Abandonemos enfoques centrados en las drogas para colocar en el centro a las personas: Clara Fleiz Bautista

Abandonemos enfoques centrados en las drogas para colocar en el centro a las personas: Clara Fleiz Bautista

De acuerdo con Claudia Rafful, “en algunos grupos, el consumo de metanfetaminas responde no sólo a trastornos por uso de sustancias, sino a la búsqueda de placer, pertenencia y experiencias sociales”

“México ha transitado de un mercado dominado por drogas derivadas de cultivos, como la cocaína, hacia sustancias producidas completamente en laboratorios clandestinos, entre las que destacan las metanfetaminas y los opioides sintéticos”, señaló Silvia L. Cruz, del Departamento de Farmacobiología del Cinvestav, Unidad Sur, al participar en el conversatorio “El aumento de las drogas sintéticas en México”, coordinado por María Elena Medina-Mora, miembro de El Colegio Nacional.

Durante el encuentro también participaron Claudia Rafful, de la Facultad de Psicología de la UNAM; Clara Fleiz Bautista, del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz; y Raúl Martín del Campo, de la Organización Panamericana de la Salud, quienes coincidieron en que el fenómeno del consumo de drogas sintéticas exige una respuesta basada en evidencia científica, prevención, reducción de daños y atención centrada en las personas.

Silvia L. Cruz explicó que las llamadas drogas sintéticas, también conocidas como drogas de diseño o nuevas sustancias psicoactivas, “son compuestos elaborados en laboratorio a partir de modificaciones químicas que actúan directamente sobre el sistema nervioso central”. Recordó que el Informe Mundial sobre las Drogas 2025, publicado el pasado 26 de junio por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, ha identificado cerca de mil 400 nuevas sustancias psicoactivas, de las cuales 755 continúan circulando en el mercado internacional.

Advirtió que “el cristal o metanfetamina es altamente tóxico y puede producir efectos desde el primer consumo”. Entre las consecuencias inmediatas se encuentran la euforia, el aumento del estado de alerta, la ansiedad, la paranoia, el insomnio y la pérdida del apetito; “mientras que el consumo prolongado puede provocar deterioro cognitivo, psicosis, convulsiones, hemorragias cerebrales e incluso emergencias médicas potencialmente mortales, como el síndrome serotoninérgico”, esto es un aumento peligroso de serotonina en el organismo.

Respecto al fentanilo, recordó que se trata de un medicamento desarrollado hace más de seis décadas para uso médico como analgésico en cirugías. Sin embargo, “el fentanilo asociado al consumo ilícito en México proviene de laboratorios clandestinos, carece de controles de calidad y suele encontrarse mezclado con heroína, lo que incrementa considerablemente el riesgo de sobredosis”.

Por su parte, María Elena Medina-Mora, miembro de El Colegio Nacional, señaló que, aunque México continúa siendo un país de tránsito para la cocaína, enfrenta un escenario distinto al convertirse también en productor de metanfetaminas y opioides sintéticos. “El país no figura entre las naciones con mayor nivel de consumo, pero sí enfrenta riesgos crecientes derivados de la disponibilidad de estas sustancias”.

La investigadora de temas psicosociales más citada del país destacó que “la edad promedio de inicio en el consumo de cristal es a los 16 años, mientras que en algunas comunidades donde existe alta disponibilidad de drogas el primer contacto puede ocurrir desde los 10 años”. Agregó que, desde 2016, “la heroína se encontraba distribuida en prácticamente todo el territorio nacional y, para 2023, ya se documentaban muertes por sobredosis relacionadas con drogas sintéticas”.

Sobre la presencia de heroína adulterada con fentanilo y, posteriormente, con xilacina, un sedante veterinario, la colegiada expuso que esta combinación incrementó las sobredosis y provocó graves lesiones cutáneas entre las personas consumidoras. En este contexto “el encarcelamiento no constituye una solución. El llamado es a incrementar la inversión pública en investigación científica, prevención, reducción de daños, mejores tratamientos y atención a las causas sociales que favorecen el consumo”.

“En mi interpretación, la droga sintética ha ocupado el lugar de la heroína, porque así se evitan los pasos de cuidado y cultivo que requiere una planta y el trabajo humano”, puntualizó la colegiada.

Desde la perspectiva epidemiológica, Claudia Rafful, de la Facultad de Psicología de la UNAM, detalló que, aunque el consumo de metanfetaminas en la población general continúa siendo relativamente bajo, la demanda de tratamiento ha aumentado de manera acelerada durante la última década. “Entre 2014 y 2024, la proporción de personas que solicitaron atención por consumo de metanfetaminas creció de manera sostenida, mientras que los ingresos a servicios de urgencias relacionados con estas sustancias se multiplicaron por siete entre 2013 y 2024”.

La investigadora sostuvo que “el consumo afecta de manera diferenciada a diversas poblaciones, entre ellas personas que viven con VIH, trabajadores sexuales, personas en situación de movilidad, usuarios de drogas inyectables, personas en situación de calle y habitantes de zonas fronterizas”. Sin embargo, advirtió que “persiste un consumo poco visible entre mujeres y menores de edad debido al estigma, además de una escasa información sobre lo que ocurre en comunidades rurales”.

En palabras de Rafful, nuevas investigaciones muestran que, en algunos grupos, el consumo de metanfetaminas responde no sólo a trastornos por uso de sustancias, sino “a la búsqueda de placer, pertenencia y experiencias sociales”, por lo que insistió en la necesidad de comprender los contextos de los consumidores de este tipo de sustancias antes de juzgarlos.

En esa misma línea, Clara Fleiz Bautista, del Instituto Nacional de Psiquiatría Ramón de la Fuente Muñiz, presentó el caso de “Luna”, una mujer trans cuya historia permitió reflexionar sobre el impacto del denominado dolor social, entendido como el sufrimiento derivado de la discriminación, el estigma, la exclusión y la pérdida de vínculos afectivos.

Expuso que “estas experiencias generan alteraciones neurobiológicas relacionadas con el estrés y el sistema de recompensa cerebral, favoreciendo el consumo de sustancias como una forma de aliviar ese sufrimiento”. La especialista propuso abandonar los enfoques centrados exclusivamente en las drogas para colocar en el centro a las personas, “impulsando estrategias de salud pública orientadas a reducir riesgos y daños, prevenir sobredosis, evitar infecciones como el VIH y fortalecer servicios comunitarios que promuevan entornos seguros, solidarios y con mejores oportunidades de vida”.

Finalmente, Raúl Martín del Campo, de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), presentó un panorama regional al señalar que actualmente “alrededor de 18 millones de personas en las Américas viven con un trastorno por consumo de sustancias, condición asociada con más de 77 mil muertes. En las últimas dos décadas, la mortalidad relacionada con estos trastornos se ha triplicado y ya figura entre las diez principales causas de pérdida de años de vida saludable en la región”.

El representante de la OPS advirtió que, pese a existir intervenciones eficaces, la mayoría de las personas no recibe atención oportuna debido a la detección tardía, la fragmentación de los servicios y la escasa articulación con familias, escuelas y comunidades. “Ante la rápida evolución de las drogas sintéticas, las políticas públicas deben sustentarse en tres pilares: anticipar, mediante sistemas de vigilancia epidemiológica y alertas tempranas; adaptar, desarrollando servicios capaces de responder a mercados y sustancias en constante cambio; e integrar la prevención, la detección temprana, el tratamiento, la reducción de daños, la recuperación y el apoyo comunitario en redes coordinadas de atención.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez

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