¿Va a ser China el gran innovador tecnológico del siglo XXI o un copión proteccionista?

“Made in China” es algo que vemos en muchos productos que consumimos. Pero no es sinónimo de buen producto, sino que muchas veces genera incertidumbre: ¿será de buena calidad? Este fenómeno no es nuevo: no hay más que preguntar a cualquiera que haya vivido en la época de los 50-70 y recordará algo similar respecto al “Made in Japan”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Japón se centró en ser la fábrica del mundo. Y su marca no era sinónimo de calidad, sino de todo lo contrario: sus productos tenían fama de ser copiados y malos. Sin embargo, el nivel de vida subió en el país nipón, y se empezó a invertir ingentes cantidades de dinero en los 70. Las marcas y fabricación japonesa pasó a ser sinónimo de calidad. Sony, Nikon, Canon, Toshiba, Toyota… todos crean buenos productos, y a día de hoy nadie piensa que se dediquen a realizar burdas copias.

Por tanto, podría pensarse que China puede seguir el camino de Japón: ahora mismo parece que las empresas chinas se limitan a realizar copias y productos de mala calidad, pero China puede ser el gran innovador tecnológico del siglo XXI, al igual que Japón lo fue desde los 70 hasta que estalló su crisis inmobiliaria. Sin embargo también podría ser que China siguiera su propio camino, hay indicios de que el Gobierno protege su industria en exceso y no les impulsa a innovar.

La innovación en China es un hecho

China no es solo producto barato y de mala calidad. No hay más que pensar que muchos productos de marcas occidentales se fabrican allí. Por ejemplo, Apple fabrica todos sus productos en distintas fábricas en China a través de su proveedor Foxconn. Steve Jobs dijo en su día que sus productos nunca podrían fabricarse en EEUU y no por los costes, sino porque era imposible encontrar tantos ingenieros especializados en fabricación (unos 30.000 necesita).

En China es posible fabricar con calidad, como hace Apple. Para ello se necesitan, aparte de instalaciones, mucho personal especializado (en cada una de las labores) y fábricas que son como mega ciudades preparadas para ello.

Y Apple no es el único fabricante importante que fabrica en el país asiático. Casi todos los productos de electrónica que tenemos por casa, independientemente de la marca, son “Made in China”. Los que tienen fama de malos productos son aquellos que no pasan controles de calidad suficientes (y así logran abaratar los costes).

Pero, ¿y la innovación? En China también hay innovación. Empresas como Huawei, ZTE, Alibaba, Baidu o Tecent son claramente innovadoras, no solo a nivel nacional, sino también a nivel mundial.

Lejos quedan los días en que Huawei tuvo problemas legales con Cisco por temas de propiedad intelectual. En 2003 Cisco denunció a Huawei por copiar su código fuente de Cisco en sus equipos de red, aunque al final retiró la demanda ante el compromiso de la empresa china de modificar sus productos. Hace unos años se supo el contenido del informe neutral del análisis del código, y este deja muy claro que, efectivamente, Huawei estaba copiando.

Sin embargo Huawei fue, el año pasado y por segundo año consecutivo, la empresa del mundo que más patentes registró. ZTE fue la tercera. Eso es sinónimo de innovación.

Pero también el proteccionismo del Estado

Pero lo cierto es que en China existe un cierto proteccionismo económico. No ponen ninguna pega para que empresas extranjeras fabriquen allí sus productos, es más, lo promueven. Pero luego no es tan fácil vender dichos productos en el mercado interno.

El argumento de China es que para vender en cualquier país hay que cumplir sus leyes. Y las leyes de China respecto a la libertad individual son bastante complicadas de encajar con la mentalidad occidental. No es imposible vender en China, Apple lo hace, pero otros como Google tienen más problemas (a pesar de que sigue habiendo rumores de que quieren entrar).

El último caso ha sido el de Uber, que no ha logrado entrar en China – como era su intención – y al final ha decidido vender el negocio al competidor local, Didi, y tomar una participación minoritaria de la empresa resultante. Y es que Uber ha intentado lanzarse al mercado chino sin aliados locales, con el resultado de que, a pesar de la guerra de precios (subvención mediante), no ha logrado más que perder mucho dinero. Es muy complicado hacer negocios en China sin un aliado local y esto no es así en Occidente.

