciudad por los campos de Colorado (EE. UU.).

Una de sus primeras tareas fue un chequeo rutinario con un ginecólogo. En ese momento, Harrison tenía 41 años. Durante la revisión, el médico fue directo al grano: “¿Quiere tener un bebé?”

“Pensé: ‘No tengo ni idea'”, recuerda Harrison. “Estaba en shock. Creo que nunca había pensado en tener hijos ni en la edad que tenía porque había estado muy centrada en mi carrera”.

Su médico la remitió al Centro de Medicina Reproductiva de Colorado (CCRM, por sus siglas en inglés), que tiene buena reputación en ayudar a las mujeres “mayores” a quedarse embarazadas. Cuando se trata de fertilidad, 35 años es el punto crítico que la medicina denomina como AMA, o “avanzada edad materna”. No es una designación arbitraria. La fertilidad de una mujer comienza a disminuir alrededor de los 32 años y esa disminución aumenta bastante a los 37, según el Colegio Estadounidense de Obstetras y Ginecólogos.

“Si quiere congelar sus óvulos”, le dijeron, “ahora es el momento”. Se unió al creciente número de mujeres que intentan retrasar la biología. Más de 7.000 mujeres estadounidenses congelaron sus óvulos en 2016, frente a menos de 500 en 2009.

“Pensé: ‘¿Por qué no hacerlo solo como un seguro para no perder la oportunidad?'”, recuerda ella.

Un proceso sin garantías de éxito

En realidad, la oportunidad ya estaba casi perdida. Los especialistas en fertilidad animan a las mujeres que desean congelar sus óvulos a que lo hagan cuando tengan alrededor de 30 años, cuando todavía tienen un estado saludable. A mediados de la gestación, un feto femenino tiene 3 millones de óvulos en cada ovario. Al nacer, ese número se reduce a 500.000. En la pubertad, una niña tiene 150.000 por ovario. En la menopausia, a la mujer le quedarán muy pocos óvulos, y muchos tendrán errores genéticos provocados por el envejecimiento. Cuanto más daño en el ADN, más probable será que un óvulo o embrión acabe en un aborto espontáneo, en una anomalía cromosómica o que el embarazo no se produzca.

No está claro por qué las niñas nacen con más óvulos de los que podrían usar. Tampoco está claro por qué los números caen tan precipitadamente a lo largo de los años, aunque los genes parecen desempeñar un papel importante. Lo que es seguro es que nadie ha descubierto cómo alargar definitivamente la fertilidad. Todavía.

La congelación de óvulos es lo más cerca a lo que se ha llegado. Consiste en hiperestimular los ovarios de una mujer con inyecciones de hormonas para producir más de un óvulo liberado en un ciclo menstrual normal. Luego se recogen esos óvulos con una aguja en un procedimiento quirúrgico rápido. Después, se congelan individualmente utilizando un método llamado vitrificación, diseñado para evitar la formación de cristales de hielo y se sumergen en nitrógeno líquido hasta que estén listos para descongelarse. Y ya está: ¡bebés en hielo!

Cuando la Sociedad Estadounidense de Medicina Reproductiva (ASRM, por sus siglas en inglés) levantó la etiqueta “experimental” sobre la congelación de óvulos en 2012, ese acto pareció anunciar una era de empoderamiento femenino. Las mujeres ya no tendrían que sacrificar la carrera por los hijos. Podrían tenerlo todo: avanzar profesionalmente mientras depositan sus óvulos para cuando se sientan lo suficientemente consolidadas para arriesgarse a descarrilar sus carreras para cuidar a los niños. Si aún no han encontrado al Sr. o la Sra. Perfecto/a, no debían temer: simplemente podrían congelar sus óvulos mientras continúan buscando la pareja perfecta.

Las compañías tecnológicas como Apple, Facebook y otras avivaron este frenesí al cubrir el coste de la congelación de óvulos, alrededor de 9.000 euros por ciclo, como un beneficio para los empleados.

