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Científicos de México dañan barco de hace 200 años en el Caribe y expulsión del proyecto a quien los denunció

La Subdirección de Arqueología Subacuática del INAH reconoció los daños a un barco centenario, pero aseguró que éstos se debieron a un accidente.

Personal del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) causó daños a los restos arqueológicos de un barco que naufragó en 1836 frente a las costas del caribe mexicano, y excluyó del proyecto al especialista que denunció el caso ante instancias nacionales e internacionales.

De acuerdo con fotografías y videos en poder de este medio, el barco, que es patrimonio cultural de México, sufrió daños tras una serie de maniobras del personal del INAH responsable del proyecto, como atar una boya a los restos arqueológicos, o impactar la zona del naufragio con costales de arena.

Varios de esos costales también afectaron a los arrecifes de coral de la Biósfera Banco Chinchorro, área natural protegida donde se encuentran los restos del naufragio, por lo que la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONAMP) interpuso una denuncia por posibles daños a la biodiversidad.

Octavio del Río, arquitecto con especialidad subacuática que participó con el INAH en el hallazgo y el posterior análisis del barco, denunció que esos daños fueron producto de “reiteradas negligencias” de los investigadores del INAH con quienes trabajó hasta noviembre del año pasado, cuando, tras denunciar irregularidades, fue excluido del proyecto por una presunta mala conducta.

La Subdivisión de Arqueología Subacuática del INAH, por su parte, admitió que hubo daños a los restos arqueológicos y que pudo haber “cierta negligencia” de su personal en algunas de las maniobras, como atar una boya a parte de los vestigios arqueológicos. Pero matizó que las afectaciones fueron provocadas por “un accidente”, propio de cuando se trabaja en mar abierto.

Tesoros, leyendas, y barcos pirata

A tres kilómetros de Cayo Lobos, un islote de postal paradisiaca que emerge en mitad del Caribe frente a las costas del municipio Othón P. Blanco, en Quintana Roo, están las coordenadas del naufragio.

Allí, dentro de la Reserva de la Biósfera Banco Chinchorro, descansan a unos 12 metros de profundidad los restos del Jean, un velero tipo carguero que fue construido en 1819 en los muelles de Irvin, Escocia.

Se trata de una embarcación mediana, de aproximadamente 35 metros de eslora por 9 metros y medio de manga, que estaba destinada a Honduras Británica, hoy Belice, para transportar un tipo de madera de árbol que se utilizaba antiguamente para darle color a la ropa y a otros textiles, conocida como ‘palo de tinte’.

Por años, el Jean transportó esa mercancía del Caribe hacia Gran Bretaña y Estados Unidos. Hasta que, de acuerdo con los reportes de la aseguradora británica Lloyd’s, desapareció en 1836 en ‘North Triangle’, o ‘El Triángulo Norte’; lugar que previamente los españoles bautizaron como ‘Chinchorro’, o ‘El Quita Sueños’, debido a que es una zona marítima minada de atolones donde encallan los barcos.

Tras el hundimiento, el Jean, que combina la estructura de madera de los galeones de antaño con los refuerzos de hierro de las primeras naves de la Revolución Industrial, permaneció anónimo en el fondo marino durante casi dos siglos.

Hasta que, en 2004, Octavio del Río, buzo y arquitecto con especialidad en arqueología submarina, dio con su paradero junto a Maricarmen García, quien en ese entonces era directora de la Reserva Banco Chinchorro. Aunque el propio Del Río señala que pudo tratarse de un “redescrubrimiento”, puesto que en 2013, años después de que se reportara el barco al INAH como un hallazgo inédito, un pescador llamado Manuel Polanco dijo que en los años 80 lo encontró y le puso el nombre de ‘Ángel’, en honor al capitán de la embarcación en la que navegaba.

Del Río explica que localizaron el barco luego de una labor de investigación y de trabajo con los pescadores locales de la zona, quienes en un principio eran reacios a colaborar debido a las leyendas que aseguran que en ese pedazo de Mar Caribe hay barcos pirata hundidos.

Y, de hecho, expone Del Río, es relativamente cierto. Al menos, la parte de que en ese lugar del Caribe hay reportes de naufragios de barcos del siglo XVI y también de hundimientos de barcos más contemporáneos, como el Jean. Aunque, por ahora, no hay indicios de que ningún Holandés Errante yazca sobre el lecho marino de Banco Chinchorro con sus bodegas llenas de oro y de joyas.

Una vez localizado el barco se hicieron los primeros registros y planos del sitio, en los que se documentó que el casco de la embarcación está enterrada bajo la arena, y que sobre la superficie quedaron elementos como el ancla y su cadena, una rueda, contenedores, las piedras de lastre, restos de los palos de tinte, y la buzarda, que es parte de la barandilla metálica de la proa que da forma al velero.

Poco después, en 2006, la Subdirección de Arqueología Submarina del INAH inició formalmente el proyecto de investigación de toda la zona del naufragio, a la que, en argot náutico, se llama pecio. Y, desde ese año hasta 2018, Octavio del Río participó en el proyecto liderando las operaciones de buceo y participando en el registro arqueológico.

En todo ese tiempo, Octavio asegura que no hubo ningún problema en la investigación. Hasta que, en 2017, llegó invitado al proyecto un investigador argentino, Nicolás Ciarlo, doctor con especialidad en arqueología marítima, quien un año después pasó a coliderar el proyecto junto a la investigadora Laura Carrillo.

Como si decapitaras una escultura en un Museo

A partir de este momento, Del Río narra una serie de negligencias que causaron daños al pecio -conocido como ‘El Ángel’, en recuerdo al pescador Manuel Polanco y al capitán de su embarcación-, mismas que documentó en el periodo del 20 al 30 de noviembre de 2018.

La denuncia más llamativa es que el personal del INAH ató a la buzarda del barco, es decir, a una barandilla metálica que sobrevivió casi 200 años bajo el mar y que ya estaba forrada de corales centenarios, la cuerda de la boya que se utiliza para señalar en la superficie la ubicación del pecio.

“Es algo que no me podía creer: ¿cómo pudieron amarrar una boya a los restos arqueológicos? -se pregunta incrédulo Del Río-. No hace falta ser doctor ni tener un gran currículum para saber que eso no se hace, que es una negligencia”.

Fuente: animalpolitico.com