Victoria colombiana: descubren nueva especie del emblemático lirio de agua gigante
Un equipo de investigadores de los jardines botánicos de Kew, Inglaterra, y de Bogotá, junto a conocedores indígenas de la cuenca del Orinoco acaban de publicar el hallazgo en la revista científica Phytotaxa. Estiman que existen únicamente entre 30 y 50 individuos en estado silvestre
Esta historia podría empezar con una foto de Instagram. Pero, la verdad, es mucho más antigua que eso; tanto como las primeras plantas con flor sobre la Tierra. Desde hace millones de años, cuando las abejas no existían, el nenúfar o lirio de agua más grande del mundo despliega su belleza en la noche para atraer con su olor a piña madura a los únicos insectos que pueden reproducirla. Al menos 20 escarabajos llegan embriagados por el olor, se posan en ella y quedan atrapados dentro de la flor. Allí se aparean mientras la planta acuática, de hojas que pueden alcanzar los tres metros de diámetro y que solo se encuentra en Suramérica, los alimenta y calienta durante 24 horas. Poco antes de ser devorada, abre de nuevo sus tépalos, que cambian de color blanco a fucsia, para dejar salir a los escarabajos, que dispersan el polen que llevan en sus patas y alas. “Eso me cautivó. Es una planta de locos, del tiempo de los dinosaurios”, confiesa Mauricio Bernal Rodríguez, un biólogo colombiano de 43 años que trabaja hace una década en el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis. Se le iluminan los ojos cuando habla de la Victoria, porque lleva seis años investigándola y cultivándola.
Bernal hace parte del equipo de investigadores que acaba de revelar una nueva especie de Victoria con un artículo publicado por la revista científica Phytotaxa, la más productiva del mundo en taxonomía y botánica. La llamaron Victoria colombiana porque, al parecer, solo se encuentra en Colombia. Si no fuera por la obsesión de estos investigadores, la foto que tomó Jeremiah Harris, un reconocido cultivador de plantas carnívoras de Estados Unidos, no sería más que una anécdota de redes.
Hace cinco años, el horticultor español investigador de los Jardines Botánicos Reales de Kew, Carlos Magdalena, que lleva 20 años investigando esta planta, encontró en el perfil de Instagram de Harris las fotografías que el norteamericano había tomado en la estrella fluvial del Inírida, un complejo hídrico y ecológico del suroeste de Colombia que fue declarado sitio Ramsar en 2014. Llegó allí por el emprendimiento turístico de naturaleza Halamo, que impulsa un grupo de indígenas.
En su publicación, Harris identificaba la planta como una Victoria amazónica. Pero Magdalena notó que algo no coincidía: la distribución conocida de esas especies no incluía el río Inírida. Hasta ese momento, solo cuatro especies de Victoria se habían encontrado en algunas de las grandes cuencas hidrográficas de América del Sur: a lo largo del cauce principal del Amazonas y sus afluentes; en los ríos Berbice y Rupununi, en Guyana; en la cuenca del Río Paraná, entre Paraguay y Argentina; en la cuenca de los ríos Mamoré y Yacuma en Bolivia; y en la cuenca alta del río Paraguay y Pantanal, entre Brasil y Bolivia.
Esta observación abría la posibilidad de que se tratara de una nueva especie, desconocida para la ciencia. Para comprobarlo, Magdalena contactó a Harris, le pidió las coordenadas geográficas del lugar y llamó a Bernal, su colega en Colombia. Este, emocionado, pidió permisos y habló con autoridades y líderes indígenas. Les pidió que condujeran una expedición científica hasta el punto y la apoyaran en la recolección de muestras de la planta.
Después de noches y noches de búsquedas satelitales en Google Maps, de revisar afluentes y bracitos de agua para encontrar las enormes hojas de la Victoria en territorio colombiano, Bernal contactó a un viejo amigo, Carlos Pedraza, de la empresa DreamGIS, para documentarla con esta tecnología. Mediante un rastreo satelital de alta resolución, vieron cuántas plantas había en la cuenca del Orinoco y qué pasaba con ellas durante los periodos de aguas bajas. Durante casi cinco años, de la mano de los indígenas Nilo Rodríguez, Jaime Hernández y Gustavo Melo en el terreno, analizaron la taxonomía de la planta presente en el Resguardo Puinave-Piapoco El Paujil Limonar.
