‘Me educaron con la idea de que la teoría literaria era como el demonio a combatir’: Christopher Domínguez Michael

Para Eduardo Milán, “la crítica, cuando funciona, y en el caso de Christopher, funciona así, es una práctica que genera tensión”

Christopher Domínguez Michael, miembro de El Colegio Nacional, no cuenta con estudios universitarios; sin embargo: “fui a la universidad con Octavio Paz y Eduardo Milán en la revista Vuelta”, aseguró durante la presentación del volumen El crítico sin estatua (Sauvage Atelier, 2025), celebrada en el Aula Mayor de la institución.

“En aquella época, a diferencia de ahora, la fuerza, el prestigio y la injerencia de la teoría literaria sobre la literatura era brutal. Ahora, quizás, el canon desapareció, pero no sé cuál situación sea peor: ahora que el canon está flotando por todos lados; o en los años ochenta, en que la literatura a secas estaba condenada a desaparecer por todas las variedades de teorías literarias. Entonces, a mí me educaron con la idea de que la teoría literaria era como el demonio a combatir”.

En un acto en el que estuvo acompañado por la escritora venezolana Gisela Kozak, el poeta uruguayo Eduardo Milán y el ensayista y poeta mexicano Pedro Mena, el colegiado confesó que, al paso de los años, “me hice crítico literario como pude”, lo que terminó por reflejarse en su ingreso a El Colegio Nacional, hace nueve años, pues “mi entrada fue muy cuestionada tanto por las feministas radicales, como por los teóricos de la literatura o los profesores que dan teoría literaria”.

“Ya no pienso lo mismo de la teoría que pensaba cuando estaba en Vuelta con Eduardo Milán, porque cuando entré a El Colegio Nacional y dijeron que no sabía nada de teoría literaria, yo dije: ‘sí, tienen razón, no sé tanto, debería saber más’. Y la mitad de los textos de El crítico sin estatua es leer teoría literaria ya cuando pasó la batalla, en la que creo que perdieron ellos. Entonces, ya no es lo mismo tratar con un enemigo beligerante y poderoso, que con uno que se ha ido retirando penosamente, como cito en el libro que me dijo Edgardo Cozarinski: la crítica literaria no existe, sólo existe cuando el profesor le está exponiendo”.

El volumen es una recopilación de los ensayos publicados por Domínguez Michael, dedicados a los críticos literarios, aparecidos lo mismo en suplementos culturales que en publicaciones como Letras Libres o Revista de la Universidad de México.

“Con la misma afabilidad con que leo a un crítico católico o a un crítico marxista — no soy marxista no soy católico—, pero Georg Lukács tiene cosas que decirme o los críticos católicos de la escuela de Ginebra, también. Y, bueno, algunos sí me parecieron que realmente no tienen mucho que agregar a la práctica de la lectura literaria, como Lacan”.

Sin embargo, el crítico literario confesó que sigue teniendo cierto amor culpable por Roland Barthes. “Creo que todos tenemos un ejemplar de Fragmentos de un discurso amoroso en el baño y lo leemos con el Playboy”, porque no es una lectura de juventud que sea fácil de renunciar a ella y menos a esta edad.

En su participación, recordó a Alejandro Rossi, quien no era partidario de la teoría literaria, aunque era un filósofo analítico muy al tanto de las novedades filosóficas, cuando le comentaba que de los pocos que entendieron lo que iba a ser el siglo XXI fueron de Gilles Deleuze y Félix Guatarri; “en efecto: yo que los leí relativamente poco con bastante inocencia y buena voluntad, desde luego que es una escritura llena de cosas para engañar a los franceses con pirotecnia y fuegos artificiales, pero sí tenían cosas que decir muy importantes sobre esta época que estamos viviendo”

“Entonces, ya no me definiría como me definía en los ochenta: un joven enemigo de la teoría literaria y, sobre todo, en la teoría literaria malbaratada por los profesores universitarios precisos, de aquí, de allá de acullá, en especial de Estados Unidos, sino considero que la teoría literaria es de uno más de los tipos de crítica literaria, que comete errores epistemológicos, en mi opinión, brutales, pero no por ello dejan tener opiniones valiosas de la literatura”.

Bajo esa perspectiva, Christopher Domínguez Michael destacó que no cree en la teoría literaria como la llave que explica la obra de arte, pero sí “que todos estos teóricos de la literatura, una vez que fueron derrotados o que se dieron cuenta que estaban equivocados, merecen cierta indulgencia”.

Un libro memorable

Hay muchos factores que vuelven al libro memorable, en palabras del poeta uruguayo Eduardo Milán. El primero porque, “para jugar un poco con el término”, la crítica está en crisis y, no solamente está en crisis: el ideograma chino de la palabra tiene dos figuras enfrentadas, una representa el concepto de cambio y la otra de peligro.

