La nueva vida de los osos en un planeta cada vez más humano

Durante siglos, la caza y la expansión humana han moldeado a los osos sin que apenas lo notáramos. Hoy, la ciencia confirma que su tamaño, su comportamiento y hasta su genética están cambiando. A ello se suman el abandono rural y el calentamiento global, que empujan a estos animales a adaptarse a un entorno cada vez más imprevisible y cercano a las personas

Durante siglos, la relación entre humanos y grandes depredadores ha seguido un patrón claro. Se persigue al animal que molesta, al que se acerca demasiado, al que parece peligroso. En el caso de los osos, esa persecución no solo redujo sus poblaciones, también dejó una huella profunda en su biología. Estudios recientes muestran que algunos osos pardos, como los de los Apeninos italianos, son hoy más pequeños y dóciles que otros europeos. No es una casualidad ni una anécdota local. Es el resultado de una selección no intencionada en la que sobrevivieron los más tímidos.

La lógica es sencilla. Los osos grandes y agresivos eran los primeros en caer bajo las balas o las trampas. Los más cautos, los que evitaban el contacto humano, lograban reproducirse. Generación tras generación, ese filtro fue afinando el comportamiento y hasta la morfología. Como ha ocurrido con elefantes sin colmillos o salmones cada vez más pequeños, la presión humana ha actuado como un editor implacable del genoma.

Convivir en un territorio que se vacía

En la cordillera Cantábrica, donde la población de osos se recupera tras décadas de protección, el problema ya no es la caza, sino el contexto. El abandono del campo, la desaparición de la ganadería extensiva y el auge del turismo han creado un paisaje más permeable para el oso. Hay menos barreras, más comida accesible y más encuentros fortuitos.

Que los osos no sean especialmente agresivos no significa que sean inofensivos. Son animales salvajes que aprenden rápido. Si descubren que en un contenedor hay alimento fácil, volverán. Por eso, las políticas de coexistencia buscan un objetivo claro. Cero osos habituados a la comida humana. Plantar frutales en el monte, proteger basuras o disuadir con métodos no letales no es un capricho ecologista, es una forma práctica de prevenir conflictos antes de que deriven en miedo y, de nuevo, en persecución.

El clima como nuevo depredador invisible

Si la historia de los osos pardos habla de persecución directa, la de los osos polares es la crónica de un enemigo más difuso.

Sin hielo, no hay focas. Sin focas, toca improvisar. Huevos de aves, renos, plantas o largos desplazamientos a nado son parches a un problema estructural.

El descubrimiento de una población de osos polares en el sur de Groenlandia, adaptada desde hace siglos a vivir con poco hielo, ofrece una ventana de esperanza. Su genética muestra cambios que facilitan esa flexibilidad. Pero no es una solución global. La adaptación tiene límites y el ritmo del calentamiento los pone a prueba.

Pensar que los osos siempre encontrarán una salida es una forma cómoda de mirar hacia otro lado. La realidad es que cada ajuste tiene un coste, ya sea en tamaño, comportamiento o supervivencia de las crías. La pregunta no es si los osos pueden cambiar, sino cuánto estamos dispuestos a cambiar nosotros para no obligarlos a hacerlo hasta el extremo.

Fuente: mundiario.com

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