La muerte de una orca abre incógnitas sobre un método científico

Corría febrero de 2016, y los científicos de la National Oceanic and Atmospheric Administration (NOAA) intentaban fijar pequeños transmisores satelitales a unas orcas para averiguar adónde van en invierno del hemisferio norte y por qué sus poblaciones han disminuido tanto en el Océano Pacífico norte, cerca de Canadá.

Los científicos cargaron el rifle, dispararon pero erraron.

En un segundo intento, hicieron blanco en un macho sano de 20 años conocido como L95.

El marcaje pareció “rutinario en todo sentido”, según se indicaría más adelante en un informe, hasta que la orca murió y el dardo fue el principal sospechoso.

Infección

El 5 de octubre, un panel de expertos coincidió en que la herida que provocó el etiquetado dio lugar a una rara infección provocada por un hongo que finalmente ocasionó la muerte del mamífero amenazado de extinción.

Quedan sólo 82 orcas en esa población que habita en el Océano Pacífico a la altura del sur de Canadá.

El incidente planteó dos interrogantes: ¿Murió la orca a raíz de una suma de circunstancias infortunadas que probablemente no se repitan? ¿Es posible que una herramienta comúnmente empleada en la investigación marina en todo el mundo -el etiquetado satelital- implique más riesgos a los grandes mamíferos marinos de lo que antes se pensaba?

Por el momento, la NOAA suspendió el etiquetado de orcas en peligro de extinción y evaluará si es necesario implementar métodos de rastreo menos invasivos para estos animales marinos.

También se ha planificado un taller especial para los 88 países que forman la Comisión Internacional de Ballenas con el objeto de discutir el etiquetado de esas especies en todo el mundo.

El etiquetado satelital es muy utilizado en todo el mundo, pero el nivel de experiencia y capacitación varía, explica Alex Zervini, científico del NOAA que estudió el impacto del etiquetado en las ballenas.

Una herramienta valiosa

En las últimas décadas, se desarrollaron transmisores más pequeños, y explotó su uso para la investigación de la vida silvestre dado que permiten observar la conducta animal cuando la criatura está demasiado lejos como para verla o rastrearla por otros métodos.

Este método aporta una cantidad enorme de datos muy útiles para las medidas de conservación.

Pero a veces no resulta posible fijar las etiquetas sin ser, al menos, levemente invasivos.

El tipo de etiqueta que usó el equipo científico con la L95 había sido empleada más de 530 veces en 19 especies, entre ellas ballenas piloto, grises, rorcual común, jorobadas, zifios y 56 en ballenas “asesinas”.

El transmisor no es más grande que una batería de nueve voltios y está fijado a un par de pequeños dardos de titanio que se disparan con un rifle.

Los dardos

Los dardos se implantan en la aleta dorsal y lentamente salen en cuestión de semanas o meses, aportando una breve ventana de información sobre el paradero de una ballena.

El científico que en este controvertido caso disparó el gatillo tenía experiencia.

Lo que parece haber sucedido, según un informe sobre el incidente, fue un pequeño pero serio error en el procedimiento: al sacar el dardo del agua, los científicos que luchaban contra el viento y las olas olvidaron esterilizarlo antes de disparar el segundo intento.

Las tres familias de orcas “asesinas” que pasan sus veranos en Washington y Canadá no comen focas ni otros mamíferos marinos sino principalmente salmón, cuyas poblaciones vienen disminuyendo.

Los animales están cargados de toxinas, como bifenilos policlorados, que suben en la cadena alimenticia.

Y la ballena identificada como L95 ya alcanzaba la edad promedio de muerte.

Todo esto sugiere que su sistema inmunológico ya pudo haber estado comprometido.

Se perdió contacto con el animal pocos días después hasta que fue empujado hacia la playa, muerto, en la costa oeste de la isla canadiense de Vancouver el 30 de marzo.

La necropsia reveló que el hongo que pudo haberse originado en aguas superficiales o quizás en la piel de L95 ingresó a los vasos sanguíneos del animal y terminó en sus pulmones.

Las concentraciones de hongo fueron más altas en el punto de entrada del dardo, y esa fue la pista.

La situación alteró a los activistas, que tildaron al programa de bárbaro y defectuoso, sugiriendo el empleo de monitoreo acústico como se usa en Canadá.

Los científicos del NOAA admitieron el error, pero agregaron que el etiquetado le había aportado valiosos datos para seguir a los animales con más frecuencia en invierno e incluso tomar muestras fecales. Eso les permitiría a los reguladores ampliar las protecciones del hábitat hacia el sur hasta el norte de California.

A juzgar por estudios de varios años de seguimiento de las ballenas etiquetadas en Hawái y el golfo de Maine, el proceso no es particularmente peligroso. Puede causar hinchazón o cicatrices leves.

Los investigadores ignoran si el hongo que mató a L95 está apareciendo con mayor frecuencia en aguas marinas o si estuvo presente en ese animal en particular. Pero observaron que otro hongo asociado a árboles tropicales estaba matando marsopas en la Columbia Británica. ¿Será posible que los riesgos asociados al etiquetado cambien a medida que cambia la temperatura del agua, alterando potencialmente el ambiente?

Los científicos se apuran a señalar que es preciso evaluar los peligros en relación a la incalculable cantidad de información reunida con el rastreo satelital, la cual, a su vez, ayudará a muchas poblaciones de ballenas con problemas.

Fuente: eldia.com

 

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