El español predominó en todo el territorio nacional, a pesar de que las lenguas indígenas han resistido durante siglos: Francisco Segovia

El español predominó en todo el territorio nacional, a pesar de que las lenguas indígenas han resistido durante siglos: Francisco Segovia

Expuso que, como la labor del poeta, el acto de traducir es un acto de amor que busca compartir lo otro

Si bien la interpretación de una lengua a otra jugó un papel importante durante la Conquista, los primeros intérpretes aprendieron desde la esclavitud. “Julianillo, Melchorejo, Aguilar y Malintzin aprendieron la segunda lengua, y hasta la tercera, como esclavos. En este caso el bilingüismo no representa una virtud de gente acomodada y culta, sino una condición de la derrota y el despojo”, sostuvo el poeta y traductor Francisco Segovia.

También lexicógrafo, Segovia dictó la conferencia “Las tradiciones de la escritura I. La traducción: escritura en dos lenguas” como parte del ciclo La educación y las culturas de la lengua, que coordina el lingüista Luis Fernando Lara, miembro de El Colegio Nacional.

En el Aula Mayor de la institución, el poeta expuso que traducir de una lengua a otra supone un conocimiento profundo de ambas lenguas y de ambas culturas a las que pertenecen, por lo que resulta necesario comprender en qué consiste ese encuentro de culturas y lenguas, y el valor que tiene para la educación.

En la época de Conquista, explicó, el bilingüismo se dio principalmente entre los pueblos indios. “Hubo unos cuantos españoles, en especial sacerdotes y frailes, que aprendieron alguna lengua americana, pero sigue siendo cierto que la mayoría de los nahuas aprendieron el castellano sin que una mínima parte de los españoles aprendiera el náhuatl, cosa que acaso prefigura el estado actual de la cuestión”.

Segovia recordó el episodio de los marineros españoles Gonzalo Guerrero y Jerónimo de Aguilar, quienes naufragaron en las costas mayas junto con un puñado de otros españoles en 1511. Cuando Cortés atracó en Cozumel, ocho años después, “ambos habían tenido tiempo suficiente para aprender bien la lengua maya, que hasta ese momento sólo había sido traducida al español al balbuciente de dos indios llamados Julianillo y Melchorejo, que habían sido capturados en Cabo Catoche en 1517 y que tras vivir un tiempo en Cuba ahora viajaban con Cortés”.

“Guerrero eligió quedarse al lado de su familia (después de casarse con una princesa maya). En cambio, Aguilar volvió a la compañía de sus antiguos compatriotas y sirvió como intérprete en los primeros años de la conquista, hasta que aprendió el castellano Malintzin, también llamada Malinche, Malinalli o doña Marina. Antes de eso, ella hablaba su lengua materna, el náhuatl, además de la maya que aprendió como esclava de Tabscoob, cacique de Tabasco”.

De esta manera, Cortés se comunicaba con los nahuas mediante dos intérpretes: “Él hablaba en castellano, Guillermo de Aguilar lo traducía al maya y Malintzin del maya al náhuatl, o al revés, si el que hablaba era un nahua. Cuando ella aprendió castellano, los servicios de Aguilar resultaron redundantes y fue despedido como intérprete, aunque no como soldado”.

Además de que la interpretación de una lengua a otra inició en América entre indígenas esclavos, agregó, “el papel de los intérpretes indios era justamente ese: el de intérpretes, más que el de traductores. Aunque queda claro que ambos oficios caben en la gran categoría de la interpretación, aquí se entiende interpretar como traducir de viva voz lo que alguien dice en el momento en que lo dice, en presencia tanto del que habla como del que escucha”.

Traducir, expuso, “significa normalmente trasladar de una lengua a otra un escrito, cosa que puede hacerse en cualquier momento y en ausencia tanto del autor como del lector. En resumen, la traducción se hace a solas y por escrito, mientras que la interpretación se hace en vivo y oralmente. Por eso parece tan apropiado que los españoles llamaran lenguas a sus intérpretes, no sólo porque supieran dos o más lenguas, sino porque la lengua de su boca era su instrumento principal”.