Así, persistieron con obstinación hasta documentar el momento exacto en que la Victoria colombiana abre su flor para permitir su reproducción. Eso ocurre solo algunos meses del año, en la mitad de la selva del Orinoco y la flor solo vive 24 horas. Es un momento efímero, casi mágico, que solo puede ser observado por ojos humanos cuando las aguas están bajas. Fueron muchas las veces que fallaron en el intento por encontrar y registrar este momento.
Al hacerlo, notaron que, aunque es la especie más cercana a la Victoria amazónica, se distingue por la forma de su ovario, que es cúbico-globoso con las caras laterales hundidas. Sus espinas también son más cortas y débiles, tan flexibles que se doblan al tacto. Para recoger el análisis que hicieron de la forma más rigurosa posible, el equipo contactó a Maarten J.M. Christenhusz, un botánico del Jardín Botánico de la Universidad Técnica de Delft, en Países Bajos, que se entusiasmó y reunió todos los hallazgos en el artículo científico que fue aprobado y publicado este jueves.
Se estima que hay entre 30 y 50 individuos de esta nueva especie en estado silvestre, lo que evidencia su rareza y la necesidad de fortalecer las acciones para conservarla. Entre las alternativas, el Jardín Botánico de Bogotá contempla establecer algunas plantas en un lago más accesible dentro de territorio indígena, lo que podría contribuir tanto a la protección de la especie como al desarrollo de actividades de ecoturismo comunitario. También esperan continuar con la recolección de semillas para cultivar ejemplares en Bogotá y estudiar la especie bajo condiciones controladas. Con eso, si todo sale bien, en un futuro cercano la Victoria colombiana podría cultivarse también en los icónicos jardines de Kew y otros lugares del mundo.
Una disputa imperial
En el siglo XIX, el trabajo de los investigadores botánicos estaba lejos de ser tan diverso como el de este equipo de investigadores. Aunque los pueblos indígenas conocían estas plantas desde tiempos inmemoriales, su descripción formal tenía un enfoque colonial y, aunque las expediciones en Suramérica solían tener el apoyo de los aborígenes, nunca se incluían como coautores de los artículos científicos, algo que sí ocurrió en el caso de la Victoria colombiana.
La historia de la Victoria no escapó a las intrigas y luchas imperiales. Como especie se registró en 1832 por el botánico alemán Eduard Friedrich Poeppig, que la encontró en el río Solimões en Brasil. Sin embargo, la noticia no se difundió en Europa y cinco años después la misma planta fue descrita por Robert Schomburgk y John Lindley. Este último decidió registrarla como Victoria regia para rendir homenaje a la recién coronada reina Victoria de Inglaterra y buscar con ello financiación científica. La monarca se complació y prometió respaldar las expediciones científicas en Suramérica. La maniobra política ayudó a la Royal Horticultural Society y a la Royal Geographical Society a obtener patrocinio real, e influyó de forma decisiva en que no cerraran los Jardines Botánicos Reales de Kew.
En 1847, el botánico alemán Johann Friedrich Klotzsch corrigió la designación a Victoria amazónica para respetar la prioridad del trabajo de Poeppig, aunque durante más de un siglo se siguió hablando de la Victoria regia. Su cultivo en Europa y Estados Unidos, en invernaderos diseñados especialmente para ello, se convirtió en un símbolo de estatus y logro hortícola e incluso inspiró al arquitecto y jardinero inglés Joseph Paxton en el diseño del célebre Crystal Palace de Londres.
Con la llegada de la Segunda Guerra Mundial, la investigación se complicó. Las colecciones de Poeppig en Viena y Leipzig fueron destruidas en bombardeos, y la colección en alcohol de Alcide d’Orbigny desapareció del Museo de Historia Natural de París sin mayor explicación. Desde entonces, su cultivo y exploración ha sido emblemático y fascinante para los horticultores del mundo.
Colombia no ha sido la excepción. A finales de los años cincuenta, el padre Enrique Pérez Arveláez fundó el Jardín Botánico de Bogotá José Celestino Mutis, y desde entonces se obsesionó con que las personas en la capital no tuvieran que ir a Europa o Estados Unidos para conocer la emblemática planta suramericana.
Mauricio Bernal quedó al cuidado del legado de esa Victoria en 2020, cuando falleció el horticultor Francisco Sánchez, el jardinero experto encargado de reproducir sus semillas en este jardín. “Es maravilloso ver cómo, incluso hoy en día, lo que es cotidiano y común para una persona puede ser un tesoro oculto para otra. En este estudio de caso, el diálogo y la construcción colectiva del conocimiento revelan su poder. Estoy muy orgulloso de haber formado parte de este descubrimiento junto a mis colegas”, concluye con tono victorioso.
Fuente: elpais.com
