Unidos contra el plomo

Luisa Miranda Barbotó

Subdirección de Intercambio Académico del Cinvestav

Desde hace años, científicos del Cinvestav han estudiado y documentado el impacto de varios contaminantes en la salud de la población mexicana, en particular del plomo. Su trabajo se ha plasmado en diversos artículos de investigación, sin embargo, recientemente ha generado un importante fruto. El 1 de septiembre de 2017 entró en vigor la modificación a la Norma Oficial Mexicana NOM-199-SSA1-2000, Salud Ambiental, que reduce de forma drástica el nivel de plomo permitido en sangre de niños menores de 15 años, mujeres embarazadas y en periodo de lactancia.

Los investigadores de este centro junto con expertos de otras instituciones participaron desde 2012 en mesas de trabajo con la Comisión Federal para la Protección contra Riesgos Sanitarios (Cofepris), aportando literatura propia realizada en México o en otras partes del mundo, para demostrar con estudios científicos y técnicos la necesidad de reducir de 10 a cinco microgramos de plomo por decilitro de sangre (μg/dl), como concentración máxima para evitar efectos tóxicos en esos grupos considerados vulnerables.

La presencia de plomo en la sangre ha demostrado causar una pérdida en el coeficiente intelectual de hasta cinco puntos en la población infantil, y en la población en general, problemas de memoria, depresión, debilidad muscular, además de alterar la fertilidad masculina y causar daño en el hígado, riñón y huesos, entre otros órganos, señala Betzabet Quintanilla Vega, jefa del Departamento de Toxicología del Cinvestav, y añade: “países como Estados Unidos han modificado desde hace algunos años (2012) los límites de plomo en sangre para proteger a toda su población”.

Sin embargo, en México la Norma hace dos distinciones: los niños y mujeres embarazadas, y la población en general. El límite para esta última aún se mantiene en 25 μg/dl, “por lo cual también vamos a seguir trabajando para que éste se reduzca a 10”, dice la experta en toxicología.

Por lo pronto, el reducir de 10 a cinco microgramos de plomo por decilitro de sangre en niños es un gran logro. El plomo causa efectos en su sistema nervioso, ya que cuando están en crecimiento sus barreras aún no están bien formadas, como la hematoencefálica, por lo que el plomo pasa libremente y genera daños. Esto se refleja en afecciones cognitivas y cognocitivas, además de problemas de atención, aprendizaje, memoria y hasta daños al sistema periférico, dice Quintanilla Vega.

El otro grupo, que son las mujeres embarazadas y principalmente el organismo en formación, presentan riesgos de sufrir abortos o trasladar la intoxicación al bebé, pues el plomo atraviesa la barrera placentaria. El contaminante entra al organismo, pero 99 por ciento se queda en los eritrocitos (glóbulos rojos), el resto queda libre y se distribuye a los diferentes órganos, sobre todo al hueso, donde se va acumulando ante la reiterada exposición. El plomo ocupa los sitios del calcio y cuando hay una remoción de éste a causa, por ejemplo del embarazo, pasa de nuevo a la sangre.

De acuerdo con Quintanilla Vega, lograr la modificación a la Norma requirió mucho tiempo, ya que se debe mostrar ante la Secretaría de Economía que el beneficio es mayor al costo de su aplicación. “Hay que demostrar con números que se gasta más tratando a una persona intoxicada que no hacerlo, por ejemplo, la persona tiene menos días laborales, un bajo rendimiento escolar o hay una baja generación de profesionistas por un IQ disminuido”.

La también miembro de la Academia Mexicana de Ciencias señala que en los 90, la principal fuente de plomo era la gasolina, hasta que este metal pesado fue eliminado de ella. Ahora, es la alfarería vidriada para la preparación y almacenamiento de alimentos de gran tradición en algunas regiones de nuestro país y los pigmentos comestibles (sobre todo los que vienen en algunos dulces), sin contar con el reciclaje clandestino de las baterías para autos que contienen plomo.

Aunque existe loza de barro libre de plomo, muchos artesanos aún emplean esmaltes que dan brillo a las piezas llamado “greta” (óxido de plomo). Este se desprende cada vez que colocamos alimentos calientes que luego comemos, ya que el proceso de cocimiento para fijarlo debería estar por arriba de los mil grados, algo que no ocurre porque no se tienen los hornos adecuados, aunque lo idóneo es no utilizarlo y sustituirlo por otro compuesto.

La investigadora señala que al fijar en cinco μg/dl el nivel máximo de plomo en sangre, deberá haber un compromiso por parte de las autoridades y una exigencia de la sociedad para que exista una estricta vigilancia epidemiológica, monitoreo pediátrico, identificación de las fuentes contaminantes, así como acciones para evitarlas; además de una rápida actuación del personal de salud al detectar a un niño o a una mujer embarazada con mayores niveles de los permitidos.

Fuente: Avance y Perspectiva

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