Arqueología en tierras bíblicas

Kurt Bernardo Wolf

Instituto de Ciencias Físicas, UNAM

Miembro de la Academia de Ciencias de Morelos

El doctor Bernardo Wolf es un distinguido miembro de la Academia de Ciencias de Morelos, dedicado a la óptica teórica, a la teoría de grupos y álgebras de Lie, a las distribuciones de probabilidad en espacios de fase y a funciones de variable discreta. Pero, como todo investigador, ha tenido y tiene otros muy diversos intereses. Uno de ellos, el de la arqueología e historia bíblica, lo ha llevado a compartir este tópico con los lectores de nuestra sección.

Habré tenido diez o doce años cuando encontré en la biblioteca de mi padre la obra en ocho volúmenes de “Historia del Pueblo de Israel” escrita por Heinrich Graetz (1817—1891), judío prusiano, entre 1853 y 1875 [1], traducida al castellano y publicado en México por Moisés Rosenberg entre 1938 y 1940 con donaciones privadas. Lo que me sorprendió entonces fue que el texto comenzara con la ocupación de la tierra de Canaán por las tribus israelitas lideradas por Josué, y no con el mito de la Creación, saltándose los cinco libros del Pentateuco en la Biblia, su parte más sagrada. Como exégeta de varios textos bíblicos, Graetz sabía que éstos no podían ser propiamente históricos. Los jeroglíficos del Egipto antiguo estaban siendo descifrados y en ninguno aparecía una contraparte egipcia del Éxodo, cuya única referencia sigue siendo el texto bíblico.

En las décadas transcurridas desde entonces, la arqueología se ha convertido en una ciencia mucho más incisiva y objetiva, incorporando nuevos descubrimientos como los rollos de Qumrán, que suman a textos conocidos como el libro de Elías, varios otros desconocidos hasta 1948 como el libro de Los Hijos de la Luz y los Hijos de la Oscuridad. Aunque la historia de ese periodo y región nunca podrá ser exacta, porque gran parte de las evidencias ya no existen, sí permite entender algo de su agricultura y por tanto de su economía,  datando las humildes muestras de semillas y coprolitos antes desechados, con dataciones  de radiocarbono y espectroscopía de masas.

Por otra parte, avances en lingüística comparada, con el apoyo de algoritmos de cómputo, permiten reconocer la mano de distintos autores en un texto o del mismo autor en varios textos. Los trabajos de campo se han vuelto numerosos en una tierra donde los eventos de construcción y destrucción han multiplicado las capas de historia por atravesar,  analizar y entender. En Israel pueden encontrarse remanentes físicos de los periodos alejandrino, romano, bizantino, islámico temprano, cruzado, mameluco y otomano, pero muy poco de antes. Las evidencias físicas del periodo que cubren los 33 libros de Jueces, Reyes, Profetas, Crónicas y Hagiógrafos son esencialmente inexistentes. Solamente quedan los textos escritos y cuidadosamente copiados por un centenar de generaciones de amanuenses.

El doctor Ze’ev Herzog, distinguido catedrático en arqueología temprana de la Universidad de Tel-Aviv ha resumido el panorama de las excavaciones en la Tierra de Israel y lo aprendido por los arqueólogos [2]. Concluye que los israelitas nunca estuvieron en Egipto, no vagaron en el desierto de Sinaí, no conquistaron militarmente la tierra y no la repartieron entre sus 12 tribus. Los reinos de David y Salomón (ca. 1010aC – 930aC) apenas controlaban la región central montañosa del país y adoptaron el monoteísmo a partir de ese periodo, aunque es sabido que a menudo invitaron a otros dioses además de YHWH. Tuvieron que contender con varios otros estados vecinos, como los jebusitas, moabitas, edomitas, amoritas, aramitas, hititas, fenicios y filisteos; varias veces fueron subyugados por vivir en la frontera entre las dos grandes potencias: Asiria y Egipto.

La única referencia arqueológica que prueba la existencia de un rey llamado David se encontró en Tel Dan, en 1993: una inscripción fragmentaria incisa en piedra, que conmemora la victoria del rey de Damasco Hazael sobre Jeroham rey de Israel y Ahazíah rey de Judá, éste de la casa de David, en una batalla que tuvo lugar 250 años después de la muerte del propio rey David (Figura 1).

Sin embargo los libros de Reyes, Profetas y Crónicas se leen muy precisos reportando los nombres de reyes vecinos y comandantes, así como acciones muy puntuales, tal vez creíbles, como el duelo entre David y Goliat, las intrigas de David con la casa de Saúl y la relación con su hijo Jonathan, la conquista del baluarte de Jerusalén (Yerushaláyim) en el Monte Sion por su comandante Yoav, además de una compacta multitud de acontecimientos durante el tiempo del reino dividido (920aC – 590aC), hasta el exilio babilónico. Pero a diferencia de otros textos religioso-históricos como las épicas sumerias, el Zend-Avesta persa, las Upanishadas de la India, el Kálevala finlandés o el Pópol-Vuh maya, en los libros bíblicos aparecen tanto las pocas victorias como las numerosas derrotas, relaciones éticas y también malvadas entre los reyes de Judá y de Israel, reprobadas y denunciadas por una serie de predicadores y profetas ajenos a los estamentos del poder. El propósito de los últimos libros de la Biblia es claramente histórico, a diferencia del Génesis que es cosmogónico, Éxodo y Números que mitifican el origen de la etnia israelita, y Levítico y Deuteronomio, que revelan un dios celoso e iracundo que impone normas, exige ritos, y que también puede prodigar milagros.

