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El reloj interno por el que no te convence el cambio de hora

Nuestra vida está regulada internamente por ciclos repetitivos a los que denominamos “ritmos biológicos”, que varían entre ciclos por segundo (actividad de los genes), horas (secreción hormonal), día (sueño-vigilia) o, incluso meses (menstruación).

La alternancia que se produce en un ciclo diario, tanto a nivel físico, mental como conductual, se llama ritmos circadianos y responden, básicamente, a las variaciones entre la luz y la oscuridad ambiental. El hecho de que durmamos por la noche y estemos despiertos por el día responde a un ritmo circadiano relacionado con la luz.

Los ritmos circadianos nos ayudan a controlar y determinar los patrones del sueño. El reloj principal del sueño es la glándula pineal o epífisis que controla la producción de melatonina, la hormona del sueño. Cuando hay luz los nervios ópticos transmiten la información al cerebro indicándole que produzca más melatonina para inducir el sueño.

La mayoría de los seres vivos tienen ritmos circadianos y la ciencia que estudia los mismos se denomina cronobiología. Los organismos aprendimos a adaptarnos a estos ritmos cuando éramos unicelulares, ya que debíamos protegernos de la luz ultravioleta para poder replicarnos.

Cambios en nuestro organismo

Estamos acostumbrados a ajustar nuestros relojes dos veces al año, ganando una hora en otoño –cuando atrasamos el reloj el último fin de semana de octubre, instaurando lo que conocemos como “horario de invierno”; y perdiendo una hora en primavera –al adelantar el reloj una hora el último fin de semana de marzo-, dando inicio al “horario de verano”.

El horario de verano tiene por objetivo economizar la energía eléctrica utilizando la luz solar en los días que duran más. A efectos prácticos, en nuestro hemisferio consiste en adelantar los relojes una hora en el mes de abril y retrasarlos una hora en octubre. El origen de este cambio se remonta a 1784. Benjamín Franklin, por aquel entonces embajador estadounidense en Francia, envió una carta a Le Journal de París recomendando modificar la hora para conseguir un ahorro energético. De todas formas, no se implementaría hasta la Primera Guerra Mundial, siendo Alemania el primero en aprobarlo para reducir la iluminación artificial y ahorrar carbón, que podría utilizarse en la contienda. Actualmente el cambio se aplica en más de setenta países.

El cambio de hora afecta a la cantidad de horas de luz que disfrutamos y, de forma secundaria, a la cantidad de melatonina que produce nuestro organismo. Este cambio es brusco, de un día para otro y sin previo aviso, por lo que no debe sorprendernos que nuestro cuerpo se sienta “despistado” inicialmente.

Las alteraciones que se producen en nuestro cuerpo son leves y de carácter transitorio, nos encontramos más cansados, más irascibles y con dificultades en la atención y concentración. Todos estos efectos serían los que experimentaríamos si viajásemos a Canarias, los cuales desaparecen habitualmente en el transcurso de 48-72 horas.

El cambio de hora no afecta a todas las personas por igual, depende de varios factores, entre los cuales se encuentra la edad (se adaptan peor los niños y los ancianos) y el ritmo de vida. Ya lo decía Hipócrates, el padre de la medicina, allá por el siglo V a.C: “unos seres se hallan espontáneamente mejor en verano y otros en invierno”.

Consejos para adaptarse mejor

En el caso de que queramos sobrellevar de la mejor forma posible este reajuste horario lo único que tenemos que hacer es exponer nuestro cuerpo a la luz solar, con una par de horas diarias servirá para regular el ritmo sueño-vigilia.

Es recomendable que adaptemos el horario de las cenas paulatinamente al nuevo horario, que ajustemos también la hora de acostarnos, que evitemos la siesta hasta que nuestro organismo se adapte al nuevo horario y, fundamental, que no tomemos medicamentos para dormir ni bebidas alcohólicas. También nos va a ayudar a sobrellevar mejor el cambio horario mantener un correcto estado de hidratación corporal.

Fuente: abc.es