Las grandes ciudades del mundo se hunden: un estudio por satélite revela una amenaza silenciosa
Un estudio que ha medido los movimientos del terreno en 465 ciudades de 107 países entre 2014 y 2023 revela que la subsidencia urbana ya se ha extendido por todo el planeta, con puntos críticos en México y Asia
Las grandes ciudades afrontan una amenaza que avanza bajo calles, viviendas y redes de transporte sin que necesariamente resulte visible desde la superficie: el terreno sobre el que se levantan está descendiendo en numerosas zonas. No se trata de un hundimiento uniforme ni de que metrópolis enteras vayan a desaparecer de un día para otro. Es un fenómeno geológico conocido como subsidencia del terreno, cuya extensión y evolución han podido compararse con mayor precisión gracias a las observaciones por satélite.
La investigación, publicada el 12 de octubre en la revista Nature Cities, analiza datos de radar satelital recogidos entre 2014 y 2023 en 465 ciudades con más de un millón de habitantes, distribuidas en 107 países. Su principal aportación es ofrecer una evaluación mundial con una metodología común, capaz de identificar dónde se concentra el descenso del terreno, qué ciudades muestran tendencias preocupantes y en qué lugares el proceso parece ralentizarse. El trabajo también detecta regiones que habían recibido menos atención en estudios anteriores.
La subsidencia es el descenso progresivo de la superficie terrestre respecto a un nivel de referencia. Puede tener causas naturales, pero en muchas áreas urbanas está relacionada con actividades humanas, especialmente con la extracción intensiva de agua subterránea. Cuando se bombea más agua de la que los acuíferos pueden recuperar, disminuye la presión que sostenía los materiales del subsuelo. En terrenos compuestos por arcillas y sedimentos blandos, esas capas se compactan y la superficie desciende.
El proceso puede compararse, con cautela, con una esponja a la que se le extrae el agua: al perder parte del soporte interno, se comprime. La diferencia es que los estratos geológicos pueden deformarse de forma desigual y que, una vez compactados de manera irreversible, no siempre recuperan su volumen original aunque mejore la disponibilidad de agua.
La extracción de agua no es la única explicación. El peso de grandes construcciones, la expansión urbana sobre sedimentos jóvenes, la explotación de petróleo o gas y la compactación natural de determinados terrenos también pueden contribuir. La importancia de cada factor varía según la geología, el uso del suelo y las condiciones hidrológicas de cada ciudad. Por eso, encontrar una zona que desciende no basta para atribuir el fenómeno a una causa concreta: hacen falta datos geológicos, hidrológicos y de actividad humana que permitan establecer esa relación.
La presión urbana agrava el problema cuando el crecimiento de la población eleva la demanda de agua y obliga a construir sobre terrenos poco estables. Así, la subsidencia puede convertirse en el resultado acumulado de décadas de expansión, extracción de recursos y planificación insuficiente.
Ciudad de México, el caso más extremo del estudio
Los datos sitúan a Ciudad de México entre los puntos más preocupantes. Algunas zonas registraron un descenso aproximado de 217 milímetros al año, unos 21,7 centímetros, mientras que la mediana para el conjunto de la ciudad fue de ocho milímetros anuales. La diferencia es fundamental: el promedio o la mediana de una metrópoli pueden ocultar sectores donde el hundimiento es mucho más rápido.
La capital mexicana se asienta en una cuenca que albergó antiguos lagos, cuyos depósitos arcillosos son especialmente compresibles. La extracción de agua subterránea ha contribuido durante décadas a la compactación de esos materiales. Estudios anteriores ya habían documentado tasas de subsidencia muy elevadas y daños asociados a la deformación del terreno. Una investigación publicada en 2021 concluyó que una parte sustancial del hundimiento histórico de la ciudad es prácticamente irreversible.
El nuevo análisis también recoge una tasa aproximada de 17 milímetros anuales en Torreón. No significa que ambas ciudades afronten idénticas condiciones, sino que la subsidencia puede presentarse en distintos contextos urbanos y requiere evaluaciones específicas para cada territorio.
