Nuevo estudio descubre que la comida para perros puede generar más emisiones que la dieta de sus dueños

Hasta 65 veces más emisiones: investigadores analizan el impacto climático oculto de 996 alimentos para perros.

  • Huella climática inesperada.
  • Comida para perros, emisiones reales.
  • Carne “noble”, impacto alto.
  • Subproductos, menor presión ambiental.
  • Marketing que cambia el clima.
  • Millones de cuencos, efecto global.

La comida para perros puede tener un impacto en el clima mayor que el de tus propias comidas

La comida de un perro puede tener una huella climática mayor de lo que muchas personas imaginan. En determinados casos, los alimentos para mascotas con alto contenido cárnico generan más emisiones por comida que la dieta diaria de su propio dueño. No es una exageración ni una provocación fácil: es una consecuencia directa de cómo se produce la proteína animal y de cómo se formulan muchos piensos comerciales.

En el Reino Unido, se estima que los ingredientes utilizados en la comida industrial para perros representan alrededor del 1 % de las emisiones nacionales de gases de efecto invernadero. Una cifra pequeña en apariencia, pero enorme si se piensa que procede de un único hábito cotidiano y silencioso.

Un equipo de investigación liderado por John Harvey, de la Universidad de Edimburgo, desarrolló un modelo capaz de estimar el impacto climático de casi mil productos comerciales sin acceder a recetas confidenciales. La clave estuvo en analizar listas de ingredientes, rangos nutricionales y formatos de venta, algo que cualquier consumidor ve cada día en el envase.

El resultado es revelador: las decisiones sobre cortes de carne, formato del alimento y reclamos de marketing influyen de forma directa en las emisiones que acaban, literalmente, en el cuenco del perro.

No todos los alimentos para perros son iguales

Entre los 996 productos analizados, la diferencia fue abismal. Algunos generaban hasta 65 veces más emisiones que otros con el mismo objetivo nutricional. No hablamos de matices, sino de saltos enormes.

Dos perros del mismo tamaño, con dietas aparentemente similares, pueden estar asociadas a niveles de impacto climático radicalmente distintos. Y eso, para quien se preocupa por el planeta, pesa.

La elección de la carne determina las emisiones

Cuando los investigadores compararon los alimentos en función de las calorías aportadas, apareció un patrón claro: las dietas húmedas y crudas suelen tener mayor huella climática que el pienso seco convencional.

El motivo no es complejo. Estos formatos concentran menos energía por gramo, obligando a servir mayores cantidades diarias. Más cantidad implica más ingredientes, y ahí se disparan las emisiones asociadas a la producción agrícola y ganadera.

Los piensos secos no etiquetados como “grain-free” tendieron a mostrar mejores resultados, aunque con variabilidad entre marcas. El verdadero factor diferenciador no era el precio ni la gama “premium”, sino el tipo de carne utilizada.

Productos formulados con cortes nobles, como pechuga de pollo o filete de ternera, presentaban algunos de los valores más altos. En cambio, los que incorporaban subproductos animales —vísceras, recortes, partes poco demandadas por el consumo humano— mostraban una huella climática menor. Tiene sentido: aprovechan lo que ya existe, sin aumentar la presión productiva.

El coste ambiental de los productos sin cereales

No todas las partes de un animal pesan lo mismo en términos climáticos. Por eso, repartir las emisiones no es trivial. El estudio comparó métodos basados en peso frente a métodos basados en valor económico, que asignan mayor impacto a los cortes que realmente impulsan la producción ganadera.

Este enfoque cambia el resultado de forma significativa. Y tiene consecuencias directas en la comida para perros.

Muchos productos “grain-free” sustituyen cereales por más carne o legumbres, lo que en algunos casos incrementa las emisiones totales sin aportar beneficios nutricionales claros frente a fórmulas equilibradas. En la muestra británica, tanto los alimentos secos como los húmedos sin cereales tendieron a situarse en la parte alta del ranking climático.

Los perros digieren algo más que carne

Reducir la conversación a “carne sí o no” es simplificar demasiado. Los perros evolucionaron junto a los humanos y desarrollaron una capacidad real para digerir almidones.

Un estudio genético de 2013 mostró que los perros domésticos tienen más copias de los genes necesarios para descomponer el almidón que los lobos. Esa adaptación explica por qué dietas con menor contenido cárnico pueden funcionar perfectamente si están bien formuladas y cubren proteínas, grasas y micronutrientes.

No todo lo que suena natural es más sostenible. Y no todo lo vegetal es automáticamente mejor, pero el margen existe.

Etiquetas que orientan la demanda

El lenguaje del envase también cuenta. Expresiones como “filete de ternera” o “pollo fresco” suelen indicar cortes aptos para consumo humano, mientras que términos como “vísceras” u “órganos” apuntan a partes con menor demanda.

Como los envases rara vez indican porcentajes exactos, el equipo reconstruyó recetas probables a partir del orden de los ingredientes y los valores nutricionales. Una especie de lectura entre líneas.

Ese ejercicio convierte el etiquetado en una señal práctica: aunque el consumidor no vea datos de granja, el lenguaje orienta la demanda… y la producción responde.

Lo que los propietarios pueden cambiar

Quien quiera reducir el impacto climático de la alimentación de su perro no necesita, necesariamente, cambiar de formato o entrar en dietas extremas. A veces basta con leer con atención la lista de ingredientes y fijarse en cómo se describen las proteínas animales.

Los alimentos basados en partes menos demandadas del animal suelen tener menor huella porque no empujan la producción de carne “premium”. Eso sí, cualquier cambio debe respetar la salud del animal. En perros mayores o con patologías, el criterio veterinario es clave.

Aun así, los mayores márgenes de mejora están del lado de la industria. Usar más partes infrautilizadas, reducir el peso del marketing vacío y mejorar la transparencia tendría un efecto real.

Millones de cuencos importan

A escala global, el impacto se multiplica. Alimentar a los perros del mundo con dietas similares a las analizadas podría generar entre 517 y 873 millones de toneladas de emisiones anuales, una magnitud comparable a gran parte de las emisiones del combustible de aviación comercial.

Y eso sin contar transporte, fábricas, envases o desperdicio. El modelo solo evaluó la producción de ingredientes.

Los alimentos húmedos requieren más envase por caloría. Las dietas crudas dependen de cadena de frío intensiva en energía. Todo suma. Y no poco.

Alimentar a los perros con menor impacto

Las alternativas existen, aunque todavía son limitadas. Los productos vegetales evaluados mostraron impactos notablemente más bajos, y al menos un producto a base de insectos obtuvo buenos resultados. No son soluciones universales, pero amplían el abanico.

La conclusión es clara: la huella climática de la comida para perros depende más de los ingredientes y del formato que del precio o de la imagen de marca.

Fuente: ecoinventos.com

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