Señaló que la literatura es un elemento que se apropia, pero cuya percepción cambia con el paso del tiempo
Durante la segunda mitad del siglo XX, la hegemonía de la crítica literaria francesa se concentró en el escritor y la escritura. Dos alemanes, Hans Robert Jauss y Wolfgang Iser, “cambiaron radicalmente” esa perspectiva e incluyeron en la fórmula al lector.
De ese último teórico literario se ocupó el crítico Christopher Domínguez Michael, miembro de El Colegio Nacional, al retomar el ciclo de conferencias Grandes críticos literarios. Con el título “Iser y el lector consciente”, el colegiado disertó acerca de la teoría de la recepción y el papel que juega el lector en la comprensión de un texto literario.
Entre los estudiosos de la teoría literaria, señaló Domínguez Michael, existe la llamada teoría del suéter: “es la idea de que la literatura que nos gusta es como un suéter que nos acomoda y que es muy rico, aunque esté viejito. Uno se identifica, se viste con la literatura a placer y no hay quien le diga qué pensar de Madame Bovary o de Pedro Páramo”.
“Uno se identifica, se apropia. Apropiación que va cambiando con el paso del tiempo: no es lo mismo leer a Dostoievski a los 20 años que los 60; libros que nos fascinaron en la temprana juventud nos aburren a los 40 años y, a lo mejor, ya viejos nos reconciliamos con ellos”, afirmó.
Antes de Jauss e Iser, ambos de la Escuela de Constanza, el lector “en el mejor de los casos, era el propio escritor leyendo su obra, y en el peor, hay fragmentos enteros de las obras de los grandes críticos franceses, sobre todo del estructuralismo y de la deconstrucción, que de plano no aparece el lector, por una razón lógica: para ellos, la obra de arte, de alguna manera, se consume en sí misma”.
“La literatura, sobre todo francesa, de la segunda mitad del siglo XX, se dedicó a ponderar, aplaudir, criticar a la obra de arte como algo oscuro, impenetrable, y al lenguaje, no como un vehículo de comunicación, sino como un vehículo de ocultamiento. Estos señores de Constanza, que fundaron lo que se llama la ‘estética de la recepción’, nos dijeron: ‘nosotros nos vamos a dedicar a la otra parte que ustedes ignoraron, que es a los lectores, a la lectura’”.
Jauss, dos años mayor que Iser, “dijo que lo importante de la obra literaria no sólo era su creación, sino su recepción. Pero Iser fue más lejos, dijo: ‘yo quiero hacer una estética no de la recepción de las novelas, los cuentos, los poemas, etcétera, sino del efecto que causa en el lector y cómo este efecto va cambiando’, si es que cambia”.
En el siglo XX se veía “con mucha naturalidad”, basado en la hermenéutica de Schleiermacher, pensar que un texto literario era una especie de depositario de las ideas de sus intérpretes. La estética de la recepción alemana, sin embargo, “dijo ‘es muy grave aceptar por hecho que la obra de arte puede ser manipulada a placer por las ideologías, más allá de lo que pensemos de ellas, y no tenga una vida propia’”.
Iser, quien nació en 1926 y murió acabado el siglo XX, en 2007, “dijo: ‘bueno, primero vamos a definir qué es el lector, dado que tenemos que conocer a este personaje tan importante que la crítica literaria del otro lado del ring ignora’. Entonces enlistó: ‘está el híperlector’, es decir, el lector fantástico con el que sueñan los escritores, un ser que no existe en la realidad, pero sabe todo, comprende todo y está en absoluta empatía con el escritor”.
Luego, está el lector común, “sin ningún sentido peyorativo, es decir, cualquiera de nosotros que le gusta leer. No importa si fue a la universidad, si vende verduras, si nada más acabó la secundaria; este tipo de lector es muy similar el lector común de la teoría de la recepción de Jauss e Iser que al de Virginia Woolf, que es simplemente alguien que dedica tiempo a leer”.
