La ciudad nos habla permanentemente, aunque muchas veces no la escuchamos como debíamos: Mario Luis Fuentes

La ciudad nos habla permanentemente, aunque muchas veces no la escuchamos como debíamos: Mario Luis Fuentes

Amneris Chaparro aseguró que existen muchas experiencias diferenciadas de vivir en la ciudad dependiendo de qué corporalidad eres y no sólo del género, sino también de la posición geográfica o de la clase social

A la ciudad hay que pensarla como un lenguaje, por ello hay que preguntarse cómo leemos las avenidas, las plazas públicas, los barrios, las entradas y salidas del metro o un puente peatonal: cada mañana, sin advertirlo, las señales urbanas que nos enciman nos ofrecen ciertos códigos de lectura, aseguró Mario Luis Fuentes, doctor en Ciencias Políticas y Sociales por la UNAM.

Al participar en la mesa “La inequidad”, como parte del ciclo La ciudad como escenario, coordinado por Felipe Leal, miembro de El Colegio Nacional, el coordinador del Seminario de Altos Estudios del Desarrollo en el Programa Universitario de Estudios del Desarrollo (PUED) de la UNAM comentó que así como hay calles que nos invitan a transitarlas, hay otras que nos dicen que debemos temerlas: “hay parques que nos invitan a caminarlos y otros en los que nos damos cuenta que no debemos acercarnos a ellos”.

“En ese sentido, también leemos que hay colonias y calles que significan riqueza, prestigio y otras que nos amenazan. De esa manera lo que quiero proponer es que la ciudad nos habla permanentemente, aunque muchas veces no estamos escuchando cómo debíamos”.

La ciudad no es sólo un conjunto de avenidas, de calles, de edificios o de casas: “la ciudad es un lenguaje” y sus avenidas forman frases, sus muros establecen límites, sus plazas construyen conversaciones, “las rejas nos generan silencios, los monumentos nos producen distintos reflejos de memorias o de recuerdos, mientras otros territorios simplemente los olvidamos”.

“Durante mucho tiempo concebimos el territorio como una superficie física, delimitada, pero ese espacio hoy debemos leerlo como una construcción social, como una construcción política en la que reinan los símbolos del poder. Sin duda, también es una construcción económica, porque hay lugares que nos dan cuenta de su riqueza y hay otra dimensión que igual debemos pensar: hoy, a través del uso de estos instrumentos llamados celulares, nos organizan por dónde podemos caminar, dónde debemos transitar y dónde podemos encontrar lo que deseamos”.

De acuerdo con el catedrático universitario, cuando hablamos de inequidades, con frecuencia, en especial si pensamos en indicadores como ingresos, acceso a servicios, transporte, conectividad, constituyen una radiografía objetiva de las profundas brechas que atraviesan a nuestra sociedad, en la que la ciudad dejó de ser una experiencia compartida, no se comparte la misma ciudad, el mismo territorio social.

“La desigualdad no consiste en tener ingresos diferentes, consiste en vivir tiempos diferentes. Hay algunos que dedican un par de horas a trasladarse, otros emplean tres o cuatro horas; otros caminan con tranquilidad. Otros calculan constantemente qué calle evitar, qué esquina no cruzar; hay algunos que piensan en las ciudades como una sucesión de tiendas, de parques, cafeterías, librerías. Otros la conocen a través de retenes, patrullas, lotes abandonados y transporte saturado, precario.

“Todos afirmamos que vivimos en una ciudad, pero esa afirmación es solamente geográfica, socialmente habitamos ciudades diferentes. Y esa diferencia termina por organizar nuestra existencia, porque el tiempo invertido en trasladarse deja de dedicarse a lo que más queremos, los cercanos. La distancia modifica las relaciones familiares, con frecuencia, la ciudad es la que termina evitándonos”.

Por eso, insistió Mario Luis Fuentes, las inequidades urbanas no permanecen en las calles, cruzan el interior de las casas y se instalan en las mesas familiares: la ciudad termina convirtiéndose en una inmensa fábrica de experiencias sociales. Producen confianza para unos, otros vivimos, viven o se dan cuenta del miedo; producen aislamiento y en otros producen encuentros.

Produce oportunidades, pero para muchos, abandono y, también, produce indiferencia. “Quizás esa sea la forma más silenciosa, más corrosiva de la inequidad: cuando dejamos de mirar a los otros, cuando la desigualdad o las inequidades dejan de escandalizar y comienzan a parecer naturales. Ese es el mayor riesgo de vivir en la ciudad como escenario de equidades”, resaltó.

