El polen es una fuente de información para conocer el pasado

Previo a la charla se inauguró la exposición La arqueología hoy, integrada por 45 carteles que conforman la memoria gráfica de sesiones dedicadas al devenir del ser humano

El polen es más que solo el causante de estornudos y ojos llorosos: estos granos microscópicos son una fuente de información importante, no sólo sobre el uso de las plantas, sino de la dieta humana, las prácticas agrícolas, el clima en el pasado y para reconstruir la vegetación que estuvo presente en un sitio a lo largo del tiempo, aseveró Samanta Cordero Villaloz, catedrática de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Al participar en la mesa “El pasado al microscopio: el polen en las investigaciones arqueológicas”, como parte del ciclo La arqueología hoy, bajo la coordinación de Leonardo López Luján, miembro de El Colegio Nacional, la investigadora se refirió al caso del análisis polínico del perfil San Pablo, el cual forma parte de una serie de investigaciones dentro del marco del proyecto Paisaje en transformación del postclásico a la colonia en el valle de Teotihuacán, a cargo de la doctora Emily McClung, cuyas principales líneas de investigación están orientadas a estudios de vegetación de suelos y análisis de documentos históricos.

El lugar se localiza la orilla de un río situado al noroeste de San Martín de las Pirámides, en el estado de México, a sólo 6 km al este de La Ciudadela de lo que hoy es el sitio arqueológico de Teotihuacán, el cual ofrece la posibilidad de brindar información relevante para entender la interacción entre las sociedades pasadas y su entorno, más allá del centro urbano de lo que fue la antigua ciudad; además, contribuye a la reconstrucción de la flora local y, de esta manera, también a la flora regional y, con ello, tener una visión mayor de lo que fue el paisaje al que se enfrentaron los habitantes de Teotihuacan.

Dentro de la zona donde se localiza el río, se eligió el perfil con la estratigrafía más completa para llevar a cabo la toma de muestras, las cuales fueron procesadas en el Laboratorio de paleoetnobotánica y paleoambiente, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, lo ayudó a obtener el material polínico para su posterior identificación en el microscópico: tomando en cuenta algunas de las características físicas, a lo largo del perfil se identificaron diferentes tipos de granos de polen, que representan, en su mayoría, el extracto arbóreo y en menor cantidad el no arbóreo.

De acuerdo con Samanta Cordero, dentro del extracto arbóreo algunas especies identificadas están el aliso y el arce, “elementos que son comunes en bosques propios de un clima templado y húmedo; otros elementos de árboles que se identificaron fueron el oyamel, el ciprés y el pino, del que actualmente no tiene ya una presencia significativa en la flora de Teotihuacán, y que algunos autores mencionan que pudo haberse encontrado en la cima de lo que era el Cerro Gordo”.

“En cuanto al polen del extracto no arbóreo, éste se encuentra conformado por plantas herbáceas de la familia poaceae, conocidas comúnmente como gramíneas y, principalmente, de la familia asteraceae, como el girasol, el crisantemo o la dalia; también encontramos nopales pertenecientes al género opuntia y granos que pueden ser representativos del amaranto del huazontle”, resaltó la investigadora.

La importancia del polen

El polen tiene que ver con la fecundación, con el ciclo reproductivo de las plantas, con algunas flores, siendo la paleoetnobotánica una de las principales actividades que se desarrollan en el Laboratorio de Paleoetnobotánica y Paleoambiente del Instituto de Investigaciones Antropológica de la UNAM, donde uno de sus principales objetos de estudio son aquellas plantas asociadas con hallazgos arqueológicos.

“¿Qué implica esto?”, se preguntó Emilio Ibarra López, investigador del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM: “pues que nos están dando la información directa de las plantas que estaban siendo utilizadas, aprovechadas, por las sociedades prehispánicas, incluso anteriores a ellas: si nos dicen que los mexicas tenían un gran consumo de maíz, o que ya lo conocían, o que lo habían domesticado, está muy bien, está en las fuentes históricas escritas, también la parte física es importante: la parte documental de objetos directos que se encuentra en sitios arqueológicos y eso lo vamos a rescatar por medio de los restos arqueológicos”.

En los restos microbotánicos hay tres categorías: el polen, los fitolitos —que son cristales, también microscópicos, no detectables a simple vista— y los restos de almidón. De esta manera, el polen no es la única estructura microscópica que se encuentra y se pueden estudiar otros elementos, explicó el especialista.

El ponen es un elemento microscópico: partículas muy pequeñitas cuyo tamaño varía entre 15 a 250 micras, quiere decir que son milésimas de milímetros; no se observa directamente el polen, es invisible al ojo humano, “a no ser que lo podamos observar por medio de la microscopía óptica o electrónica”.

