La Tierra guarda las huellas de antiguos impactos cósmicos, aunque permanezcan ocultas: Christian Koeberl
“Los impactos han sido una constante en la historia terrestre, pero sus evidencias han quedado borradas o escondidas por la intensa actividad geológica del planeta”
Aunque la Luna exhibe una superficie cubierta por miles de cráteres, la Tierra parece carecer de esas cicatrices. Sin embargo, esa diferencia no significa que el planeta haya escapado al bombardeo constante de objetos provenientes del espacio, así lo explicó el geólogo Christian Koeberl al impartir la conferencia How to Recognize Impact Craters on Earth and Implications for the Danger of Impact Events (Cómo reconocer cráteres de impacto en la Tierra e implicaciones para el peligro de los eventos de impacto).
En la sesión, que formó parte del ciclo Universidades por la ciencia, coordinado por Jaime Urrutia Fucugauchi, miembro de El Colegio Nacional, el investigador de la University of Vienna detalló que los impactos han sido una constante en la historia terrestre, pero sus evidencias han quedado borradas o escondidas por la intensa actividad geológica del planeta. “Cualquiera que mire a la Luna verá muchos cráteres, pero en la Tierra son mucho menos claros y evidentes”.
De acuerdo con el también miembro de la Austrian Academy of Sciences, la Tierra y la Luna ocupan prácticamente la misma región del Sistema Solar y, por ello, reciben una cantidad muy similar de impactos de meteoritos y asteroides. “La diferencia radica en la evolución de ambos cuerpos celestes”.
“La Tierra tiene una atmósfera. Esta filtra algunos de los objetos pequeños, pero los grandes, que forman cráteres más grandes, logran atravesarla”. Sin embargo, el principal factor es que “la Tierra es un cuerpo geológicamente activo. Cambia constantemente. Se produce erosión”.
El investigador expuso que el agua, el viento, la tectónica de placas y la acumulación de sedimentos modifican continuamente la superficie terrestre, borrando o cubriendo las estructuras generadas por impactos ocurridos hace millones de años. Uno de los ejemplos más representativos es el cráter de Chicxulub, en la península de Yucatán, cuya identificación fue particularmente compleja debido a que permanece enterrado bajo aproximadamente un kilómetro de sedimentos depositados después del impacto.
“Tardamos mucho tiempo en encontrarlo, porque está cubierto por una capa de rocas de aproximadamente un kilómetro de espesor que se depositaron tras su formación. Y eso ocurrió hace tan sólo 66 millones de años, lo que, en términos geológicos, no es mucho tiempo”, puntualizó.
Agregó que, en contraste, la Luna conserva prácticamente intacto el registro de impactos de los últimos tres o cuatro mil millones de años debido a la ausencia de atmósfera, agua y actividad geológica significativa. “La Luna no ha cambiado geológicamente en más de tres mil millones de años. En la Tierra, aunque hemos sufrido esos impactos, estos se han ido erosionando, como si se tratara de papel de lija, o han quedado cubiertos por rocas más recientes.”
Los meteoritos, mensajeros del espacio
Koeberl también repasó el desarrollo histórico del conocimiento científico sobre los meteoritos, cuya naturaleza extraterrestre fue aceptada apenas a principios del siglo XIX. Recordó que durante mucho tiempo se creyó que esas rocas se formaban en la atmósfera o que eran expulsadas por volcanes distantes. Esa percepción cambió definitivamente en 1803, tras la caída de cientos de fragmentos de meteorito en Francia.
“La Academia Francesa de Ciencias envió al físico Jean-Baptiste Biot para investigar el fenómeno. Mediante entrevistas a numerosos testigos y un proceso de triangulación de las trayectorias observadas, Biot demostró que las rocas provenían del espacio exterior y no de procesos atmosféricos o terrestres”.
En 1803, se estableció finalmente que los meteoritos son, de hecho, rocas procedentes del espacio exterior. “No se forman en la atmósfera terrestre”. A partir de ese momento, los meteoritos comenzaron a ser considerados valiosas fuentes de información sobre la formación del Sistema Solar y de otros cuerpos planetarios.
“La gente se dio cuenta de que son mensajeros del espacio exterior. Nos revelan algo sobre lo que ocurre en otros planetas o entre ellos”, afirmó. Añadió que Viena alberga la mayor colección de meteoritos del mundo. Como parte su conferencia, Koeberl presentó la colección de meteoritos del Museo de Historia Natural de Viena, institución de la que fue director general durante diez años.
“En este museo se exhiben más de mil meteoritos. Ningún otro recinto del mundo muestra más meteoritos”, destacó. La colección incluye tanto meteoritos metálicos como rocosos y constituye una de las principales referencias internacionales para la investigación sobre materiales extraterrestres.
El científico concluyó que el estudio de los cráteres de impacto permite reconstruir la historia geológica de la Tierra y aportan información esencial para evaluar el peligro que representan futuros impactos de asteroides y otros objetos cercanos al planeta.
Fuente: El Colegio Nacional
