En México sí hay un legado científico cultural patente a través de elementos que son testigos de esa herencia y que por su trascendencia se convierten en objetos patrimoniales, indicó el coordinador general de la Cátedra UNESCO-UNAM, Parsifal Islas Morales.
Por ejemplo, dijo, un laboratorio se convertirá en un monumento, siempre y cuando en él haya ocurrido algo sumamente trascendente para el desarrollo de la ciencia, “un descubrimiento se convierte en una epopeya. Asimismo, un objeto científico constituye un símbolo y, al final, tenemos un sincretismo que podríamos llamarlo científico y cultural”.
Al participar en el Seminario Permanente “Entornos, objetos y flujos en las ciudades”, organizado por el Programa Universitario de Estudios sobre la Ciudad, el también profesor de la Facultad de Ciencias (FC), resaltó que se debe reconocer que comenzó a escribirse tarde la historia de la ciencia en México, “muy por detrás de la historia civil, militar y social”, pero, “ya desenterrada, revelará una enorme riqueza”.
Objetos que quizá “no parecen espectaculares podrían guardar narrativas que realmente lo son”. Ejemplo de ello es el pequeño inmueble que ocupó el Laboratorio Syntex, en Tacuba, donde a principio del siglo XX el químico Luis Ernesto Miramontes sintetizó el esteroide precursor de la píldora anticonceptiva, “un descubrimiento que se hizo aquí en Ciudad de México y que a veces olvidamos”.
Destacó que esos objetos que aluden a la historia de la ciencia se convierten en elementos vivenciales, como el caso de una fotografía de la escultura de Prometeo, ubicada en la FC, un bien cultural de la institución, “y una niña que la observa, lo que muestra la cotidianidad de los monumentos científicos, elementos en constante diálogo y vivencia con las personas que habitan la ciudad”.
Indicó que desde el patrimonio científico es patente que la ciencia no es neutral; por ello, es conveniente, desde ese conjunto de bienes materiales e inmateriales criticar esa visión de su aparente neutralidad y abrir el diálogo a la ciencia con otras dimensiones de la propia cultura, como el arte, la política y la historia.
Entonces, la ciencia se convierte desde esta no neutralidad en un fenómeno social que también puede constituir un motor o insumo en la construcción de la identidad de las sociedades, aunque esta también se va creando a merced de los intereses históricos de distintos lugares, consideró el universitario.
Parsifal Islas Morales expuso que es interesante explorar el patrimonio cultural desde la óptica del patrimonio científico. “Durante la creación de la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), Jaime Torres Bodet señaló que la ciencia es parte fundamental de la cultura, especialmente en los países subdesarrollados, porque en su relación con la sociedad surge la crítica de hacia dónde se orienta la propia ciencia y su uso, y cómo se decide el beneficio que dará a la humanidad”.
En ese contexto, desde hace cuatro años se fundó la Cátedra UNESCO-UNAM sobre Diplomacia y Patrimonio de la Ciencia “iniciamos esta cavilación que busca cosas particulares: reflexionar, conceptualizar, identificar y difundir qué conforma al patrimonio científico en México. En particular, aquellos objetos que, en el entorno de Ciudad de México donde hemos comenzado con este ejercicio, pudieran motivar una memoria viva de la ciencia en nuestro contexto cultural”.
Mencionó algunos ejemplos que en la Cátedra se han estudiado a profundidad, “ilustrativos para comprender qué tipo de objetos pueden ser patrimonio científico en la capital del país y, sobre todo, que sean una referencia de un objeto de patrimonio científico en un contexto urbano”.
El primero de ellos es el edificio que fue sede del Instituto Médico Nacional, donde se institucionalizó la ciencia en México, cuyos ornamentos arquitectónicos del interior de la infraestructura son relieves de células en plena división celular. “Éste sería un objeto del patrimonio científico en su calidad de bien inmueble, por la trascendencia y diálogo que establece la ciencia con la arquitectura y la historia de una disciplina científica en Ciudad de México”.
Otro, interesante en el que no sólo se desarrolló investigación, sino que se creó conocimiento sumamente relevante e innovador, es el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, en la Plaza de las Tres Culturas –actual Archivo Histórico de la Cancillería–, primera institución científica en la ciudad a principio del Virreinato, dedicada a instruir a los descendientes de la nobleza indígena en artes liberales.
Ése fue el lugar donde en pocos años se desarrollaron dos de los mayores productos científicos de América: el primer mapa de Ciudad de México (mapa Uppsala) y el Códice de la Cruz-Badiano, primer libro que sistematiza el conocimiento sobre la herbolaria y las plantas útiles de México.
Como parte de este ejercicio fue posible la inclusión de la categoría de patrimonio científico en la Ley de Patrimonio Natural, Cultural y Biocultural de Ciudad de México, expedida entre 2021 y 2022, “en el que tuvimos oportunidad de participar como académicos en los diálogos con la Comisión de Derechos Culturales de la Ciudad, sobre la importancia de este patrimonio para la garantía de derechos tanto culturales como científicos”.
Asimismo, tuvimos oportunidad de colaborar en el Plan de Manejo Integral del Centro Histórico 2023-2028, incluyendo algunas directrices para la identificación e inventario de este patrimonio.
Fuente: gaceta.unam.mx


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