El valor de la ciencia en México

El valor de la ciencia en México

México necesita más ciencia no porque carezca de talento, sino porque desperdicia demasiado talento. Cada generación forma investigadores capaces de competir con los mejores del mundo y, simultáneamente, construye condiciones que los empujan a marcharse o a sobrevivir en la precariedad

En México, hablar de ciencia suele ser hablar de escasez. Faltan recursos, faltan laboratorios, faltan plazas, faltan becas. La lista es conocida y, por desgracia, interminable. Sin embargo, reducir la discusión científica a un problema presupuestal equivale a confundir los síntomas con la enfermedad. La pregunta relevante no es únicamente cuánto dinero recibe la ciencia, sino qué ocurre con una sociedad que decide vivir cada vez más lejos del conocimiento.

La paradoja mexicana es evidente. Nunca habíamos dependido tanto de la ciencia y nunca había sido tan fácil ignorarla. La crisis hídrica avanza mientras proliferan ocurrencias disfrazadas de política pública. El cambio climático modifica ecosistemas enteros mientras abundan quienes todavía lo consideran una opinión. La inteligencia artificial transforma economías completas mientras el sistema educativo continúa discutiendo problemas del siglo pasado. Vivimos rodeados de evidencia, pero gobernados con frecuencia por la improvisación.

La ciencia no es una actividad ornamental reservada para universidades, congresos o centros de investigación. Es una herramienta intelectual que permite distinguir entre lo que creemos y lo que sabemos. Esa diferencia parece elemental, pero buena parte de la vida pública mexicana descansa precisamente en la confusión entre ambas cosas.

Y nos sorprendemos por depender de tecnología y conocimiento producidos en otros países

Los gobiernos suelen enamorarse de las certezas. Las ideologías prometen respuestas definitivas. Las redes sociales recompensan la indignación instantánea. La ciencia opera bajo reglas mucho menos seductoras: duda, corrige, rectifica y vuelve a empezar. Su fortaleza no consiste en poseer la verdad, sino en reconocer sus errores. En tiempos dominados por la estridencia, esa disposición a corregirse parece casi un acto de rebeldía.

México necesita más ciencia no porque carezca de talento, sino porque desperdicia demasiado talento. Cada generación forma investigadores capaces de competir con los mejores del mundo y, simultáneamente, construye condiciones que los empujan a marcharse o a sobrevivir en la precariedad. Después nos sorprendemos de depender de tecnología, patentes y conocimiento producidos en otros países. La dependencia científica rara vez aparece en los discursos nacionalistas, aunque constituye una de sus contradicciones más evidentes.

Hay además una dimensión cultural que suele pasar desapercibida. La ciencia amplía nuestra comprensión del país. Nos permite entender que México es mucho más que una entidad administrativa o un conjunto de disputas políticas. Es una de las regiones biológicamente más complejas del planeta; un territorio donde convergen desiertos, selvas, montañas, océanos y una extraordinaria diversidad humana. Ignorar ese patrimonio intelectual equivale a recorrer una biblioteca inmensa sin abrir ninguno de sus libros.

La ciencia es una disciplina intelectual capaz de distinguir los hechos de los deseos

Por eso el debate sobre la ciencia mexicana no debería agotarse en la pregunta de cuánto cuesta sostenerla. La cuestión verdaderamente incómoda es cuánto cuesta abandonarla. Cuánto cuesta diseñar políticas sin evidencia. Cuánto cuesta enfrentar epidemias sin investigación. Cuánto cuesta gestionar el agua sin comprender los sistemas ecológicos que la producen. Cuánto cuesta educar generaciones enteras para memorizar respuestas en lugar de formular preguntas.

La ciencia no resolverá por sí sola los problemas nacionales. Nunca lo ha hecho en ninguna parte del mundo. Pero ofrece algo indispensable para enfrentarlos: una disciplina intelectual capaz de distinguir los hechos de los deseos. Y en un país donde con frecuencia se confunden ambos, esa puede ser una contribución más revolucionaria de lo que parece.

El valor de la ciencia en México no reside en prometer salvaciones colectivas. Reside en algo más modesto y más importante: impedir que nos engañemos con demasiada facilidad.

Fuente: grupoanimal.mx

Alberto Vazquez

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