El estudio también identifica tasas medianas de hundimiento especialmente elevadas en ciudades asiáticas. Medan, en Indonesia, registra aproximadamente 33 milímetros anuales; Bandung, también en Indonesia, unos 22 milímetros; e Isfahán, en Irán, alrededor de 11 milímetros. Estas cifras corresponden a las medianas urbanas estimadas por los investigadores, no a un descenso idéntico en cada barrio.
Indonesia ofrece ejemplos de la complejidad del fenómeno. En zonas de Yakarta, la extracción de agua subterránea, la urbanización acelerada y la presencia de sedimentos compresibles han contribuido a la subsidencia. Los efectos pueden combinarse con la exposición costera, el deterioro del drenaje y las inundaciones. Sin embargo, las condiciones no son homogéneas: diferentes sectores pueden experimentar velocidades distintas y responder de manera desigual a las medidas de gestión del agua.
La investigación también revela que la subsidencia no se limita a los lugares tradicionalmente conocidos por ese problema. Los autores identifican movimientos relevantes en regiones de Sudamérica, África y Rusia, lo que amplía el mapa mundial de zonas que necesitan vigilancia. Esta perspectiva comparativa es una de las contribuciones más útiles del trabajo: permite detectar riesgos que podrían pasar inadvertidos cuando cada ciudad se estudia con periodos, métodos o escalas diferentes.
¿También se hunden Nueva York, Londres, Tokio y Pekín?
La respuesta exige matices. El estudio encontró que el movimiento anual del terreno se mantenía, en general, relativamente estable en ciudades como Boston, Nueva York, Londres, Pekín, Tokio, Seúl, Sídney, Montevideo y Nápoles. Las tasas estimadas de descenso o elevación en estos casos se situaban entre 0,1 y 1,9 milímetros anuales.
Los propios autores advierten de que esas cifras son pequeñas y deben interpretarse con cautela. Además, el movimiento del terreno puede variar de un barrio a otro, por lo que una medición agregada no describe necesariamente la situación de cada edificio o infraestructura. Que una ciudad aparezca entre las analizadas tampoco significa que toda su superficie esté hundiéndose.
Esta distinción evita una lectura alarmista del estudio. La investigación no anuncia que todas las grandes capitales se encuentren al borde de un colapso, sino que establece una base común para separar las zonas con subsidencia intensa de aquellas donde los movimientos son reducidos o relativamente estables.
El descenso del terreno puede generar deformaciones diferenciales: una parte de un edificio o de una calle se hunde más que otra. Esa diferencia somete a tensión las cimentaciones, favorece la aparición de grietas y puede dañar carreteras, vías ferroviarias, conducciones de agua, alcantarillado y redes de drenaje. Los efectos se acumulan con el tiempo y pueden elevar los costes de mantenimiento y reparación.
El riesgo de inundación merece especial atención. Cuando una zona pierde elevación respecto a ríos, canales o el mar, puede resultar más difícil evacuar el agua por gravedad. Si la subsidencia afecta a una ciudad costera, además, puede agravar la exposición frente a mareas, temporales y la subida del nivel del mar. No significa que el hundimiento provoque por sí solo todas las inundaciones, pero sí puede empeorar sus consecuencias y reducir el margen de seguridad de las infraestructuras.
El impacto depende tanto de la velocidad de descenso como de la exposición de la población, la calidad de las construcciones y la capacidad de las administraciones para mantener los sistemas urbanos. Por eso, dos ciudades con tasas similares pueden afrontar niveles de riesgo muy diferentes.
El estudio abarca nueve años y se centra en el movimiento local relativo del terreno; puede dejar fuera sectores situados más allá de los límites administrativos de las ciudades y presenta mayor incertidumbre donde escasean las estaciones terrestres de referencia. Además, los movimientos observados durante ese periodo no garantizan que la misma tendencia continúe indefinidamente.
Fuente: mundiario.com