La opinión del doctor Herzog y de muchos de sus colegas es que, como se sugiere en Reyes y Crónicas, el Deuteronomio fue redescubierto e impuesto por el rey Josías (Yoshiyahu, Reyes II, 22:2), cuyo ilustrado gobierno, 640—609aC, dio 30 años de paz; desafortunadamente terminaron con su muerte en Meguido –en la batalla de Armaguedón–  a manos del faraón de Egipto. Pocos años después, en 597aC,  Nabucodonosor capturó Jerusalén y exiló a Babel la élite real, intelectual y sacerdotal. Y fue allí, entre los ríos de Babilonia, donde se compiló la Biblia. Incorporó mitos sumerios como el Diluvio y las razas de la tierra, estableció a los tres Patriarcas (la tumba de Abraham está en Hebrón y es un sitio consagrado para judíos y musulmanes) y a sus familias extendidas, relató el ingreso y éxodo de Egipto reuniendo las memorias de sequías, plagas y la erupción de la caldera de Thera en el mar Egeo, y dando los diez mandamientos como base para el comportamiento humano.

Ciro el Grande, rey de Persia, conquistó Babilonia en 539aC y permitió el retorno de los exiliados a Jerusalén, quienes llevaron consigo el Pentateuco ya compilado y el que conocemos hoy en día, consagrando el éxodo de Egipto como evento nodal en la historia del pueblo de Israel (Figura 2). En los libros de Jueces, Reyes, Profetas y Crónicas se advierte la mano de varios escribas, recurriendo a relatos y escritos anteriores, embellecidos con algunos encuentros divinos, que corresponderían al par de décadas subsiguientes en Jerusalén, ya con un culto monoteísta en consolidación.  

La historia de la tierra bíblica no es corta. Alejandro Magno tomó Jerusalén en 332aC e inició un periodo de aculturación helenística en toda la región, aceptado por la élite y combatido por los nacionalistas religiosos –reformistas y ortodoxos. El país era parte del imperio seleucida basado en Siria en 166aC cuando Judás Macabeo se levantó contra Antíoco Epifanes, dando lugar al segundo periodo independiente de Judea bajo la dinastía hasmonea, desde 166aC hasta 63aC, cuando se convirtió en provincia romana. Este periodo ya se considera histórico porque contamos con escritos independientes, con varios grados de acercamiento. Las fuentes principales son los libros [5] de Tito Flavio Josefo (37—100dC), judío romanizado y protegido por Vespasiano, quien abordó la ya para entonces aceptada historia bíblica, hasta atestiguar la revuelta que llevó a la destrucción del Templo herodiano en el año 70dC y la muerte de los zelotes en Masada. Su libro, “La Revuelta Judía”, comencé a leerlo diez años después de “La Historia del Pueblo de Israel”, entre las cobijas en una caravansería (*) convertida en misérrimo hotelito cerca del mercado beduíno de Beersheva, una tarde inclemente de frío y aguanieve.

Pero aún los libros de Flavio Josefo no escapan de controversia. Varios manuscritos de éstos han pasado por generaciones disjuntas de copistas que eliminaron, dejaron o embellecieron la breve mención que Josefo hace de Juan Bautista y de Jesús, escribiendo: “…traído ante ellos el hermano de Jesús a quien llamaban el Cristo, cuyo nombre era Jaime, y otros…” [6], a diferencia de lo que afirman los cuatro evangelios canónicos. Lo que éstos sí dejan en claro es que dan por cierta la historia bíblica con las genealogías desde Abraham y David hasta Jesús. Y también nos informan que la última cena en que participó Jesús con sus discípulos era la Cena de Pascua, que celebra el éxodo del pueblo israelita de Egipto (Figura 3). El escriba babilónico que compuso la épica bíblica apenas se daría idea de la trascendencia que tendría el Pentateuco en el tapiz de la historia de tres religiones, durante todos los siglos subsiguientes y muchos venideros.

(*) En turco, Karavan saray significa “palacio de caravanas”, y se refiere a un hostal para caravanas, donde se pueden guardar y apacentar camellos, asegurar mercancías, y hospedar a los mercaderes. El término existe en inglés como caravansery. No ha llegado al castellano, supongo, porque ni en España ni en América Latina se requieren caravanas con camellos para transportar mercancías.

[1] https://en.wikipedia.org/wiki/Heinrich_Graetz

[2] https://en.wikipedia.org/wiki/Ze’ev_Herzog

[3] R.E. Friedman, Who Wrote the Bible?  (Harper, 1987)

[4] N.A. Silberman e I. Finkelstein, The Bible Unearthed: Archaeology’s New Vision of Ancient Israel and the Origin of Its Sacred Texts (Touchstone, 2001).

[5] En Amazon: https://www.amazon.com/Works-Josephus-Complete-Unabridged-Updated/dp/0913573868

[6] https://en.wikisource.org/wiki/The_Antiquities_of_the_Jews/Book_XX#Chapter_9

 

Fuente: Academia de Ciencias de Morelos

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