El arquitecto Felipe Leal, coordinador del ciclo, explicó que la inequidad es uno de los problemas más graves que atraviesan la mayor parte de las ciudades del mundo, agudizadas en las ciudades latinoamericanas. La inequidad vista como la falta de equilibrio, imparcialidad o una desigualdad social y económica.

“La inequidad es una construcción histórica sobre cómo se organizan el poder y los recursos. Desde el surgimiento de las jerarquías, en las primeras civilizaciones, ha mutado de la servidumbre y el sistema de castas a profundas brechas económicas de clase, género y origen étnico que persisten hoy; incluso la contaminación del aire y de las aguas, al lado de la devastación del medio ambiente llevan la marca de la inequidad”.

En cualquier catástrofe, natural o provocada por la acción humana, explicó el colegiado, los primeros afectados suelen ser las personas más humildes, las que carecen de recursos para establecerse en lugares adecuados: ya que no disponen de los bienes necesarios, se tienen que resguardar en lugares inhóspitos, inadecuados y de riesgo.

“En las inundaciones tsunamis, ciclones o sequías figuran siempre como las primeras víctimas. La desigualdad urbana ya en términos de lo que nos toca y el espacio público se refleja en las dinámicas de poder y desigualdades sociales. El diseño Urbano y edificio establece quién tiene derecho a la ciudad y quién no, y no es que se establezca así, pero es implícito el cómo se habita en la ciudad”

ONU Hábitat ya había advertido que estas disparidades frenan el desarrollo social y humano, económico y cultural, limitando los derechos humanos básicos. En el contexto local, la desigualdad se materializa de forma muy concretas, como se ejemplifica no sólo en la dispersión urbana, sino en la movilidad, la distancia y el diseño del transporte entre zonas marginales, periféricas y los centros económicos, aumentan en el tiempo y costo de traslado.

Se trata de una configuración que fragmenta el territorio e impide el acceso equitativo a oportunidades laborales, educativas, de salud, recreativas y del descanso, una arquitectura hostil que también se manifiesta en el espacio público, con barreras físicas que son comunes en las calles y plazas que no están tratadas y que se diseñaron o se pensaron para la vida comunitaria, aun cuando en muchas ocasiones se encuentran con pavimentos rotos, con falta de árboles, con tuberías expuestas, “con una degradación física evidente”.

“Esto busca impedir que cierto tipo de personas descansen o que los jóvenes se apropien del entorno, ocultando con ello la vulnerabilidad social en lugar de resolverla, porque al no invitar a la comunidad a utilizarlas y convivir en estos espacios públicos, se presenta justamente la degradación y es cuando vemos muchos procesos de marginación”.

La ciudad y la diversidad

“Hay una dimensión de género importante cuando hablamos de vivir la ciudad o de vivir en la ciudad. Entonces quiero comenzar con una reflexión sobre las mujeres, las disidencias sexogénericas, y los varones que viven en las ciudades de manera diferenciada. Lo que nos da una mirada cruzada por el género y por los feminismos es pensar que, para el caso de muchas mujeres y muchas disidencias, la ciudad puede ser un espacio muy hostil”, aseveró la doctora Amneris Chaparro.

Para la directora del del Centro de Investigaciones y Estudios de Género de la Universidad Nacional Autónoma de México (CIEG-UNAM), en México tenemos una enorme aparatología conceptual y jurídica para hablar de casos específicos de violencia contra ciertas corporalidades en las calles y fuera de ellas, como es el acoso callejero, que ya es un término muy común.

La Ciudad de México, desde hace casi 20 años tiene una estrategia de división de espacios en el transporte, que ocurre en las estaciones del Metro y las estaciones del Metrobús, como una estrategia para enfrentar la violencia que sufren ciertas corporalidades, hasta convertirse en una política pública que no se ha revisado en dos décadas, si bien las mujeres, las disidencias, las personas vulnerables también crean estrategias.

“Existen muchas experiencias diferenciadas de vivir en la ciudad dependiendo de qué corporalidad eres y no sólo del género, sino también de la posición geográfica o de la clase social; hay una serie de elementos identitarios que informan buena parte de cómo vivimos y cómo nos vive la ciudad y cómo nos aproximamos a ella”.

De esta manera, destacó la investigadora universitaria, las mujeres, la disidencia sexogenérica y los varones tienen experiencias muy distintas al habitar la ciudad, “la premisa es que todos los espacios de la vida social se encuentran organizados a partir del género”, para lo cual debemos pensar en algún espacio cotidiano y no hay nada que se escape a las dinámicas del género.