Otro ejemplo de lo complicado que es para las empresas occidentales vender sus productos en China es Netflix. Desde hace un tiempo Netflix está disponible en todo el mundo con algunas excepciones. Estas excepciones son debido a reestricciones del Gobierno de Estados Unidos en zonas de guerra o con embargos: Crimea, Siria y Corea del Norte. Y además de estos países, la lista se cierra con China, donde tampoco está disponible.

Es decir, Netflix ha sido capaz de lanzar su servicio en 190 países del mundo, desde países occidentales hasta todo África y Oriente Medio, por ejemplo. Pero no en China. Y en su web siguen diciendo que están explorando opciones para lanzar su servicio allí.

HBO, por cierto, tampoco consigue estrenar sus series en China, y la fiebre de Juego de Tronos no ha llegado de forma oficial. Eso sí, ya hay una copia local de dudosa calidad que aprovecha el tirón internacional.

Xiaomi también es un ejemplo paradigmático de que sigue habiendo falta de innovación en China. La marca presenta unos terminales con unos acabados muy profesionales y a un precio excelente. Pero están centrados en China y no salen, entre otras cosas, porque incumplen patentes internacionales. Son terminales que en sus inicios copiaban claramente a Apple, aunque es cierto que ahora menos. De hecho, una vez saturado el mercado local (y protegidos porque allí son intocables por las empresas internacionales) están comprando patentes para lanzarse, de una vez, a la aventura occidental.

Hay muchos más ejemplos. Las empresas de Internet que tienen éxito en Occidente allí no triunfan, normalmente por las reestricciones a la libre comunicación de la legislación China. Es un hecho que ni Google ni Facebook ni Twitter tienen presencia allí. WhatsApp es anecdótico. Eso sí, existen “copias” locales más o menos parecidas como Baidu, Weibo o WeChat (aunque en este último caso más que una copia han creado innovaciones muy interesantes).

El camino del proteccionismo no es oficial

Oficialmente no existe proteccionismo en China. Desde que en 1978 empezara a dejar atrás una desastrosa política comunista que trajo hambrunas y millones de muertos, el camino de China ha sido la apertura económica.

Las reformas empezaron por la descolectivización agraria y la apertura a la inversión extranjera. Los primeros años, hasta principios de los 80, consistieron básicamente en esto, y luego llegó una segunda fase en la que se privatizaron muchas de las empresas estatales.

Para empezar, China aprobó la primera ley de patentes en 1984, y solo un año después ya entró en Convención de París para la protección de la Propiedad Intelectual. En 1994, dos años después del famoso “hacerse rico es glorioso” de Deng Xiaoping, firmó el Tratado de Cooperación de Patentes.

La apertura oficial fue, sin embargo, cuando China se unió a la Organización Mundial del Comercio en 2001. Esto marcó un antes y un después, y las exportaciones al resto de mundo (sobre todo EEUU y la UE) se dispararon.

Entrar en la Organización Mundial del Comercio significa que hay que cumplir unas normas sobre patentes y que se establecen unos aranceles máximos fijados. En general los países que están dentro son países avanzados y nada proteccionistas.

El sistema de patentes mundial tiene muchos fallos -no hay más que ver que existen empresas que viven de acumularlas y denunciar a otras empresas-, pero es un mecanismo para proteger la investigación y el desarrollo. Que China cuente con leyes y haya firmado tratados respecto a estas patentes deja claro que es un país abierto a la innovación. Y como todos los países, usa estrategias para beneficiar, sin saltarse tratados, a sus empresas locales. EEUU lo hace (impide, por temas de seguridad nacional, que Huawei venda allí) y en general todos los países del mundo lo hacen. Pero dentro de unos límites, ya que salirse del circuito oficial, la OMC, tiene consecuencias muy negativas.

¿Está China propasándose en su estrategia proteccionista? ¿Por qué es tan complicado para las empresas extranjeras asentarse allí? ¿Hay algo más, aparte del choque cultural? Esperemos que no, porque de lo contrario, sin competencia, las empresas no pueden ser innovadoras. Y sin innovación, China se quedaría simplemente en ser la fábrica del mundo, cosa que no es suficiente para hacer crecer a un país llegado a cierto punto de desarrollo económico. Quizá por eso se está agotando el crecimiento y están teniendo, por primera vez en décadas, problemas económicos.

Fuente: xataka.com

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