Drones bajo el hielo

Muy por debajo de la superficie brillante y lisa de las plataformas de hielo de la Antártida, existe un paisaje oscuro que no se parece a ningún otro en la Tierra, donde terrazas y cañones invertidos penetran hasta muy arriba en el hielo. Alimentadas por los glaciares situados en tierra firme, estas cornisas de hielo gigantes emergen en las frías aguas del océano Antártico. A principios de este año, una flota de siete robots submarinos desarrollados por la Universidad de Washington partió hacia ese mundo en una arriesgada misión. Su objetivo: ayudar a pronosticar el aumento del nivel del mar mediante observaciones directas de la fusión de este paisaje oculto y vuelto del revés, donde se mezclan capas de agua templada y fría.

“Sabemos desde hace unos cuarenta años que las plataformas de hielo son intrínsecamente inestables”, explica Knut Christianson, glaciólogo de la misión y uno de los responsables de la iniciativa Future of Ice (“El futuro del hielo”), de la Universidad de Washington. “Sin embargo, no entendemos realmente la variabilidad de estos sistemas, y menos aún cómo reaccionan ante una perturbación externa importante, como el aumento de la temperatura del mar.”

Hasta ahora, los científicos habían tratado de explorar la parte inferior de las plataformas de hielo perforándola o enviando submarinos robóticos en viajes cortos por debajo de ellas. Pero estos esfuerzos se han limitado a áreas pequeñas y a períodos breves, y han ofrecido instantáneas que no reflejan necesariamente el comportamiento global del sistema de hielo y agua, señala Christianson.

El nuevo equipo de máquinas exploradoras consta de tres vehículos robóticos autopropulsados, bautizados como Seagliders (“planeadores marinos”), acompañados de cuatro flotadores que navegan a la deriva. Los drones contienen instrumentos para medir la temperatura, la presión, la turbulencia y el oxígeno disuelto. Cada uno de los Seagliders, con un coste de unos 100.000 dólares, seguirá una ruta de varias semanas por debajo y alrededor de las plataformas de hielo antes de regresar. Estos robots nadan ajustando su flotabilidad y sus alas para deslizarse lentamente en una dirección programada. Los flotadores, en cambio, con un precio de unos 30.000 dólares, están a merced de las corrientes oceánicas: solo pueden regular su flotabilidad para subir o hundirse.

Si un robot explorador o uno de los flotadores asciende por una grieta o queda atrapado bajo una de las terrazas, no dispondrá de plan de escape ni de medios para pedir ayuda. “Es muy arriesgado”, reconoce Mick West, ingeniero del Instituto de Tecnología de Georgia que no participó en el trabajo de la Universidad de Washington, pero que, en 2015, liberó un robot amarrado a través de la plataforma de Ross.

Si se pierden algunos drones, los miembros del equipo planean regresar en 2019 para recuperarlos. En caso de no encontrarlos, los aparatos cuentan con batería suficiente para funcionar durante un año más, y cualquiera que apareciese más tarde podría ser rescatado por otros investigadores y devuelto a sus dueños. Pero, mucho antes de eso, Christianson espera poder utilizar los datos que obtenga esta flota submarina para mejorar los modelos globales de aumento del nivel del mar.

Fuente: Investigación y Ciencia

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