La historia de toda lengua, como el español, es la historia de sus tradiciones verbales: Luis Fernando Lara
De acuerdo con el colegiado, las tradiciones cultas se reciben por la educación, mediante la lectura, la práctica de la escritura y la enseñanza escolar y universitaria; las tradiciones populares se constituyen a partir de la expresión espontánea de la vida diaria
Las tradiciones verbales populares en las diferentes regiones culturales de México todavía están por estudiarse. Urge llevarlo a cabo, porque el poderío del español nacional y del español internacional las está diluyendo, aseguró Luis Fernando Lara, miembro de El Colegio Nacional, al dictar la conferencia “Las tradiciones del hablar”, como parte del ciclo La educación y las culturas de la lengua.
En el Aula Mayor de la institución, el colegiado resaltó que las tradiciones verbales se aprenden desde niños, en el círculo familiar y entre amigos; se difunden igualmente como parte de la necesidad de los adolescentes de distinguirse del habla de los adultos y crear sus propias jergas de solidaridad y de identificación.
“Las jergas profesionales obedecen también a la necesidad inconsciente de distinguir al grupo y comprobar la asimilación de nuevos integrantes, que no sepa la jerga de un grupo, resulta ser un novato, se burlan de él, hasta que lo aprende”.
Estos fenómenos no son objeto de educación escolar universitaria, que se debe orientar a las tradiciones cultas. Precisamente porque las tradiciones verbales populares se diferencian de las tradiciones cultas, en todas las sociedades se produce una normatividad social: es decir, un juicio acerca de su propiedad en el hablar, medida respecto de la tradición culta y de la relación entre diferentes estamentos de la sociedad.
Sin embargo, su conocimiento por parte de maestros de escuela, padres de familia y adolescentes sirve para destacar sus cualidades lingüísticas y, a la vez, para que cada uno elija responsablemente su uso en el ámbito público, en particular, porque todos los seres humanos recibimos la lengua de nuestros padres, de nuestros antepasados.
“Una lengua es un flujo constante de conversaciones y de escritos; ese flujo se transmite, pero no con una colección desordenada de cualquier dicho o de cualquier escrito, sino como una selección de aquellas emisiones verbales que tienen sentido para la sociedad.
“Y por eso vale la pena conservar y aprovechar cuando le toca a uno decir o escribir algo para darse entender, para contribuir al entendimiento de aquello que interesa transmitir. Es así como se crean las tradiciones de la lengua, que llamo las tradiciones verbales, se crean en un lento y continuo proceso de selección de lo que han dicho los hablantes de la lengua en otros momentos, a lo largo de la historia y en el presente”.
Desde la perspectiva del catedrático e investigador del Colegio de México, suelen existir formas de las cosas que aprueban nuestros interlocutores, no sólo por su construcción gramatical y su vocabulario, sobre todo, por el entendimiento a que da en lugar, por la manera en que tejen su sentido y esas maneras de decir van constituyendo las tradiciones verbales: “la historia de toda lengua, como el español, es la historia de sus tradiciones verbales”.
“Entre nosotros, la normatividad social distingue un hablar que se califica como grosero, vulgar, pelado, naco, fresa y un hablar decente, bien educado, frente al hablar de la tradición culta. Se suele confundir la normatividad social y la normatividad lingüística: la normatividad de las reglas de ortografía o de la conjugación de los verbos es una normatividad lingüística. La normatividad social, en cambio, enjuicia el uso de la lengua respecto de la corrección culta y su adecuación a las diferencias y las relaciones sociales”.
Las dos formas de tradiciones verbales
A partir de ello, Luis Fernando Lara distingue dos tipos de tradiciones verbales que forman parte de nuestra vida cotidiana y que vale la pena comprender por el papel que juegan en la vida social: las cultas y las populares.
Las tradiciones cultas se reciben por la educación, mediante la lectura, la práctica de la escritura y la enseñanza escolar y universitaria. Obedecen a la valoración que hace la sociedad de los usos de la lengua en el entramado de su vida histórica, de su cultura literaria, de su vida política, jurídica, cultural y científica. En el caso del español se han venido construyendo a lo largo de poco más de 10 siglos en la literatura, la historia, la jurisprudencia, las ciencias, las técnicas, la filosofía, la religión, etcétera.
“Las tradiciones populares, por su parte, se constituyen a partir de la expresión espontánea de la vida diaria y de las relaciones grupales e individuales. Se transmiten, sobre todo, en la conversación, en los diálogos inmediatos, en las relaciones solidarias —y eso lo quiero resaltar: solidarias— que se produce en cada región de un país e, incluso, entre países, lo que sucede, por ejemplo, con la internacionalización del rap y de las jergas juveniles”.