“El polen es un elemento muy importante en la reproducción de las plantas con flores. Desde que la naturaleza, los provee de una capa de cerosa que emite su desecación rápidamente. Todo es lo que nosotros observamos, lo que consumimos o lo que compramos son estas capas de cera, el polen viene adentro, como empacado: insisto, es invisible, no lo podemos, ver a simple vista”.

Para obtener el polen, describe Emilio Ibarra López, se usan procesos como la flotación, cuando se trata de semillas u olotes, pero cuando se trata del polen, se realiza la extracción físico-química con reactivos y con instrumental especializado, lo que se hace exclusivamente en el laboratorio.

El polen se compone de dos partes principales, pero “a nosotros, arqueológicamente no nos interesa es la parte externa: estructuras que va a presentar el polen para trasladarse y polinizar otras plantas”.

Para analizar el polen del proyecto se realizó un análisis de paleoambiente, en este caso para obtener el polen que provenía de ahí se toman los rellenos arquitectónicos: sabemos que tienen esta intencionalidad, porque se trajeron de otro sitio, pero no se colocaron adrede en ellos, aseguró Laura Angélica Ortiz Tenorio, integrante del Proyecto Templo Mayor-INAH.

De esa forma se encontraron pinos frescos, polen de poaceae, o polen de quenopodios, lo que refleja cómo era la Cuenca en aquel entonces: un medioambiente totalmente distinto de la actualidad, donde los pinos habitaban, sobre todo, la zona de los de las montañas; las poaceaes y las amarantáceas, en cambio, crecían tanto en baldíos como en cultivos.

En la ofrenda 120 se encontraba al centro de un grupo de ofrendas, es decir, forma, el centro de un quincunce en este caso, lo que se habla es del centro a donde los dioses están siendo llamados, donde está sucediendo toda la cuestión ritual.

Al interior, los arqueólogos encontraron el esqueleto de un lobo ataviado como guerrero, con su falda de caracoles oliva, esqueletos de águilas, cuchillos de pedernal cascabeles copal, una olla Tláloc: “es decir, una ofrenda muy rica en la cual se hallaron semillas, lo que arrojó resultados muy interesantes”.

Todas las flores que fueron encontradas en el interior de esta ofrenda ya eran conocidas en época prehispánica, lo que se sabe por las fuentes de códices coloniales, como fue el caso del ocote. “Y sabemos que el ocote se utilizaba, entre otras cosas, en cuestiones medicinales para tratar el dolor de cabeza de los gobernantes fatigados por gobernar; como sabemos, es una planta muy olorosa y se utilizaba para quemar y traer un olor agradable”.

En el tema de la guayaba, que no es originaria del Valle de México, no se sabe si la trajeron los insectos o hubo intervención humana, que las tuvieran en jardines botánicos, una duda que se tendría que replantear en los estudios y, “cabe señalar que, en cuestión etnográfica, todas estas se han señalado que se utilizan por los totonacas para abrir el camino de muchos espíritus durante la Semana Santa, por el olor que tienen”.

A decir de Laura Angélica Ortiz, no nos basta con decir de qué flores se trata, se necesita “saber qué hacían estas flores, porque están en una ofrenda, por qué estaban ahí, a qué están respondiendo. No puede ser simple y sencillamente: ‘¡ay, qué bonito!’. En este caso, todo el contexto de la ofrenda nos remitía a la guerra. Se interpreta como una ofrenda relacionada a un guerrero”.

Leonardo López Luján, coordinador del ciclo, resaltó el panorama ofrecido por los especialistas acerca de la enorme utilidad del polen, de estos microrrestos botánicos, para conocer el ambiente del pasado o los diversos ambientes que se sucedieron en el pasado y, por otro lado, para conocer cómo los seres humanos, nuestros ancestros, se valieron de las plantas para sus actividades económicas religiosas y de todo tipo.

“La perspectiva que ofrece la paleoetnobotánica contribuye al estudio y la identificación de las plantas que se depositaron en los contextos arqueológicos, algunas de manera natural, no intencional, y otras de manera intencional por parte de los seres humanos, en el caso del Templo Mayor, para realizar una importante serie de rituales”.

Previo a la mesa se inauguró la exposición La arqueología hoy, integrada por 45 carteles que conforman la memoria gráfica de sesiones dedicadas al devenir del ser humano, desde las más remotas bandas de cazadores-recolectores hasta los grupos indígenas de la actualidad, con lo cual los carteles seleccionados reflejan énfasis en las sociedades que conformaron el territorio mesoamericano.”

Fuente: El Colegio Nacional

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