En los siete años que han pasado desde entonces, la congelación de los óvulos se ha generalizado. Quienes estuvieran cerca del Parque Bryant de Manhattan (EE.UU.) el 20 de junio, pudieron ver la clínica móvil de fertilidad de KindBody, un vehículo de color amarillo limón y blanco, estacionado al lado de una sala de espera al aire libre (una alfombra de corcho en la acera, sillas de platillo, cómodos pufs), donde las mujeres podían pasar después del trabajo para una evaluación de fertilidad que consiste en una ecografía ovárica, una consulta con un especialista en fertilidad y un análisis de sangre para detectar la hormona antimulleriana, que ofrece información sobre la “reserva ovárica”: el arsenal de folículos u óvulos que permanecen dentro de los ovarios.

Se le está prestando mucha atención a esta tecnología que está lejos de ser una apuesta segura. Las tasas de éxito para la congelación de óvulos son difíciles de determinar, en gran parte porque la práctica es tan nueva que muchas mujeres que lo han hecho aún no han intentado fertilizar sus óvulos descongelados para quedarse embarazadas. Los datos que existen indican que se trata de un juego de números. Como era de esperar, cuantos más óvulos se congelen a una edad más temprana, es más probable que al menos uno de ellos resulte en un bebé.

“No desaconsejo la congelación de óvulos. Las mujeres deberían hacerlo porque es la mejor opción que tienen, pero no es como una póliza de seguros”, destaca el expresidente de la ASRM y profesor de obstetricia y ginecología en la Universidad de Pennsilvania (EE. UU.), Christos Coutifaris. “Las pólizas de seguros generalmente garantizan una recompensa. En este caso, no hay garantía”, señala.

A Harrison no le quedaba ninguna esperanza, a pesar de que produjo 21 óvulos, mucho más de lo que se esperaría de alguien de su edad, tantos que las enfermeras le felicitaron cuando despertó de la anestesia. “Dijeron: ‘Es increíble'”, recuerda Harrison. “Por supuesto, el médico subrayó que nunca se sabía el estado de salud del óvulo hasta que se fertilizara, pero eso no me desanimó. Yo solo pensaba en el número 21. Creía que iba a ser un éxito”.

Harrison congeló sus óvulos y siguió con su vida. Conoció a un hombre y se enamoró y, cuando ella tenía 43 años y él 47, decidieron formar una familia. Harrison intentó quedarse embarazada, pero la probabilidad de concebir a los 43 años es del 5 %, si acaso. Después de unos meses intentándolo, decidió descongelar y fertilizar sus óvulos, confiando en que su “póliza de seguros” lo haría efectivo. Entonces comenzaron las llamadas telefónicas.

“Cada dos días recibía una llamada del laboratorio que decía: ‘Tienes 10 óvulos’. Luego ocho. Luego cinco. Luego tres”, recuerda Harrison.

Su médico le recomendó que hiciera pruebas genéticas en esos tres restantes. Solo uno era genéticamente sano. “Estaba desolada”, afirma ella. “Nadie te prepara para ese sentimiento. Nadie te prepara para los altibajos. Nadie te prepara para ver que el número pueda reducirse tan drásticamente”.

¿La fertilidad como derecho?

La posibilidad de extender la fertilidad es de gran interés para un creciente número de mujeres. La tasa de embarazos de las mujeres estadounidenses que tienen entre 40 y 44 años ha aumentado desde 1985. El número de embarazos de las mujeres de 45 años o más aumentó un 3 % entre 2016 y 2017. Y el número de embarazos de mujeres de 50 años o mayores también aumentó desde 1997. Esto no se debe a que las mujeres se mantengan fértiles por más tiempo, sino a que intentan tener hijos cada vez más tarde.

Esa tendencia ha presionado a los investigadores a que encuentren nuevas formas de aumentar la fertilidad. Hay una gran cantidad de técnicas en todas las etapas de desarrollo, algunas suaves (suplementos de açai), otras invasivas (pinchar los ovarios para estimular el flujo sanguíneo), algunas que parecen ciencia ficción (gametos artificiales creados a partir de células madre) y otras que son francamente extrañas (insuflado de vagina con ozono).

“Los hombres están en la posición indudable de convertirse en padres más tarde en su vida, y nadie quiere prohibirlo, entonces, ¿por qué deberíamos prohibir a las mujeres que se conviertan en madres más tarde?”