Tradiciones que se encuentran en los pueblos, en las ciudades, en los barrios, como Tepito, pero además entre diversos grupos sociales, como los que popularmente se designan como hablar fresa; incluso, entre los grupos como los albañiles, los mecánicos de automóviles o los rateros.
Las tradiciones verbales populares tienen sus raíces en la misma historia de la lengua, al igual que las tradiciones cultas, a las que también nutren, aun cuando proceden de las prácticas espontáneas del hablar, se aclimatan en las culturas locales, de las que toman su variedad y su colorido; muchas de ellas tienden a desaparecer, sobre todo las de los jóvenes, para los cuales su valor de solidaridad se va a borrando conforme alcanzan la edad adulta.
“Es el caso del llamado lenguaje preparatoriano, que muchos de nosotros practicábamos en los años 60 y ahora ha dejado poquísimas huellas: el ‘mano’ lo ha sustituido el ‘güey’ en las generaciones actuales. En un país tan extenso como México, cuyas regiones culturales se comenzaron a formar entre los siglos XVI y XVIII, con aportes diferentes de las lenguas originarias y de las maneras en que se expandió la lengua española por ellas”.
Para establecer las diferencias dialectales por regiones culturales se requiere de mucha investigación, la cual no se ha desarrollado, destacó Luis Fernando Lara; sin que sea contradictorio con la historia de la formación de las tradiciones verbales populares en cada región mexicana, pues es un hecho que la expansión del español a partir de la conquista se produjo desde la Ciudad de México.
“El papel político de nuestra ciudad desde la época azteca, en especial a partir de la consolidación del Estado colonial y después del Estado independiente mexicano, tendió a expandir un español mexicano nacional, sustentado en la tradición culta hispánica y las tradiciones populares, andaluzas particularmente, sobrepuesto a las tradiciones verbales populares regionales”.
Desde entonces, la tradición culta nutre a la popular y ésta a la culta, como lo podemos comprobar en la historia de la literatura y del periodismo mexicano, de Carlos Fuentes a Armando Ramírez, de Fernando Benítez a Tomás Mojarro; por otro lado, durante cuatro siglos, las variedades regionales del español mexicano han conservado sus propias tradiciones verbales habladas, pero cada día más subyugadas por el español mexicano nacional.
“En especial”, afirmó Luis Fernando Lara, “desde que la radiodifusión nacional, el cine de las décadas de 1930 al 50, y la televisión fueron implantando una tradición hablada de la Ciudad de México que se convirtió en nacional y dio lugar a un sentimiento de identidad popular, asumida hoy por todos los mexicanos”.
De acuerdo con el también Premio Nacional de Ciencias y Artes 2013, entre los mejores ejemplos de tradiciones del hablar mexicanas a lo largo del tiempo están los dichos y los proverbios o refranes, y los piropos que todavía utilizamos y entendemos: muchos proverbios forman parte de una tradición verbal comunicada entre varias lenguas europeas que comparten la misma base cultural de occidente.
Pese a lo complejo que resultaría distinguir entre los dichos y los proverbios o refranes, ambos son manifestaciones de una sabiduría popular largamente conservada; así, un dicho es una locución como “estar armado hasta los dientes”, “no hay moros en la costa”, “dar gato por liebre”, que como tales se insertan en una oración
“En tanto que un refrán o proverbio es una unidad de sentido independiente, que manifiesta una valoración moral, por ejemplo, ‘el que a hierro mata, a hierro muere’, la cual viene a ser una conclusión moral de una noticia que se añade a una elaboración más amplia que una oración”.
Hoy día, la inserción de dichos y refranes en el hablar ha disminuido entre las generaciones más jóvenes, como resultado de una grave pérdida de la conversación familiar y entre amigos, sustituidas por el aislamiento y los monólogos que provoca el celular: “a la sabiduría popular la están destruyendo los influencers, pésimamente llamados entre nosotros, creadores de contenido, quienes son más bien exhibicionistas mentirosos e irresponsables.
“Otra tradición verbal es la del piropo. Cada día más proscrita por la mojigatería de la corrección política. El piropo es una pequeña y concisa expresión de admiración y deseo de los hombres hacia las mujeres, aunque también hay piropos de mujeres hacia los hombres; aquí algunos buenos ejemplos: ‘usted de azul y yo a su lado’, ‘no te duele la espalda de cargar tanta belleza’ o ‘algo pasa en el cielo que están cayendo Ángeles a la tierra’”.
Otras tradiciones verbales populares se caracterizan por una notable creatividad espontánea, basada en ciertas técnicas discursivas, es decir, patrones de construcción de la morfología de la palabra y de la estructura de la oración. Muchos de sus productos se generalizan, pero lo que hay que resaltar y valorar es su originalidad espontánea”, destacó Luis Fernando Lara.
Fuente: El Colegio Nacional
