México necesita sembrar ciencia para cosechar soberanía
Luis Miguel Martínez Anzures
Investigador y docente de la UNAM y del INAP
El nuevo centro es impulsado por el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), una organización internacional sin fines de lucro
La inauguración del Centro de Capacitación Internacional en Tecnologías Agrícolas Sustentables (CIMCITI por sus siglas en español), en Tlaltizapán, Morelos, podría parecer, a primera vista, una noticia más dentro de la agenda del sector agropecuario. Sin embargo, su verdadero significado va mucho más allá de la apertura de una nueva instalación dedicada a la investigación y capacitación. En un mundo marcado por el cambio climático, la presión sobre los recursos hídricos, la volatilidad de los mercados, las tensiones geopolíticas y la transformación de las cadenas globales de suministro, la capacidad de un país para producir conocimiento agrícola se está convirtiendo en un componente de su seguridad económica y alimentaria.
El nuevo centro es impulsado por el Centro Internacional de Mejoramiento de Maíz y Trigo (CIMMYT), una organización internacional sin fines de lucro dedicada a la investigación científica y la capacitación agrícola para desarrollar variedades mejoradas de maíz y trigo. Su presencia en México tiene una larga trayectoria y constituye una plataforma de cooperación científica que vincula investigación, capacitación y trabajo directo con productores.
El nuevo centro de investigación parte de una premisa particularmente relevante: la ciencia no puede permanecer confinada a los laboratorios. Debe llegar al territorio, probarse en condiciones reales, adaptarse a las necesidades de los productores y convertirse en soluciones concretas. Para ello, el centro cuenta actualmente con 20 hectáreas destinadas a cultivos, tratamientos y experimentos, donde se desarrollan trabajos con maíces nativos, arroz, manejo del agua, sensores, tecnologías digitales y maquinaria apropiada para la pequeña agricultura.
Esta orientación es importante porque uno de los grandes desafíos de la política agroalimentaria mexicana consiste precisamente en cerrar la distancia entre investigación, política pública y productor. México cuenta con instituciones científicas y técnicas de larga trayectoria, pero el desafío contemporáneo ya no consiste únicamente en generar conocimiento, sino en lograr que ese conocimiento llegue oportunamente a quienes producen alimentos.
Ahí se encuentra uno de los principales valores del nuevo organismo científico: funcionar como un espacio de convergencia entre ciencia, gobierno, productores, universidades, cooperación internacional y sector privado. La colaboración con el Instituto Nacional de Investigaciones Forestales, Agrícolas y Pecuarias (INIFAP), por ejemplo, permitió evaluar durante 2026 un total de 126 materiales de arroz, de los cuales 123 líneas avanzadas fueron entregadas para continuar su mejoramiento genético y validación en regiones productoras.
La experiencia demuestra que la innovación agrícola no ocurre de manera aislada. Requiere capacidades institucionales, infraestructura, investigadores, técnicos, productores y continuidad presupuestal. También requiere algo que en ocasiones resulta más difícil: coordinación.
En este punto adquiere especial relevancia el papel de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER). Bajo la conducción de la maestra Columba López Gutiérrez, la dependencia federal ha planteado la necesidad de reducir la fragmentación institucional y construir una agenda articulada alrededor de los grandes desafíos del campo mexicano.
La relación con el CIMMYT debe entenderse precisamente desde esa lógica de cooperación. El CIMMYT no es un organismo gubernamental mexicano ni una dependencia de la SADER; es una organización internacional de investigación. Su fortaleza radica en la generación de conocimiento científico, el mejoramiento de cultivos, la capacitación y la vinculación con productores e instituciones de distintos países. La responsabilidad del Estado mexicano, por su parte, consiste en generar las condiciones institucionales y de política pública para que ese conocimiento pueda traducirse en soluciones aplicables a las necesidades nacionales.
Desde esta perspectiva, la SADER puede continuar fortaleciendo esta vinculación institucional para que el conocimiento generado y las experiencias desarrolladas en espacios como el Centro de investigación científica instalado en Morelos, contribuyan a impulsar la innovación y el desarrollo de la ciencia aplicada al campo mexicano.
La cuestión adquiere mayor relevancia ante el escenario climático. Sequías, temperaturas extremas, cambios en los patrones de precipitación, degradación de suelos y nuevas amenazas fitosanitarias están modificando las condiciones bajo las cuales se produce. La agricultura del futuro tendrá que responder simultáneamente a dos exigencias: producir más y hacerlo utilizando de manera más eficiente los recursos naturales.
