La ciencia ya puede guardar los olores preferidos de tu vida (y de la Historia)

El olor a pan tostado en las meriendas de tu infancia, el de la salitre en un amanecer frente al mar junto al amor de tu juventud, la fragancia a eucaliptos en un paseo junto a tu abuelo… Nuestro inconsciente, aunque no lo creas, atesora en algún punto los olores que han marcado nuestras vidas. Están los placenteros, que remontan directamente a los momentos más felices, y también están los ‘otros’, esos menos agradables que tiene que ver con experiencias tal vez traumáticas o negativas.

Está por demás comprobado (y escrito hasta el hartazgo en estudios y publicaciones científicas) que el olfato es el sentido más poderoso que poseemos a la hora de recordar y evocar memorias de nuestras vidas. Es muy superior incluso al de la vista, en el caso de que observes fotografías viejas, y al del oído (si escuchas, por ejemplo, canciones de cuna o de la época en la que eras adolescente).

Lo dicho, nada hay como el olfato a la hora de ‘retornar’ a determinados pasajes de nuestra existencia, cuando percibimos ‘algo’ en el aire con el que inmediatamente asociamos vivencias pasadas. Desde el rigor científico, a esta percepción se la denomina ‘memoria olfativa’. Es capaz de transportarnos a cualquier momento o lugar en apenas unas décimas de segundo.

La posibilidad de atesorar los olores felices de tu vida

Pero de la poesía y el ‘romanticismo’ de nuestros recuerdos (a través de olores) a la práctica, la ciencia tenía un enorme desafío pendiente: ¿cómo poder atesorar esos olores que nos marcaron para siempre a través del transcurso del tiempo?

Pues bien, una investigadora del University College de Londres ha comenzado a saldar esta cuenta pendiente. Se llama Cecilia Bembibre y su labor científica bien podría darle un Nobel, una vez que consume del todo su revolucionario proyecto. Esta mujer ha comenzado una realizar un increíble experimento para capturar, guardar y confeccionar un catálogo de olores para conservar el aroma del pasado y ponerlo a disposición del público. En definitiva, busca guardar los olores preferidos de nuestras vidas, pero de una manera ‘tangible’.

Como primer paso, su titánica labor requiere de alta pericia en conocimientos químicos, en la manipulación de instrumentos de alta tecnología y, principalmente, una paciencia y persistencia que realmente resultan loables. Hasta ahora, la primera fase de la investigación consiste en que Bembibre y su equipo de asesores del University College de Londres ‘almacenen’ olores de sitios emblemáticos de la Historia de Gran Bretaña.

Monasterios célebres, bibliotecas tan añejas como icónicas, palacios y castillos, museos… Los científicos liderados por esta mujer ya han comenzado a ‘guardar’ olores como el de la ‘Knole House’ (una famosísima propiedad inglesa que está habitada por los mismos descendientes de la familia desde que fue construida en el siglo XV). También, entre otros, los de la Biblioteca de la Catedral londinense de Saint Paul y los aposentos principales del castillo de Lindisfarne, que custodia desde el siglo XVI una isla en el condado de Northumberland, en la frontera entre Inglaterra y Escocia.

¿Cómo lo hacen? El equipo de científicos utiliza diversos métodos. Uno consiste en colocar dentro de una campana limpia y sellada determinados objetos representativos del lugar. Esa campana tiene una válvula en la que se inserta una fibra de carbono absorbente que recoge cada uno de los componentes químicos de su interior. Otro método utilizado es el de colocar una especie de esponja de carbono o bolsa en un lugar concreto y dejar que absorba los olores cercanos. Después recrean el olor en base a los componentes químicos.

Para completar el trabajo, Bembibre, especializada en el área del Instituto para el Patrimonio Sostenible de la UCL,  (quien recientemente ha finalizado una formación de doctorado en análisis químico y sensorial) se ha asociado a Odournet SL, compañía de la industria química que la acompaña en el proyecto denominado ‘Smells of History’.

Olores como interpretación del pasado

La propiedad ‘Knole House de National Trust’ fue el primer edificio emblemático del que la científica consiguió ‘guardar’ los olores. Según explica en su página web, “la combinación de la química analítica (en términos técnicos denomina a las muestras procesadas como ‘Cromatografía de Tiempo de Vuelo y Espectrometría de Masa’) y la nariz humana (la llama ‘vía GC-sniffing’) permite la caracterización más sofisticada de los olores, ayudándonos a entender la información que esos olores transportan y cómo pueden impactar en nuestra interpretación del pasado”.

En realidad, según explican los investigadores del University College de Londres (UCL) no se trata de ‘archivar’ olores emblemáticos, sino de reproducirlos a través de componentes químicos y orgánicos, mediante el proceso explicado, que consiste primero en desmenuzar los elementos sensitivos de un objeto en un lugar concreto.

Por ejemplo, en la inmensa biblioteca de la Catedral londinense de Saint Paul, que huele inevitablemente a añejo con ese olor tan característico del papel y los volúmenes de hace siglos, los expertos han tomado muestras de libros y desglosado sus componentes mediante fibras de carbono.

Una vez obtenida la ‘fórmula’ con los ‘ingredientes’ de determinadas cosas (pueden ser muebles, utensilios, adornos, marcos de cuadros, etcétera) ellos se encargan de ‘recrear’ con productos químicos esos ambientes. Las fórmulas con las dosis exactas de cada elemento pueden perdurar o volver a ‘elaborarse’ cuando lo consideren. De este modo, puedes volver a percibir cuando quieras olores que te remontan a determinados lugares, tiempo y recuerdos.

Aquí reside finalmente lo más importante del desafío de los investigadores. Una vez concretado este paso, la ciencia se abre ante un infinito abanico de posibilidades: poder guardar los olores preferidos de nuestras vidas.

Mirando a ese horizonte se encuentran ahora los técnicos y especialistas. Entonces no solo los olores de los archivos que guardan documentos históricos, de museos que albergan joyas artísticas, y de pinacotecas que exponen cuadros pasarán a formar parte de un ‘inmenso banco de olores’ en el futuro no tan lejano. Del mismo también podrían formar parte el olor a cuero de los asientos de tu primer coche y hasta el del césped mientras tu padre lo cortaba en el jardín de tu casa, mientras tú jugabas de niño, feliz, con tus hermanos. ¿Por qué no?

Fuente: Diego Caldentey / lainformacion.com 

 

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