Investigadores españoles descubren un veneno invisible que amenaza al caracal en Sudáfrica
El equipo investigador ha contado con la participación del Grupo de Investigación en Toxicología de Fauna Silvestre del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos
En los límites donde la civilización se encuentra con la naturaleza, especies adaptables como el caracal (Caracal caracal) luchan por sobrevivir en entornos cada vez más modificados por el ser humano. En el entorno de Ciudad del Cabo, un punto caliente de biodiversidad mundial en Sudáfrica, el acelerado crecimiento urbano y la acumulación de residuos han intensificado los conflictos con la fauna silvestre. Para controlar las plagas de roedores en viviendas y comercios, se emplean masivamente rodenticidas anticoagulantes, compuestos químicos que provocan hemorragias mortales en los animales envenenados.
Aunque estos venenos están destinados a roedores urbanos, se propagan sin control a través de la cadena trófica hasta alcanzar a los grandes depredadores, como el caracal. Con el objetivo de comprender el alcance, los patrones de exposición y los factores del paisaje que determinan esta amenaza silenciosa para la biodiversidad, un equipo internacional de investigadores, con participación del Grupo de Investigación en Toxicología de Fauna Silvestre del Instituto de Investigación en Recursos Cinegéticos (IREC – CSIC, UCLM, JCCM), ha analizado muestras hepáticas de 102 caracales recopiladas durante una década (2015-2024). Este trabajo representa la evaluación ecotoxicológica más sólida realizada hasta la fecha sobre carnívoros terrestres en el Sur global.
Los resultados del estudio revelan una alarmante huella tóxica: el 78,4% de los caracales examinados presentó residuos de rodenticidas en su hígado. Además, más de la mitad de los individuos (53,9%) estuvo expuesta a múltiples compuestos rodenticidas de forma simultánea, registrando una mediana de tres compuestos diferentes por animal y alcanzando en algunos casos hasta seis distintos, lo que responde a una bioacumulación a través del consumo de diversas presas en ambientes en los que se usan diferentes tipos de cebos.
El perfil de exposición a la contaminación estuvo claramente dominado por los rodenticidas anticoagulantes de segunda generación (SGAR), entre los que destacan el brodifacoum y la bromadiolona. Estos productos químicos, desarrollados para combatir poblaciones de roedores resistentes, son extremadamente lipofílicos, persisten durante periodos prolongados en el tejido hepático y poseen un alto potencial de bioacumulación en la cadena alimentaria.
La carga de veneno aumenta con la edad de los caracales
El análisis demográfico evidenció que la carga total de veneno aumenta de manera significativa con la edad de los felinos. Los adultos presentaron concentraciones mucho más elevadas que los animales jóvenes, lo que confirma un patrón de acumulación crónica a lo largo de sus vidas. Asimismo, los científicos hallaron pruebas directas de transferencia maternal-fetal del anticoagulante cumatetralilo, demostrando que las crías entran en contacto con estos tóxicos incluso antes de nacer. Por su parte, los caracales subadultos con un índice corporal inferior mostraron acumulaciones de rodenticidas más elevadas, lo que sugiere una mayor vulnerabilidad o menor capacidad de desintoxicación.
Al cruzar los datos de las necropsias con variables espaciales de alta resolución, la investigación identificó los motores clave que incrementan el riesgo en el territorio de Ciudad del Cabo. La densidad de establecimientos de hostelería, como restaurantes, cafeterías y locales de comida rápida, resultó ser el factor predictivo más constante para la presencia, variedad y concentración de rodenticidas. La deficiente gestión de los residuos orgánicos en el sector de la hostelería genera focos de atracción para los roedores, lo que a su vez impulsa el uso intensivo de cebos tóxicos en las inmediaciones.
De igual modo, los niveles de veneno fueron notablemente mayores en los ejemplares que habitaban zonas urbanas con mayor cubierta vegetal (medida mediante el índice NDVI), así como en el entorno de viñedos y humedales. Estos ecotonos o zonas de transición entre la urbanización y la naturaleza actúan como verdaderos puntos calientes de contaminación ambiental.
Sorprendentemente, los caracales apenas consumen ratas pardas o de alcantarilla (Rattus norvegicus), las cuales representan solo el 0,61% de su dieta. Por lo tanto, la ingestión de rodenticidas ocurre principalmente de forma terciaria, al alimentarse de pequeños carnívoros, reptiles o aves (como ginetas, mangostas, serpientes y rapaces) que a su vez cazan o consumen carroña en jardines y zonas urbanizadas donde se colocan los cebos de rodenticidas.
De forma general, este estudio demuestra que los rodenticidas anticoagulantes representan una grave amenaza oculta para la conservación de la fauna silvestre en entornos periurbanos. Aunque los felinos muestran cierta tolerancia fisiológica inicial, la exposición continua a estos productos puede generar efectos subletales acumulativos, incluyendo la alteración del sistema inmunitario, fallos reproductivos, letargo y pérdida de reflejos, lo que incrementa el riesgo de que sufran accidentes mortales por atropello.
Bajo el enfoque de ‘Una Sola Salud’, la situación de los caracales sirve como indicador de la salud ecológica global de la región de Ciudad del Cabo. Para revertir esta tendencia, los autores del estudio destacan la urgencia de adoptar sistemas de gestión integral de plagas que fomenten el sellado físico de infraestructuras, mejoren la recolección de basura orgánica en zonas comerciales y promuevan reformas legislativas que restrinjan el uso descontrolado de rodenticidas de segunda generación cerca de espacios naturales protegidos. Solo mediante una gestión urbana responsable se podrá garantizar la supervivencia de estos icónicos felinos en el entorno de las ciudades africanas.
Fuente: animalshealth.es
