Borges en 1925: centenario de Inquisiciones y Luna de enfrente

Antonio Cajero Vázquez

Para Jorge Luis Borges, 1925 representa el año más prolífico de la década. Ese año, no sólo codirigía y colaboraba en Proa, también participaba activamente en Inicial, Martín Fierro y Nosotros, con incursiones en Sagitario y Revista de América. Por el contrario, salvo la traducción de La metamorfosis en Revista de Occidente, Borges dejó de colaborar en publicaciones europeas. Cesó, casi, su correspondencia con Sureda y Abramowicz, camaradas adictos entre 1920 y 1923. Si bien siguió escribiendo sobre autores españoles vivos (los Ramones, Gómez de la Serna y del Valle Inclán, Cansinos Assens o De Torre) y muertos (Torres Villarroel y Quevedo), Borges redirigió sus esfuerzos críticos hacia sus paisanos y los vecinos uruguayos. Sus preferencias estéticas se inclinaron por el criollismo decimonónico no contaminado por la inmigración. Desencantado de su filiación vanguardista, reseñó con entusiasmo a González Lanuza, Norah Lange y Oliverio Girondo, así como a Fernán Silva Valdés y Pedro Leandro Ipuche. Empezó, asimismo, a escribir sobre literatura gauchesca para cimentar una particular poética criollista.

Inquisiciones apareció en abril de 1925, en Editorial Proa, con tiraje de 500 ejemplares. En Un ensayo autobiográfico (1971), Borges lo llama despectivamente “la primera de aquellas temerarias recopilaciones”. Las otras serían El tamaño de mi esperanza (1926) y El idioma de los argentinos (1928): trilogía que se negaría a reeditar en vida. Borges desplegó, desde Inquisiciones, un soterrado programa criollista para contrarrestar las letras de tango, la poesía corrompida por la babélica lengua porteña y el lunfardo avillanado. “Queja de todo criollo”, el ensayo programático del libro, se escribió ex profeso para Inquisiciones. Resulta sintomático que el texto que concentra el plan estético, lingüístico e ideológico del Borges acriollado sólo viera la luz en un libro condenado al limbo autorial. Sospecho que, con este ardid, Borges quería sorprender a los lectores con una apuesta contraria a su recentísimo pasado ultraísta. Y lo logró.

El aura polémica de Inquisiciones puede ilustrarse con dos ejemplos; por un lado, el anuncio de la Sociedad Editorial Proa, aparecido en Martín Fierro, lo describe como “Un grueso y nutrido volumen de juicios literarios y artículos de examen filosófico, del novísimo escritor, uno de aquellos que con mayor belleza y nobleza manejan el idioma castellano hoy en el mundo, y con el estilo más rico en sustancia y más variado y lujoso de metáforas”; por otro, los reseñistas de Argentina, Uruguay y España se debatían entre las novedosas regresiones borgeanas y la renuncia a la modernidad literaria. En el colmo de la ambigüedad crítica, desde el “Parnaso Satírico” de Martín Fierro, sus colegas se cebaron con Inquisiciones hasta el hartazgo, verbigracia Evar Méndez que así recomienda el libro:

Vanidosas ilusiones
de tragarte Inquisiciones
y producirte una fiesta,
cándido lector, no forjes,
porque es sinónimo Borges
de encefalitis y siesta.

Otro crítico que firma con las iniciales “E. G. T.” le dedica un epitafio:

Consérvate en el rincón
donde empezó tu existencia:
Borges que cambia querencia
se atrasa en la “Inquisición”.

Por su parte, la indignada letra “D.” se ensaña con el apócope de palabras terminadas en d:

Jorge Luis Borges al fin murió
y contra todas las previsiones
sólo logró
hacer algunas “inquisiciones”,
donde nos dijo con claridá
sus intenciones novo-genéticas
introduciendo la novedá
de ortografías ultra-fonéticas.
Dejó una herencia pobre y ligera:
un montoncito de letras d
que a las palabras cortando fue
con la tijera.

Finalmente, los versos de Leopoldo Marechal sobre el malhadado libro:

Yace aquí, profesor de sueño,
Jorge Luis Quevedo y Argote.
La Retórica está sin dueño.
Galvanizarlo es vano empeño:
murió por falta de bigote.

Estos juegos de ingenio pusieron al inquisidor en el banquillo de los procesados con resultado inédito: sólo Inquisiciones recibió tanta atención desde el “Parnaso Satírico”. Ignoro si fue una estrategia de venta o una verdadera reacción contra el libro; lo innegable es que Georgie seguiría emulando a sus colegas uruguayos.

Como poeta, Borges impulsó también el torrente criollo que corría por sus venas. El 4 de noviembre de 1925, también en Editorial Proa, los 300 ejemplares de lujo de Luna de enfrente salieron de la imprenta. A diferencia de Inquisiciones, Borges no descataloga el poemario de su obra: lo somete al molino de la rescritura durante medio siglo y no conserva sino cerca del 20 por ciento de la edición original, es decir, el lector moderno está frente al libro más expurgado por Borges, quien así lo recuerda en su autobiografía:

De los poemas de aquel tiempo, quizá también debí haber suprimido Luna de enfrente. Fue publicada en 1925 y es una suerte de despliegue de falso color local. Entre sus tonterías se incluye la ortografía de mi primer nombre a la manera chilena del siglo xix, como “Jorje” (era un intento a medias de utilizar una ortografía fonética); la escritura de la conjunción y como i (nuestro mayor escritor, Sarmiento, había hecho lo mismo, tratando de ser tan no español como pudiera); y la omisión de la d final en palabras como autoridá y ciudá.

Como vimos, este artificio retórico, el apócope, ya cruzaba Inquisiciones. Luna de enfrente recoge poemas escritos entre 1924 y 1925. Nació como Salmos; luego, adoptó el lugoniano Lunario de enfrente: no prosperaron. Hay algo más singular en el libro: el vocabulario que Borges espigó del Diccionario de argentinismos (1911), de Lisandro Segovia, bagaje angular en la redacción de El tamaño de mi esperanza, como luego lo recordaría: “Conseguí el diccionario de Segovia sobre argentinismos y empleé tantas palabras locales que muchos de mis compatriotas apenas si lo comprendían. Como he extraviado el diccionario, no estoy seguro de que yo mismo pueda entender [este] libro, así que lo he abandonado por irremediable”. Así, en el poema más famoso de Luna de enfrente, “El general Quiroga va en coche al muere”, el lector encuentra “madrejón”, “atorrante”, “Bochinchera”, “estaca pampa” y “taita” expoliados de Segovia; mientras las voces gauchas ralean: “tapaos”, “nombrao”, “raliaron”; los giros porteños también, como el doble objeto directo: “me lo llevó al riojano” o “lo mentó a Juan Manuel”. Como complemento, recomiendo la popular “Calle con almacén rosao”.

Para cerrar este apretado anecdotario, diría que, a un siglo de su publicación y censurados por su autor, Inquisiciones y Luna de enfrente son parada obligada para comprender al Borges de las orillas, sí; pero también para explorar las estrategias de lectura y escritura, la evolución estética e ideológica y la busca de un estilo de quien sería el autor más influyente del siglo xx.

Fuente: oem.com.mx

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