Investigadores prueban un ‘interruptor’ genético capaz de reducir el dolor sin crear adicción

El nuevo enfoque se centra únicamente en las señales de dolor y deja intacto el resto del cerebro

Una terapia genética en fase preclínica acaba de dar un golpe sobre la mesa: apunta a los centros del dolor en el cerebro y, a la vez, busca esquivar el gran peligro de muchos analgésicos potentes, la adicción. El hallazgo abre una puerta que hasta hace poco parecía cerrada para millones de personas con dolor crónico.

El dolor persistente se vive como un ruido constante que no se apaga. Los opioides, como la morfina, pueden “bajar el volumen”, pero no solo tocan el circuito del dolor: también alteran otras zonas del cerebro. Ahí aparecen efectos secundarios graves y el riesgo de dependencia.

Ahora, un equipo de la Facultad de Medicina y la Facultad de Enfermería Perelman de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos), junto con colaboradores de la Universidad Carnegie Mellon y la Universidad de Stanford, describe en Nature una estrategia distinta. La idea suena simple y potente: reducir solo la “emisora” del dolor y dejar el resto intacto.

Un enfoque quirúrgico para el dolor en el cerebro

La nueva terapia genética potencial se plantea como un control de volumen mucho más preciso que los opioides tradicionales. En lugar de amortiguar el sistema nervioso en general, busca actuar con puntería sobre los circuitos que procesan el dolor en el cerebro.

«El objetivo era reducir el dolor y, al mismo tiempo, disminuir o eliminar el riesgo de adicción y los efectos secundarios peligrosos –explica el doctor Gregory Corder, coautor principal y profesor adjunto de Psiquiatría y Neurociencia en Penn–. Al actuar sobre los circuitos cerebrales precisos sobre los que actúa la morfina, creemos que este es un primer paso para ofrecer un nuevo alivio a las personas cuyas vidas se ven trastocadas por el dolor crónico».

Morfina: alivio real, riesgo real

La morfina sigue siendo una referencia cuando el dolor aprieta. Pero también arrastra un problema conocido: es un narcótico derivado del opio con alto potencial de abuso. Con el tiempo, puede aparecer tolerancia, y entonces se necesitan dosis cada vez mayores para lograr el mismo efecto.

Ese aumento de dosis no es un detalle menor. En la práctica, eleva el riesgo de efectos adversos y de dependencia, y complica el tratamiento en pacientes que ya conviven con un desgaste físico y emocional importante.

IA y mapas celulares para ajustar la dosis

Para entender con exactitud qué hace la morfina en el cerebro, el equipo utilizó imágenes de células cerebrales que funcionan como rastreadores del dolor. Ese trabajo permitió afinar la visión sobre cómo se reduce el sufrimiento a nivel neuronal.

Con ese punto de partida, se creó una plataforma conductual en un modelo de ratón impulsada por inteligencia artificial. El sistema sigue comportamientos naturales, traduce esos datos en una lectura del nivel de dolor y ayuda a estimar cuánta intervención hace falta para aliviarlo.

Ese “mapa” guio el diseño de una terapia génica dirigida que intenta copiar los beneficios de la morfina sin activar lo que alimenta la adicción. Además, incorpora un «interruptor de desactivación» específico para el dolor cerebral: al activarse, ofrecería un alivio duradero sin apagar la sensibilidad normal ni encender las vías de recompensa.

«Hasta donde sabemos, esto representa la primera terapia génica del mundo dirigida al sistema nervioso central para el dolor y un modelo concreto para una medicina del dolor no adictiva y específica para cada circuito», resalta Corder.

Aliviar el dolor sin alimentar la crisis de opioides

Detrás de estos resultados hay más de seis años de trabajo, impulsados por un Premio Nuevo Innovador de los Institutos Nacionales de Salud. El objetivo de fondo: desentrañar los mecanismos del dolor crónico y abrir alternativas que no agraven otros problemas de salud pública.

Los datos que rodean a los opioides añaden presión a cualquier avance. En 2019 se atribuyeron 600.000 muertes al consumo de drogas, y el 80 % estuvo relacionado con opioides. En una encuesta de Pew de 2025, casi la mitad de los habitantes de Filadelfia que respondieron dijeron conocer a alguien con trastorno por consumo de opioides (TUO), y un tercio afirmó conocer a alguien que falleció por sobredosis.

El dolor crónico, descrito a menudo como una “epidemia silenciosa”, afecta a aproximadamente 50 millones de estadounidenses. El coste anual supera los 635 millones de dólares al sumar gastos médicos directos y costes indirectos por pérdida de productividad, como ausencias laborales y menor capacidad de generar ingresos.

El mensaje es claro: si los resultados se confirman con más pruebas y llegan a ensayos clínicos, podría aparecer una forma de “silenciar el ruido” sin pagar el peaje de la adicción.

El siguiente salto hacia ensayos clínicos

La investigación ya mira a la siguiente etapa. El equipo trabaja con Michael Platt, profesor de la Universidad James S. Riepe, profesor de Neurociencia, profesor de Psicología, para empujar el proyecto como puente hacia futuros ensayos clínicos.

«El camino desde el descubrimiento hasta la implementación es largo, y este representa un primer paso importante –afirma Platt–. Como científico y familiar de personas afectadas por dolor crónico, el potencial de aliviar el sufrimiento sin agravar la crisis de opioides es emocionante».

Fuente: andaluciainformacion.es

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