¿Quién sostiene la ciencia? El trabajo invisible que hace posible el conocimiento
Laura T. Guzmán-Villanueva, Investigadora por México, adscrita al Centro de Investigaciones Biológicas del Noroeste (CIBNOR)
En pleno siglo XXI, en un mundo donde la ciencia es presentada como el motor del desarrollo global, persiste una paradoja incómoda: el sistema científico depende de un trabajo fundamental que rara vez se reconoce. Mientras se celebran premios, publicaciones y descubrimientos, una parte esencial de la ciencia permanece en la sombra. No es una excepción, es una regla silenciosa. Mientras más competitivo se vuelve el sistema científico, más depende de tareas que no se miden, no se pagan y no se reconocen.
La escena es conocida —e irónica— en la práctica, la vida académica depende de múltiples tareas invisibles: acompañar a estudiantes, gestionar proyectos, preparar clases, coordinar equipos y sostener entornos de trabajo colaborativos. Estas acciones no solo facilitan la producción de conocimiento, sino que hacen posible que la ciencia funcione día a día. Sin embargo, los sistemas de evaluación continúan privilegiando productos visibles, como publicaciones y financiamiento, dejando fuera estas contribuciones. Todo lo demás desaparece. La ciencia avanza, pero el soporte humano se borra.
El resultado es una estructura desigual que impacta directamente en las trayectorias profesionales. Así, el mismo sistema que depende de este trabajo invisible contribuye a perpetuar desigualdades.
Reconocer este problema implica replantear una pregunta fundamental: ¿qué entendemos por hacer ciencia? Si la producción de conocimiento es un proceso colectivo, entonces también lo son las responsabilidades que la sostienen. Ignorar esta dimensión no solo es injusto, sino que limita la capacidad del sistema científico para desarrollarse de manera equitativa.
Este fenómeno no es aislado, sino global y no solo es un problema exclusivo de género, es también, un problema de desigualdad social. Diversos estudios han documentado que las tareas de cuidado, organización y apoyo académico recaen de manera desproporcionada en mujeres, indígenas, estudiantes, personal técnico e investigadores (as) jóvenes. Estas actividades, aunque esenciales para el funcionamiento de la ciencia, no suelen ser consideradas como parte del “trabajo científico”. Son actividades indispensables, pero sistemáticamente desvalorizadas.
Aquí no hay casualidad. La filósofa María Lugones ofrece una clave para entender esta dinámica a través del concepto de la colonialidad del género. Desde esta perspectiva, los sistemas modernos han construido jerarquías que colocan a muchas mujeres y grupos sociales en posiciones de subordinación e invisibilidad. En la ciencia, esto se traduce en la desvalorización sistemática de ciertas labores que, aunque indispensables, no son reconocidas formalmente, no otorgan prestigio.
El problema no es solo ético, es estructural. Los sistemas de evaluación académica premian productos visibles —publicaciones, financiamiento, indicadores— mientras ignoran los procesos que los hacen posibles. Así, quienes asumen tareas esenciales pierden tiempo, oportunidades y reconocimiento. El sistema se beneficia de su trabajo, pero no lo devuelve en forma de crecimiento laboral.
Un ejemplo, son los miembros del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras (SNII) en México, existe un reglamento bien estructurado que muestra los productos que deben de presentarse para acceder a este reconocimiento, sin embargo, no existe una forma de medir todo el trabajo invisible que realizan los investigadores e investigadoras que trabajan en lugares aislados o vulnerables, donde muchas veces no hay presencia de universidades en la región o existen graves problemas de seguridad. Quienes trabajan en esas zonas, son evaluados bajo los mismos criterios que los que prestan sus servicios en áreas urbanas con infraestructura, invisibilizando las actividades extraordinarias que se requieren para generar información científica en estas regiones.
Esta lógica genera una contradicción profunda. Se exige colaboración, formación de recursos humanos y trabajo en equipo, pero no se reconocen las condiciones que permiten que eso ocurra. Se habla de excelencia científica, pero en ocasiones se construye sobre una base desigual.
Además, esta dinámica tiene consecuencias acumulativas. No solo afecta la productividad individual, sino que moldea trayectorias completas. Quienes sostienen el trabajo invisible enfrentan mayores obstáculos para avanzar, consolidarse o liderar. La desigualdad no es un resultado, es un mecanismo.
Corregir esto no es un gesto simbólico, es una necesidad urgente. Implica reconocer que la ciencia no es solo producción de resultados, sino un sistema social complejo. Redistribuir tareas, visibilizar el trabajo de cuidado y ajustar los criterios de evaluación no son concesiones: son condiciones para una ciencia más sólida.
En un contexto global donde la ciencia es clave para enfrentar crisis ambientales, sanitarias y sociales, ignorar estas bases humanas es un riesgo. Un sistema que no reconoce cómo se sostiene es un sistema frágil.
La pregunta, entonces, no es retórica. ¿Quién sostiene la ciencia? La respuesta incomoda porque revela lo que el sistema aún no sabe cómo medir. Pero ahí está el punto de partida para transformarlo.
Al final, la pregunta no es solo quién produce conocimiento, sino quién lo hace posible. Porque la ciencia no solo necesita datos: necesita cuidado, colaboración y apoyo. Y reconocerlo es el primer paso para construir un sistema científico más justo, más eficiente y resiliente.
Fuente: oem.com.mx