Pero, ¿qué significa extender la fertilidad? ¿Queremos extenderla un poco, hasta los 50 años, por ejemplo, o mucho, permitiendo que las mujeres de setenta y tantos den a luz? Aunque las mujeres no pueden concebir fácilmente de forma natural con sus propios óvulos después de cumplir los 40, muchas mujeres sanas de entre 50 y 60 años pueden llevar bien el embarazo.

Sin embargo, los estudios sugieren que las mujeres mayores de 40 años tienen un mayor riesgo de complicaciones durante el embarazo, como preeclampsia, diabetes gestacional y parto prematuro. Por lo tanto, la mayoría de las clínicas de fertilidad establecen límites de edad. “Incluso si pudiéramos coger el óvulo de una mujer y hacerlo perfecto a medida que la tecnología evoluciona, hay una edad en la que se cruza la línea del riesgo aceptable al inaceptable”, explica el endocrinólogo reproductivo en Boston IVF y presidente del comité de prácticas de la ASRM, Alan Penzias, que establece las normas de esta organización. “A nivel fisiológico es posible hacerlo, pero no se debería. El cuerpo de una mujer no está diseñado para quedarse embarazada después de cumplir los 50 años”, señala.

Pero establecer límites sobre qué mujer puede quedarse embarazada es complicado. “Los hombres están en la posición indudable de poder convertirse en padres más tarde en su vida, y nadie quiere prohibir eso, entonces, ¿por qué deberíamos prohibir a las mujeres que se conviertan en madres más tarde?”, pregunta la fundadora del Instituto de Bioética Johns Hopkins Berman, Ruth Faden. Ella ve este tema como la última salvaguarda de los derechos reproductivos en Estados Unidos, “respetando los derechos de las mujeres a controlar sus propias historias reproductivas”.

Aún así, es innegable que, desde una perspectiva puramente fisiológica, el embarazo corresponde a las mujeres relativamente jóvenes. “Siempre les recuerdo a las personas que la medicina ha sido capaz de alargar la esperanza de vida, pero de alguna manera la vida reproductiva de las mujeres no ha cambiado”, destaca la directora científica de CCRM, Mandy Katz-Jaffe, donde Harrison fue tratada. Los ovarios son el órgano que envejece más rápido y solo realizan su función desde la pubertad hasta la menopausia. Las personas saludables que tienen una mayor esperanza de vida tienen más tiempo para crear sus familias, pero el cuerpo de la mujer no ha evolucionado para permitirlo tan fácilmente.

No obstante, extender la fertilidad de las mujeres tendría beneficios más allá de la propia maternidad. “No me levanto por la mañana con el objetivo de ayudar a las mujeres a tener bebés cuando tienen 70 años”, asegura la directora del Centro de Ciencias Reproductivas de la Universidad Northwestern, Francesca Duncan. Señala que encontrar formas de retrasar el envejecimiento ovárico provocaría que los ovarios produzcan estrógeno por más tiempo, algo bueno para la salud de las mujeres: entre otros beneficios, ofrece protección contra la enfermedad cardíaca, la principal causa de muerte de las mujeres.

Duncan también es profesora adjunta en el recientemente inaugurado Centro para la Longevidad Reproductiva e Igualdad Femenina, parte del Instituto Buck para la Investigación sobre el Envejecimiento. El centro se inauguró el año pasado para “tratar la desigualdad que ha existido a lo largo de la historia humana: los hombres pueden reproducirse durante toda su vida; pero la fertilidad de las mujeres comienza a disminuir al cumplir los 30 años”.

“Yo pensaba, ‘Dios, ¡me encantaría poder cambiar la historia de mi situación reproductiva!'”, recuerda Shanahan, que añade: “Luego pensé: ‘Tal vez pueda hacerlo'”.

Este centro es el primer lugar que reúne a científicos que trabajan en el envejecimiento en general y en particular en el envejecimiento reproductivo femenino, específicamente en la fertilidad. Es una idea de la abogada Nicole Shanahan, que se dio cuenta de esta falta de igualdad reproductiva al cumplir 29 años, cuando un chequeo de fertilidad reveló que apenas tenía folículos activos. Ella trató de almacenar óvulos y embriones para la FIV (Fecundación in Vitro), pero cada mes desarrollaba un nuevo quiste ovárico que impedía el tratamiento. “Siguiendo el ritmo en el que estaba, iba a entrar pronto en la menopausia en mitad de mi treintena”, cuenta Shanahan, la novia del cofundador de Google, Sergey Brin. “No había explicación de por qué”, recuerda.

