Estudio revela que los árboles de Josué absorben CO₂ de noche, aumentando su tolerancia al calor extremo.
- Árbol icónico del desierto, futuro incierto.
- Estrés hídrico creciente, menos plántulas.
- Fotosíntesis nocturna como ventaja oculta.
- Adaptación desigual entre poblaciones.
- Conservación basada en fisiología real.
Los árboles de Josué tienen un truco oculto para sobrevivir al cambio climático
Los árboles de Josué del desierto de Mojave parecen inmutables, casi fuera del tiempo. Sin embargo, esa imagen engaña. A pesar de estar biológicamente preparados para el calor extremo y la escasez de agua, cada vez muestran más signos de vulnerabilidad. Las temperaturas medias aumentan, los periodos secos se alargan y, sobre todo, cada vez menos ejemplares jóvenes logran sobrevivir sus primeros años. La distribución natural de la especie empieza a encogerse, poco a poco, pero de forma persistente.
Un estudio reciente liderado por un equipo multidisciplinar en el que participa la ecóloga Karolina Heyduk, de la Universidad de Connecticut, plantea una pregunta clave: ¿hasta qué punto los árboles de Josué pueden adaptarse fisiológicamente a un clima que cambia más rápido que su propio ciclo vital? La respuesta apunta a un mecanismo poco visible, pero crucial: la forma en que respiran y fijan carbono cuando cae la noche.
Los árboles de Josué en un clima cada vez más cálido
En la mayoría de las plantas, la fotosíntesis ocurre durante el día. Abren sus estomas para captar dióxido de carbono, pero pagan un precio alto: pierden agua justo cuando el sol aprieta más. En ecosistemas áridos, ese intercambio es un riesgo constante.
Algunas especies desérticas han desarrollado una estrategia distinta, conocida como metabolismo ácido de las crasuláceas (CAM). En lugar de abrir los estomas de día, lo hacen por la noche, cuando la temperatura baja y la evaporación es menor. El CO₂ se almacena temporalmente y se utiliza horas después, con luz, para producir azúcares. Un pequeño cambio de horario, grandes consecuencias.
El equipo de Heyduk encontró indicios claros de que los árboles de Josué también recurren a este “turno nocturno”, al menos de forma parcial. No es un CAM extremo como el de los cactus, pero sí suficiente para reducir pérdidas de agua en momentos críticos. Una buena noticia, aunque no definitiva.
Jardines comunes, hallazgos poco comunes
Para comprobar si todos los árboles de Josué responden igual o si algunas poblaciones están mejor preparadas que otras, los investigadores recurrieron a un enfoque clásico pero potente: los jardines comunes. Cultivaron plántulas procedentes de distintas zonas del desierto, incluyendo las dos especies reconocidas, Yucca brevifolia y Yucca jaegeriana, bajo las mismas condiciones ambientales.
Al eliminar las diferencias de suelo y clima local, quedaron al descubierto las diferencias genéticas y fisiológicas reales. Se midió crecimiento, consumo de agua, intercambio gaseoso y señales químicas asociadas a la captación de carbono.
El resultado fue claro: muchas plántulas absorbían CO₂ durante la noche, y la intensidad de ese comportamiento variaba notablemente entre poblaciones. Algunas “apuestan” más fuerte por el CAM que otras. Flexibilidad interna. Diversidad silenciosa.
Los genes respaldan la fisiología
La investigación no se quedó en lo visible. El equipo analizó la expresión génica y la acumulación de metabolitos asociados al metabolismo CAM. Los patrones encajaban: los genes se activaban en los momentos esperados y los compuestos químicos aparecían cuando tocaba.
Además, las dos especies de árbol de Josué mostraron diferencias en la gestión del carbono y del nitrógeno, lo que refuerza la idea de que no son simples variantes geográficas, sino linajes con estrategias propias. Esto ayuda a explicar por qué ambas persisten incluso en zonas donde conviven e hibridan ocasionalmente.
Por qué esto es importante para la conservación
Que exista una capacidad CAM variable abre una ventana de oportunidad. Captar carbono de noche reduce la pérdida de agua, algo esencial en un desierto que no solo se calienta de día, sino también de noche. Y aquí está el problema: las noches ya no refrescan como antes.
Los árboles adultos pueden vivir varios siglos. Muchos de los que hoy dominan el paisaje germinaron antes de que el calentamiento global acelerara. Las plántulas actuales, en cambio, se enfrentan a un clima completamente distinto desde el primer día.
Durante años se asumió que las especies desérticas “ya estaban adaptadas” y no necesitaban tanta atención como los bosques o los arrecifes. Una suposición peligrosa. El desierto cambia. Y rápido.
El calor y la supervivencia de los árboles de Josué
La señal más preocupante es la escasez de ejemplares jóvenes. Algo falla en la fase más vulnerable del ciclo vital. Para entenderlo mejor, el equipo está cultivando plántulas en condiciones controladas, ajustando específicamente las temperaturas nocturnas.
El objetivo es identificar a partir de qué umbral térmico el metabolismo CAM deja de ser una ventaja y pasa a ser insuficiente. Y, sobre todo, qué poblaciones resisten mejor ese escenario.
Porque lo que experimente una plántula hoy determinará si dentro de 100 o 150 años habrá un árbol adulto en su lugar. O no.
Un plan de acción colaborativo
Este trabajo destaca también por su enfoque colaborativo. Universidades, centros federales y equipos de docencia participaron combinando ecología de campo, fisiología vegetal, genómica y metabolómica. Esa visión integrada permite algo clave: conectar genes con supervivencia real.
Desde el punto de vista de la conservación, el mensaje es claro. No todas las poblaciones de árboles de Josué son iguales. Algunas podrían tener más margen fisiológico para soportar el calentamiento. Identificarlas y priorizar su protección —junto con los hábitats que ocupan— puede marcar la diferencia.
Estos árboles no migran rápido. No colonizan nuevos territorios con facilidad. Su estrategia no es huir, sino resistir. Y esa resistencia pasa, en parte, por trabajar de noche.
Qué impacto puede tener en el medio ambiente
Comprender cómo los árboles de Josué gestionan el agua y el carbono ayuda a predecir la estabilidad de los ecosistemas desérticos, que cubren grandes extensiones del planeta. Su declive no solo afectaría al paisaje, sino también a aves, insectos y pequeños mamíferos que dependen de ellos como refugio y fuente de alimento.
Además, este conocimiento puede inspirar estrategias de restauración más inteligentes, seleccionando genotipos mejor adaptados a las condiciones futuras en lugar de replicar el pasado. Menos romanticismo, más realismo ecológico.
Fuente: ecoinventos.com


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