Ignacio Anaya
Corría el año de 1894 cuando, en la ciudad de Puebla, Rafael Reyes Spíndola dio vida a un proyecto que se convertiría en el espejo de las aspiraciones de una época: El Mundo Ilustrado. Poco tiempo después, la publicación se trasladó a la Ciudad de México para consolidarse como la lectura predilecta de la burguesía nacional. No era simplemente una revista de política o ciencia; era una ventana que del otro lado mostraba a sus lectores que el México de Porfirio Díaz finalmente había cruzado el umbral hacia la civilización moderna.
En sus páginas se hablaba de inventos, de descubrimientos técnicos y de una fe inquebrantable en que el país podía medirse de tú a tú con las potencias europeas. La revista funcionaba como un manual de modernidad para un sector social que veía en el régimen de Díaz al arquitecto de una nación renovada y prefería ignorar la realidad de otros sectores de la población, que, por lo general, seguían siendo percibidos como referentes a un mundo incivilizado.
Un ejemplo de este choque entre la tradición y el progreso lo narraba el diario en 1896, cuando el doctor Manuel Barreiro publicó un texto que hoy nos parece un testimonio de cambio de paradigma. En aquellos días, según él escribe, la sabiduría popular dictaba que a los niños débiles había que envolverlos densamente en capas de algodón para protegerlos del frío.
Barreiro, imbuido del rigor de su tiempo, criticó duramente esta costumbre. Argumentaba que el algodón era insuficiente para generar el calor necesario que el frágil sistema circulatorio del bebé no podía producir por sí mismo, dejando al pequeño vulnerable ante las corrientes de aire nocivas.
El doctor propuso una alternativa técnica: la incubadora. A diferencia de los remedios caseros, Barreiro abordó el problema con los pasos del método científico que circulaban en su generación. Primero, observó que el peso de los recién nacidos mexicanos era inferior al de los europeos. Luego, planteó que la raíz de esta deficiencia estaba en la alimentación deficiente y, sobre todo, a la falta de regulación térmica. Para finalizar, puso a prueba su teoría mediante la experimentación directa.
Los resultados se presentaron en la revista de la siguiente manera: de siete niños que fueron confiados a la incubadora, solo uno perdió la vida. Barreiro cerró su intervención, instando a seguir con la experimentación, pero optimista de que el futuro de la salud ya no pertenecía a la superstición, sino al laboratorio.
Ese periodo de la historia mexicana estuvo marcado por una confianza absoluta (casi religiosa) en que las respuestas a cualquier dolor humano estaban a la vuelta de la esquina, esperando ser descubiertas por un microscopio o una máquina.
Fuente: msn.com


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