Iser, explicó Domínguez Michael, “se dedicó a reivindicar los poderes de este lector” y definió una tercera categoría, “que él llamó el lector implícito, es decir, todo aquel que escribe algo tiene un lector implícito que pueden ser sus hijos, su esposa, los miembros de su iglesia, de su partido político, los que van a la librería de enfrente, los que van a la cantina, los que van al café, lo que sea”.
“El lector implícito es una figura intermedia entre el lector común, que lo podemos ver deambulando en las librerías de viejo aquí en Donceles, y el archilector, que es una criatura imaginaria que nunca ha existido. Obviamente cuando Iser postuló la existencia del lector implícito se le cayeron encima todos los críticos de la oscuridad, por así llamarlos, que decían: ‘¡cómo que implícito! Los lectores como son seres sociales están determinados por sus condiciones económicas, por su ideología, por su religión’”.
Con los detractores encima, “Iser dedicó su obra a estudiar no sólo quién era el lector, cómo funcionaba y cómo influía la obra en él, sino en estudiar el efecto de la lectura”.
El trabajo de Iser fue más allá, alejándose de los intérpretes tradicionales de las Sagradas Escrituras: de los exégetas de la Torá, en el caso de los judíos, y de los teólogos, en el caso del cristianismo, y dejando el trabajo de la interpretación a los críticos literarios. “La estética de la recepción y el efecto de Iser tiene el resultado de elevar las rayitas bastante a la importancia del crítico literario del exégeta o del hermeneuta, y convirtiéndolo en una figura absolutamente decisiva”.
El trabajo de Iser, explicó el colegiado, fue “abrir el canon”. El manual de instrucciones para entender una obra desaparece en el siglo XX, “y esto provoca que buena parte de la literatura, lo que se llamaba literatura modernista, como le dicen los anglosajones, de vanguardia, como se dice en el mundo latino, quedara totalmente en manos del lector y del crítico. El crítico podría decir lo que se le dé la gana”.
Si bien el estructuralismo francés “monopolizó” los estudios literarios basándose en la obra, dijo Domínguez Michael, “buena parte de la crítica literaria del siglo XXI es más cercana a la teoría de la recepción, que siempre existió, lo que pasa es que era vista de manera peyorativa por los críticos. Balzac y todos los escritores de la época sabían muy bien para quién escribían: un público generalmente de mujeres que leían novelas, porque era de mal gusto que los hombres leyeran novelas; era un género que tardó mucho en ser legitimado”.
Pero el crítico, más que interpretar un texto, contaba al lector las novelas, era una especie de apuntador, como en el teatro. “Esto cambió a finales del siglo XIX. Iser no es tonto y entiende que no hay ningún tipo ingenuo de comprensión de un texto, todos llegamos armados con lo que llevamos encima de cultura, de estudios, de emociones, de estado de ánimo. No es lo mismo leer un poema un día triste que un día alegre”.
“Hay muchas experiencias individuales. Pero lo que hace la Escuela de Constanza es completar un círculo al cual le faltaba una mitad. El siglo XIX descubre la figura del escritor, el señor o la señora que escribe, como un ente autónomo. El siglo XX dice: vamos a matar al escritor y vamos a concentrarnos en el texto”, explicó el colegiado.
“Si lo podemos meter en un espacio libre de contaminación, mejor, porque el texto está vivo en sí, es una especie de cuerpo proliferante. El tercer paso lo da la crítica de la recepción que dice: ‘estos textos existen en la medida en que son leídos’. Un texto que no es leído más que por su autor que lo esconde debajo de su cama hasta que se muere, no tiene relevancia alguna, porque nadie lo ha leído más que el autor. La teoría de la recepción nos permite desconfiar de la dictadura de la interpretación”.
La teoría de la recepción “no quiere decir, como pensaban los estructuralistas, que las obras literarias eran depósitos guardados secretamente por una especie de sacerdotes que tenían el secreto de su interpretación. Tampoco es cierto que todas las obras sean lo que nosotros queramos que sean. Buscar ese punto intermedio entre la crítica del texto —que sigue siendo muy importante—, y la estética de la recepción es el ideal, que seguramente nunca será alcanzado, de una lectura perfecta, porque no puede haber una lectura perfecta en la medida en que somos imperfectos”, concluyó.
Fuente: El Colegio Nacional


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