Shanahan, que ahora tiene 33 años, creció en una familia pobre en Oakland (EE.UU.), hija de una madre inmigrante, pero quiso soñar a lo grande: ir a la universidad y estudiar Derecho, casarse y tener una carrera, una casa y una familia. “Fue impactante para mí descubrir que hay factores biológicos que iban a limitar ese sueño”, recuerda ella.

A través de su trabajo como abogada, Shanahan se encontró en 2017 con Moby, Goldie Hawn y otras celebridades de Hollywood en una reunión sobre la “longevidad de la salud” en la sala de estar del productor de televisión Norman Lear. En un rincón, Shanahan estaba haciendo varias cosas a la vez: revisando su aplicación Flo para ver si estaba ovulando mientras escuchaba al director de la Academia Nacional de Medicina de EE. UU., Victor Dzau, hablar sobre cómo cambiar la situación acerca del envejecimiento. “Yo pensaba, ‘Dios, ¡me encantaría poder cambiar la historia de mi situación reproductiva!'”, recuerda Shanahan, que añade: “Luego pensé: ‘Tal vez pueda hacerlo'”.

“Sentí una gran sensación de injusticia”, afirma Shanahan. “En un momento de la historia en el que cuestionamos todo, debe haber espacio para esto también”, señala.

Ella empezó a moverse hasta que el Instituto Buck le mostró su interés. El nuevo centro está contratando a profesores y difundiendo su misión. Shanahan donó 5,4 millones de euros al nuevo centro a través de la Fundación Sergey Brin Family y se está comprometiendo más a través de la Fundación Bia Echo, que fundó recientemente para centrarse en las cuestiones de longevidad e igualdad reproductiva de las mujeres, en la reforma de la justicia penal y en la protección de la salud del planeta para que sea más habitable. Bia es la diosa griega de la fuerza y la violencia; Echo es el nombre de su hija, que ella y Brin tuvieron en noviembre. Después de años de tratamientos de fertilidad fallidos, concibieron de forma natural.

Decisiones difíciles

Después de pasar de 21 óvulos a uno, Michele Harrison tuvo suerte. El 13 de julio de 2015, ella y su esposo, John, se convirtieron en padres de Ellie, que ahora tiene cuatro años y unos brillantes ojos azules, cabello rubio oscuro y mejillas regordetas. Harrison, que tenía 44 años cuando nació su hija, a veces piensa cómo sería para Ellie ser una hermana mayor, pero sabe que eso está fuera del alcance de sus posibilidades. “Todavía me entran escalofríos cuando veo a las personas con más de 40 años que van a tener a otro bebé”, asegura.

Sin embargo, la búsqueda para extender la fertilidad de las mujeres continuará. La congelación de óvulos seguirá siendo utilizada como una válvula de escape para la presión que sufren las mujeres que no están listas para tener hijos. Cada vez más mujeres se enfrentarán con esta elección crítica y costosa a medida que las clínicas reorientan su marketing para centrarse en las veinteañeras.

Como jefe del comité de prácticas de la ASRM, Alan Penzias piensa que esto es excesivo, en teoría. “Ni se te ocurra hablarme de la congelación de óvulos”, le advirtió su hija cuando cumplió 24 años. Él no respondió como médico sino como alguien que desea ser abuelo algún día: “No tengo ningún interés en hablar contigo sobre eso… bueno, quizás un poco.”

Incluso aunque prolongar la fertilidad cada vez sea biológicamente más factible, no va a haber un clamor de todas las mujeres para tener hijos más tarde. En junio, arropé a mi sobrina de dos meses, casi tres kilos de vulnerabilidad y potencial en un mono rosa con lentejuelas. Me encantó abrazarla, pero también devolverla. Estoy más cerca de los 50 años que de los 40. Mi hijo mayor está a punto de terminar el instituto. Ya he estado ahí y ya he hecho esas cosas. Sin embargo, que para las mujeres de mi edad que sienten que el momento adecuado para convertirse en madre es ahora, es bueno saber que hay gente inteligente trabajando para equiparar el terreno reproductivo.

Fuente: technologyreview.es

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