México no está al margen de esta tendencia. La disponibilidad de agua comienza a determinar en distintas regiones qué cultivos pueden sostenerse y en qué condiciones. Al mismo tiempo, los productores enfrentan costos crecientes y una mayor exposición a perturbaciones internacionales. En este escenario, desarrollar semillas capaces de resistir sequías, calor o enfermedades deja de ser únicamente una cuestión de productividad agrícola: se convierte en una estrategia para reducir vulnerabilidades.
Aquí aparece la dimensión geopolítica
Durante décadas, la seguridad internacional se analizó principalmente desde la perspectiva militar, energética, financiera o territorial. Hoy es necesario incorporar con mayor claridad la seguridad alimentaria. Un país que depende excesivamente de cadenas externas para obtener alimentos, semillas, fertilizantes, tecnologías o insumos esenciales puede quedar expuesto a decisiones tomadas fuera de sus fronteras.
Eso no significa que México deba buscar una autosuficiencia absoluta. En una economía globalizada, la interdependencia comercial es una realidad y también puede representar oportunidades. El desafío consiste en que dicha interdependencia no se convierta en dependencia estratégica.
Por eso, contar con infraestructura científica capaz de desarrollar y adaptar soluciones tiene un valor geoestratégico. México posee una posición privilegiada: es una potencia agrícola regional, tiene una extraordinaria diversidad biológica y climática, forma parte de América del Norte y mantiene vínculos productivos y comerciales con América Latina y otros mercados.
El CIMCITI puede contribuir a aprovechar esa posición si consigue consolidarse no solamente como un centro de capacitación, sino como una plataforma regional de conocimiento agroalimentario. La presencia de participantes provenientes de Guatemala, Honduras, El Salvador y Colombia durante su inauguración apunta precisamente hacia esa posibilidad.
Incluso la cooperación internacional que acompaña al proyecto merece ser observada desde esta perspectiva. Durante la inauguración se informó sobre una aportación estadounidense de 40 millones de dólares para apoyar al CIMMYT. Más allá del monto, el dato evidencia que la investigación agrícola forma parte de una agenda internacional en la que la seguridad alimentaria, la innovación y la resiliencia productiva son asuntos de interés compartido.
Esto no debería interpretarse exclusivamente como dependencia tecnológica. La cooperación científica puede convertirse en una herramienta de política exterior cuando existe capacidad nacional para generar conocimiento, adaptarlo y compartirlo. México tiene la posibilidad de pasar de ser únicamente receptor de tecnología a convertirse también en generador y articulador de soluciones para otros países.
Pero para que eso ocurra será indispensable medir los resultados
La inauguración de infraestructura, por sí misma, no garantiza una transformación del campo. El verdadero indicador del éxito del CIMCITI tendrá que observarse con el tiempo: cuántos productores reciben capacitación, cuántas tecnologías llegan efectivamente a las parcelas, cuánto se reduce el consumo de agua, qué mejoras se obtienen en los suelos, qué variedades logran mayor resistencia, cuánto disminuyen los costos de producción y qué impacto económico tienen esas innovaciones sobre las familias rurales.
También será fundamental evitar la fragmentación institucional. El centro tendrá mayor impacto si sus resultados se incorporan a las políticas de SADER, INIFAP, SENASICA, gobiernos estatales, universidades y organizaciones de productores. La investigación debe convertirse en política pública y la política pública debe regresar al territorio para ser evaluada.
El reto, por tanto, no es únicamente producir más alimentos. Es producirlos con menor presión sobre el agua y los suelos, con mayor resiliencia climática y con mejores condiciones económicas para quienes trabajan en el campo.
En ese sentido, Tlaltizapán representa algo más que una nueva instalación de investigación agrícola. Puede convertirse en una pieza de una infraestructura científica nacional orientada a enfrentar una realidad que ya está modificando la economía internacional: los alimentos, el agua, las semillas y el conocimiento tecnológico son cada vez más elementos estratégicos.
México necesita entender esta transformación
En el siglo XXI, la soberanía alimentaria no dependerá exclusivamente de cuánto maíz, trigo, arroz o frijol pueda producir un país. También dependerá de su capacidad para anticipar riesgos, generar conocimiento, desarrollar tecnología, proteger sus recursos genéticos, formar capital humano y adaptar sus sistemas productivos a un entorno internacional cada vez más incierto.
Por ello, la verdadera trascendencia del centro de investigación alimentaria no estará determinada por la ceremonia de inauguración, sino por lo que México sea capaz de construir a partir de ella.
Si ciencia, productores e instituciones logran trabajar de manera coordinada, Tlaltizapán podría convertirse en algo más que un centro de capacitación: en un nodo estratégico de innovación agroalimentaria para México y América Latina.
Fuente: heraldodemexico.com.mx
