Un estudio del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP-CERCA) y de la Universidad de Burdeos revela que las ratas gigantes de Canarias del género ‘Canariomys’, que habitaron las islas desde el Pleistoceno hasta aproximadamente el siglo IV a.C y eran enormes en comparación con su pariente más cercano, la rata de la hierba africana, redujeron el tamaño de sus cerebros y las regiones sensoriales debido al aislamiento.
‘Canariomys’, la rata gigante de Tenerife, pesaba aproximadamente 1,4 kilos y era 14 veces más grande que sus parientes continentales más cercanos.
A pesar de que algunos estudios recientes sobre especies insulares gigantes y enanas muestran cambios drásticos en la evolución del cerebro, la morfología cerebral no se había descrito hasta ahora.
Un estudio reciente, publicado en la revista ‘Journal of Mammalian Evolution’, exploró la morfología cerebral de dos especies: ‘Canariomys bravoi’ (que vivía en Tenerife) y ‘Canariomys tamanari’ (de Gran Canaria).
Flavien Vincent, autor principal e investigador predoctoral en el ‘Muséum d’Histoire Naturelle’ de París, afirma que «con este cambio tan grande de tamaño», querían saber cómo habían evolucionado el cerebro y los sentidos de estos animales y dado que es imposible estudiar el comportamiento de las especies extinguidas como hacen los ecólogos, los paleoneurólogos utilizan la impronta del cerebro sobre la cavidad endocraneal para estudiar su morfología y las diferencias de proporciones entre las regiones cerebrales.
Para ello, trabajan con imágenes en 3D obtenidas mediante técnicas de rayos X (tomografía computarizada) que permiten estudiar los ejemplares sin dañarlos, al estilo de una resonancia magnética, explica Ornella Bertrand, autora sénior e investigadora Ramón y Cajal en el ICP.
Las evidencias genéticas y morfológicas indican que ambas especies de ‘Canariomys’ probablemente se originaron a partir de pequeñas poblaciones fundadoras de la rata de la hierba africana ‘Arvicanthis niloticus’, que habrían llegado pasivamente a Canarias desde el continente cercano hace unos 650.000 años.
Una vez establecidos, estos roedores evolucionaron hacia animales robustos, principalmente terrestres, con esqueletos fuertes y una combinación de adaptaciones para excavar y trepar a los árboles.
En cuanto a la dieta, ‘Canariomys’ probablemente era herbívoro u omnívoro.
Los restos datados por radiocarbono procedentes de yacimientos arqueológicos indican que, al menos en Tenerife, ‘Canariomys’ coexistió y probablemente fue cazado por las primeras comunidades humanas.
Parece que ‘Canariomys’ estaba bien adaptado a las condiciones insulares de Tenerife y Gran Canaria, y su tamaño corporal excepcional podría haber sido en sí mismo una estrategia antipredadora clave.
Su mayor tamaño pudo haber desempeñado un papel importante a la hora de evitar a los depredadores aviares, cuyas presas preferidas pesaban menos de 250 gramos, explica Flavien Vincent.
Sin embargo, como se ha observado en muchos otros mamíferos insulares, el cerebro no aumentó de tamaño de forma proporcional al cuerpo hasta el punto de que ambas especies presentan coeficientes de encefalización más bajos que su pariente continental, lo que significa que, en términos evolutivos, sus cerebros se hicieron relativamente más pequeños que los de sus antepasados.
Cuatro regiones afectadas
El equipo de investigación descubrió que cuatro regiones habían disminuido de tamaño, incluidas estructuras cerebrales relacionadas con el comportamiento ‘complejo’ (neocortex), el olfato (los bulbos olfatorios y el paleocórtex) y el mantenimiento de los movimientos de los ojos y la cabeza durante la locomoción (los lóbulos petrosos del cerebelo).
La disminución del olfato podría estar relacionada con la ausencia de depredadores terrestres.
‘Canariomys’ quizá no necesitaba detectar la presencia de aves depredadoras mediante el olfato y, por tanto, esta función no habría sido seleccionada, lo que habría conducido a una reducción del tamaño de los bulbos olfatorios, explica Flavien Vincent.
La disminución de la velocidad locomotora también parece estar presente en otros roedores insulares de Filipinas, lo que podría estar igualmente relacionado con un menor nivel de riesgo de depredación.
«No es necesario ser muy rápido si no hay ningún depredador del que huir», señala Ornella Bertrand.
Asimismo, la región más grande del cerebro en humanos y en muchos otros mamíferos es el neocórtex, responsable de integrar diversas funciones superiores como la visión, la audición o la memoria, en comparación con funciones básicas como la frecuencia cardíaca o la respiración.
El equipo investigador también encontró una reducción de esta región, lo que podría implicar una disminución del comportamiento «complejo». «Una vez más, esto podría estar relacionado con una menor necesidad de encontrar soluciones para escapar del peligro», afirma Flavien Vincent.
Los humanos, depredadores
La llegada de los seres humanos a las islas, que no habían evolucionado de manera conjunta con ‘Canariomys’, fue probablemente el depredador para el que estas ratas gigantes no estaban preparadas.
«El cerebro es metabólicamente costoso de mantener y, por tanto, cuando una función no se utiliza, la estructura cerebral responsable de dicha función puede disminuir de tamaño», explica Ornella Bertrand.
En comparación con su antepasado africano, que evolucionó junto con los humanos, los primeros ‘Arvicanthis’ probablemente no eran una presa habitual y disponían de las herramientas cognitivas para escapar de otros depredadores, mientras que ‘Canariomys’ pudo haberlas perdido a medida que la amenaza dejó de estar presente.
«Nuestro estudio muestra la importancia de proteger los ecosistemas insulares, porque las especies de las islas han evolucionado en aislamiento durante cientos de miles o millones de años y no están preparadas desde el punto de vista del comportamiento para afrontar amenazas que nunca antes habían experimentado», concluye Ornella Bertrand.
El estudio pone de manifiesto que comprender cómo los entornos insulares modelan la evolución del cerebro puede ayudar a aclarar mecanismos evolutivos fundamentales e informar estrategias de conservación para las especies insulares actuales que se enfrentan al cambio climático y a la pérdida de hábitat.
Mediante el uso de tomografía computarizada de alta resolución y centrándose en el tamaño de las regiones cerebrales en lugar del tamaño total del cerebro, el equipo investigador ha podido aportar nuevas perspectivas sobre los cambios sensoriales asociados a este drástico cambio ambiental.
Fuente: europapress.es


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