“En el siglo XVIII, con Lessing y su famoso discurso sobre la autonomía del arte, de 1756, si mal no recuerdo, se plantea el problema precisamente de la autonomía de una práctica de carácter humanista, que no tenía razón de ser como autónoma. En 1828, Hegel pronuncia en Frankfurt en sus lecciones de estética, el famoso discurso sobre la muerte o de la muerte del arte.

“Esos dos momentos son fundamentales para la crítica llamada moderna, de donde venimos los que practicamos esta manera o modo de lenguaje; lo que me interesa aquí no es tanto la defensa de la autonomía del arte o la crítica a la existencia del arte mismo, sino el discurso en los casos, porque en esos dos casos está el fundamento de nuestra práctica de la crítica de arte y de la crítica literaria actual”.

En una etapa en la que vivimos tiempos convulsos, el momento histórico está visto, desde un punto de vista negativo, como crítico. Y este tipo de agenciamiento de un tipo de discurso al calificativo de un estado del mundo, lo que hace es perturbar u oscurecer el propio significado de la crítica: “no es que el mundo se haya devaluado por la crítica, es que la crítica está devaluada”.

“Ejercer la crítica”, enfatizó el poeta uruguayo, “sobre todo si es la crítica literaria actualizada, desde el punto de vista de una historia puntual, no sólo de la crítica, sino también de la literatura, es algo memorable y eso es para mí El crítico sin estatua, el libro memorable de un crítico que para la lucidez de la literatura doblada sobre sí misma, es decir, del metalenguaje literario, cuando se ejerce con un rigor prácticamente implacable”.

Se trata la continuidad rigurosa, y no solamente como un catálogo de autores, del ejercicio de un modo de escritura, un ejercicio verbal que tiene una tradición anclada en los mayores o varios de los mayores pensadores occidentales.

“Creo que la crítica, cuando funciona, y en el caso de Christopher funciona así, es una práctica que genera tensión. La reflexión no es un modo de la siesta, es un modo de estar despierto y muy despierto”, agregó Eduardo Milán.

La escritora y editora venezolana, radicada en México, Gisela Kozak, recordó que fue Christopher Domínguez Michael quien la invitó a colaborar en la revista Letras Libres, a través de un mensaje por Facebook que ella, en un inicio, no terminaba por entender, al tiempo que estar en la presentación de El crítico sin estatua “significa recobrar mi condición de crítica literaria”.

“Durante 25 años fui profesora de teoría literaria, que es uno de sus enemigos más destacados, en lo cual no tengo más remedio que darle la razón, no porque no me gustara la teoría de la literatura, sino que jamás en la vida me olvidé de la literatura durante esta enorme cantidad de años que yo he estado en la docencia y en la escritura; pero de alguna manera, siendo profesora en el departamento de Teoría literaria de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, siempre estábamos en tensión discutiendo con los colegas sobre lo que está ocurriendo con la literatura”.

En la época en que le tocó participar en posgrados, ya Estados Unidos tenía el predominio en relación con los posgrados de literatura, ya no era Francia que, durante mucho tiempo lo había sido, ni España ni Reino Unido. Era Estados Unidos: el género teoría se había apoderado de las escuelas de letras y de los posgrados, hasta el punto de que la literatura empezó a retroceder dentro de ese ámbito amplio que podemos llamar el mundo de las letras, “evidentemente no es sólo literatura, pero en el que la literatura tenía un papel protagónico”.

“Mientras el género teoría estaba en pleno auge, algunos de nosotros, críticos literarios de la cultura, estábamos como en tensión con respecto a lo que estaba ocurriendo. Pero bueno, éramos demasiado pocos y estudios culturales se robó el show, para desgracia de la literatura, de la cultura, de la sociología y la antropología y el pensamiento, porque se trataba simple y llanamente de una lectura muy plana de carácter ideológico”.

Una lectura muy lejana a la que ofrece Christopher Domínguez en sus textos, resaltó, a partir de su vasta cultura “que lo hace sentir a uno minúsculo o minúscula o minúscule”, en el sentido de los temas que abarca y, al mismo tiempo, con una gran alegría por saber que esos nombres forman parte de una herencia común, “independientemente de que mis alumnos del doctorado de la Ibero no los conozcan”.

“Lo que hace Christopher es rescatar a todos estos críticos: a Cyrill Conolly, Bajtin o Barthes, nombres que trae siempre a colación, porque no dejan de centellar, como diría Peter Sloterdijk, precisamente porque todavía hay esa voluntad y uno no sabe si es así como el corrido tumbado ha regresado a manos de los jóvenes —creo que con menos encanto que el corrido de otra época—, uno nunca sabe cuándo Stendhal tumbado puede regresar, porque finalmente a la cultura popular siempre está pendiente de las referencias literarias, aunque ni siquiera lo sepa”, a decir de Kozak.

Fuente: El Colegio Nacional

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