Así, frente al dominio del conquistador, el español también acabó predominando en todo el territorio nacional sobre las lenguas indígenas y, “a pesar de que han resistido durante siglos, no han dejado de menguar”.

Abrazar la tradición propia

Luego de exponer casos donde la traducción resulta falsa, peligrosa o errónea, Francisco Segovia se refirió a la noción que plantea el lingüista Luis Fernando Lara, miembro de El Colegio Nacional, respecto a la sustitución de la noción de norma por la de tradición lingüística, para deducir que, ante todo, “una traducción es una costumbre socialmente valorada”.

De esta manera, “cuando los mexicanos decimos banqueta en vez de acera como los españoles, o vereda como los argentinos, no estamos aplicando una regla que nos obligue a hacerlo, estamos eligiendo abrazar la tradición de nuestro país, donde está mejor decir banqueta que acera”.

Para Segovia, “quien no reflexiona sobre su propia lengua no puede ser un buen traductor, ni un buen corrector de estilo, ni un buen maestro de español. Que la lengua cambie a menudo perpetuando errores no significa que mientras aún se consideren tales puedan permitírselos los escritores, los traductores, correctores, periodistas, publicistas, etcétera”.

Pero advirtió que “no es fácil el oficio de traductor y es poco agradecido. En general, los lectores recuerdan a los autores de los libros que leen, pero no a sus traductores”, a pesar de que existen casos en los que el traductor supera al autor.

“¿Alguien se acuerda de los nombres de quienes tradujeron los primeros libros que leyó? No muchos, ¿verdad? Pero si ya es bastante difícil que los lectores reconozcan la labor de los traductores, resulta casi inaudito que un autor alabe la traducción de una obra suya, aunque se han dado casos”.

Es el caso de El cementerio marino (1920), traducido por Jorge Guillén, de cuya versión Paul Dalery dijo: “me adoro en español”. Un caso similar es el de Marcel Bataillon, quien señaló, a propósito de la traducción de su Erasmo y España (1966): “a quien más debe la segunda edición de este libro es al traductor Antonio Alatorre, quien fue miembro de El Colegio Nacional”.

Según Bataillon, Alatorre no se contentó “con contribuir valiosamente al acopio de datos destinados a poner las notas al día, con mejorar esta obra. Alatorre ha superado al propio autor en conocimiento de su libro”.

En suma, agregó el poeta, “traducir es humano, quizá lo más humano que hay: cruzar la frontera entre una lengua y otra, y entre una cultura y otra. Pero ojo, cruzar la frontera, no quedarse en ella, en esa especie de limbo donde las aguas entran en contacto como el flujo y el reflujo del mar sobre la arena de una playa”.

El traductor, además, “no es sólo un lector cuidadoso, es también un lector interesado, apasionado, deseante” y, como el poeta, también teje una red para atrapar palabras y sentidos: “También el traductor debe tejer su red, pero él sabe de antemano qué tan apretada debe hacerla, pues tiene ante los ojos un original y sabe de qué tamaño habrá de ser su pesca”.

“En cualquier caso, lo sorprendente es que, mirando la pesca que el escritor entrega a los suyos allá, del otro lado de su lengua, a él le parezca que esos peces hacen falta acá, de este lado, y quisiera que los suyos, y quiera que también los suyos también los tengan. Si no literalmente los mismos que el autor pescó en su mar, al menos otros equivalentes a aquellos, pero pescados en este mar de acá, que es su propia lengua”.

Así, para Segovia, traducir es un acto de amor: “El traductor quiere llenar el hueco que la obra de su autor abre como una herida en su propia lengua, en su cultura. En su caso, se ve a las claras que el deseo de llenar el hueco es deseo de palabras, deseo de sentido, pero también deseo del otro, de lo otro, cosa que creo no sentirán jamás las pobres y sensibles computadoras. Pues como decía Platón, ‘sólo el amor llena el hueco’”.

Fuente: El Colegio Nacional

Alberto Vazquez

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