Creemos que nuestros recuerdos son fieles, pero la neurociencia dice lo contrario. Recordar no es recuperar un archivo intacto, sino reconstruir una historia cada vez que la evocamos. El cerebro no archiva el pasado: lo reescribe constantemente, y eso tiene consecuencias profundas para cómo entendemos quiénes somos
Durante mucho tiempo, hemos comparado el cerebro con un ordenador. Una máquina eficiente que guarda datos, los clasifica y los recupera cuando hace falta. La metáfora es cómoda, pero profundamente errónea. La investigación en neurociencia muestra que la memoria humana no funciona como un disco duro, sino como un sistema creativo, inestable y sorprendentemente falible.
Dos tipos de memoria, dos maneras de olvidar
Para entender cómo recordamos, conviene distinguir entre memoria a corto plazo y memoria a largo plazo. La primera, también llamada memoria de trabajo, es breve y limitada. Nos permite retener información durante segundos o minutos: un número antes de marcarlo o una frase recién escuchada.
La memoria a largo plazo, en cambio, alberga nuestra biografía mental: recuerdos personales, conocimientos y habilidades. Pero el paso de una a otra no es automático. Para que un recuerdo se consolide necesita atención, repetición y, sobre todo, carga emocional. La mayoría de lo que vivimos se pierde sin dejar rastro.
El hipocampo no guarda recuerdos: los organiza
En este proceso juega un papel clave el hipocampo, una estructura situada en el lóbulo temporal. Contra lo que suele pensarse, no almacena recuerdos como una caja fuerte. Funciona más bien como un bibliotecario: decide qué merece conservarse, cómo se relaciona con experiencias previas y en qué zonas del cerebro se distribuye.
Recordar es modificar el cerebro
La memoria no reside en un punto concreto, sino en las conexiones entre neuronas, las sinapsis. Aprender y recordar implica cambiar físicamente el cerebro: algunas conexiones se refuerzan, otras se debilitan. A este proceso se lo conoce como plasticidad sináptica.
Aquí aparece un detalle clave: cada vez que recordamos algo, reactivamos esas conexiones… y al hacerlo, las modificamos. El recuerdo no se conserva intacto. Se actualiza.
La memoria como reconstrucción, no como copia
Este es uno de los hallazgos más desconcertantes de la neurociencia moderna. Cuando evocamos un recuerdo, no reproducimos una grabación fiel del pasado. Reconstruimos la escena combinando fragmentos de información, emociones actuales, conocimientos adquiridos después y expectativas personales.
Por eso los recuerdos pueden deformarse, contaminarse o cambiar con el tiempo. Dos personas que vivieron el mismo acontecimiento pueden recordarlo de forma muy distinta y estar igualmente convencidas de su versión. Ambas memorias son reales… y ambas pueden ser inexactas.
Un defecto que en realidad es una ventaja
Lejos de ser un fallo, esta imprecisión cumple una función adaptativa. Un cerebro flexible, capaz de reinterpretar el pasado, resulta más útil que uno obsesionado con la exactitud. La memoria no está diseñada para preservar la verdad histórica, sino para ayudarnos a anticipar el futuro, tomar decisiones y sobrevivir.
Entender que nuestros recuerdos no son fiables no debería inquietarnos, sino volvernos más humildes. El cerebro no es un archivo perfecto, sino un narrador incansable que reescribe nuestra historia cada vez que la contamos.
Fuente: gizmodo.com


Deja una respuesta