“Vivimos en un mundo generizado. Así era antes de que llegáramos y es posible que así vaya a ser cuando ya no estemos en el mundo, porque está estructurado de esta manera, y lo que es muy interesante para los estudios de género, un campo de conocimiento relativamente nuevo a diferencia de otros, es que esta idea de que el mundo está generizado, se ha visto como una idea natural, ya sea que haya una explicación teológica, porque así lo dictan las Escrituras y los dioses, o ya sea que haya una explicación biológica, pues los cuerpos de las personas determinan su posicionamiento social”.

La doctora y maestra en teoría política por la Universidad de Essex señaló que se trata explicaciones comentadas de una manera que coloquial, pero que han corrido a lo largo de la historia de la humanidad para justificar las desigualdades entre hombres y mujeres, como si fueran desigualdades no sólo naturales, sino hasta inmejorables.

“Y el punto es que todas las personas somos diferentes, todas tenemos corporalidades diferentes, tenemos experiencias diferentes, pero eso no es lo importante, sino que cuando la diferencia de los cuerpos se convierta en un asunto ético y moral, que provoca accesos diferenciados a derechos, incluyendo el derecho a la ciudad, ahí tenemos un problema, porque estamos justificando una diferencia moral basada en una idea que no existe sobre una diferencia biológica”, enfatizó Amneris Chaparro.

En la mesa “La inequidad”, organizada como parte del ciclo La ciudad como escenario, Carlos Cruz, fundador de Cauce Ciudadano, una fundación centrada en el desarrollo de habilidades psicosociales (HpV) con el objetivo de disminuir las violencias que viven infancias, juventudes y mujeres en la Zona Oriente del Valle de México, se propuso reflexionar acerca del espacio en el que se construye las inequidades en términos de territorio.

“Eso me llevó a pensar en la descripción que hacía Víctor Hugo de la corte de los milagros, en Los miserables, el nombre dado en el imaginario parisino a ciertos espacios marginados, donde se concentraban pobreza, mendicidad, exclusión y personas expulsadas de la ciudad formal. La literatura, particularmente Víctor Hugo, convirtieron esa imagen en símbolo de una sociedad que escondía sus márgenes, aquello que el centro no quería mirar”.

Desde su perspectiva, la periferia es la moderna corte de los milagros de las desigualdades urbanas, no porque quienes vivan allí sean marginales por naturaleza, sino porque la ciudad fue construyendo lugares donde depositó aquello que no quería ver: cárceles, basureros, panteones, industrias contaminantes, vivienda precaria y enormes poblaciones trabajadoras alejadas del agua, del transporte digno, de los servicios y las oportunidades.

“El verdadero milagro no consiste en que las personas sobrevivan ahí. El milagro cotidiano es que, a pesar de la desigualdad territorial, construyen comunidad, familias, comercio, cultura, economía, sistemas financieros alternativos, solidaridad y ciudad. La periferia no nació periférica, fue perifericiada, la inequidad no solamente distribuye de manera desigual el dinero, distribuye también el tiempo, las distancias y los servicios públicos.

“Por eso mirar la periferia desde el derecho a la ciudad, significa invertir en la vieja lógica de la corte los milagros: no llevar a los pobres hacia donde la ciudad termina, si no llevar los derechos, infraestructura, la belleza, las oportunidades y centralidad hacia donde la ciudad históricamente los abandonó. Y aquí hay una idea todavía más fuerte, la periferia no es la orilla de la ciudad: es el lugar donde podemos explicar cómo se genera resiliencia en la ciudad”, explicó el activista.

A su parecer, la democracia no puede limitarse a permitir que quienes históricamente han tenido voz continúen conversando entre ellos, su verdadero bagaje consiste en construir instituciones capaces de incorporar también a quienes la desigualdad económica, territorial, educativa y cultural mantuvo durante generaciones en las periferias.

¿Por qué existe este momento en que la desigualdad deja de ser únicamente una diferencia económica y se convierte en una experiencia política?, se preguntó Carlos Cruz y dijo que cuando una persona descubre que trabaja en la ciudad, pero no la puede disfrutar, que la construye y no puede habitar lo que construye; sostiene sus servicios, pero pierde horas para llegar a ellos, “que obedece sus leyes pero pocas veces participa en su construcción, ahí comienza el problema democrático: ninguna sociedad puede expulsar indefinidamente a una parte de su población del ejercicio real de los derechos y esperar que esa exclusión carezca de consecuencias políticas”.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez

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