Nanopartículas esféricas de oro amplían la eficiencia de dispositivos solares al absorber luz visible e infrarroja.
- Nanoesferas de oro, absorción casi total del espectro solar.
- Luz visible e infrarroja cercana, energía aprovechada que antes se perdía.
- Recubrimientos simples, sin salas limpias ni procesos extremos.
- Generación termoeléctrica, electricidad desde calor y radiación solar.
- Puente entre laboratorio y mercado, aplicaciones reales en energía solar híbrida.
Los rayos del sol cargan la atmósfera de energía todos los días, pero buena parte de ese potencial sigue escapándose entre los dedos de la tecnología actual. Las células solares convencionales hacen un trabajo notable con la luz visible, aunque dejan pasar por alto una franja enorme del espectro, especialmente en la zona del infrarrojo cercano, donde también se esconde una cantidad nada despreciable de energía térmica.
En este contexto aparecen las llamadas supraballs plasmónicas, pequeñas esferas formadas por cientos de nanopartículas de oro que, al agruparse, crean una estructura capaz de interactuar con la luz de una forma muy distinta a la de las partículas individuales. El resultado es una superficie que no solo refleja o dispersa, sino que atrapa la radiación solar en un rango mucho más amplio de longitudes de onda.
La imagen microscópica que acompaña el estudio lo deja claro: una esfera de apenas 2.100 nanómetros de diámetro, más pequeña que una mota de polvo, formada por una constelación de partículas aún más diminutas. No es una curiosidad estética, es una arquitectura diseñada para provocar resonancias ópticas que multiplican la capacidad de absorción.
Los investigadores ajustaron el tamaño de estas supraballs como quien afina una antena. Cada variación en el diámetro cambia la forma en la que la estructura “sintoniza” la luz solar. Mediante simulaciones por ordenador, probaron distintos diseños hasta dar con configuraciones capaces de absorber más del 90 % del espectro solar, desde la luz visible hasta el infrarrojo cercano. Una cifra que, sobre el papel, ya suena a salto cualitativo.
El siguiente paso fue llevar esa teoría al mundo físico. Las supraballs se depositaron sobre un generador termoeléctrico comercial (TEG), un dispositivo que transforma diferencias de temperatura en electricidad. La técnica fue sorprendentemente sencilla: secar una solución líquida con las estructuras directamente sobre la superficie del generador, en condiciones ambientales normales. Nada de cámaras estériles ni hornos industriales. Un detalle que, para quien piensa en escalado industrial, importa. Y mucho.
En pruebas con un simulador solar LED, el recubrimiento mostró su potencial real. El TEG cubierto con supraballs alcanzó una absorción media del 89 %, casi el doble que un recubrimiento convencional de nanopartículas de oro sueltas, que se quedó en torno al 45 %. Traducido al terreno práctico, significa que más radiación se convierte en calor útil y, por tanto, en electricidad.
Aquí entra una conexión interesante con el mundo de las tecnologías solares híbridas, aquellas que combinan generación fotovoltaica con aprovechamiento térmico. Este tipo de recubrimientos podría integrarse en sistemas donde el calor residual no se desperdicia, sino que se convierte en energía adicional, por ejemplo en instalaciones industriales, fachadas solares o incluso en entornos urbanos donde los paneles conviven con sistemas de climatización pasiva.
Desde la perspectiva de materiales, el uso de oro puede levantar cejas. No es precisamente un metal barato. Pero la cantidad utilizada es mínima, en forma de capas nanométricas, y el valor añadido está en la funcionalidad óptica, no en la masa. Además, ya existen líneas de investigación que exploran estructuras similares con metales alternativos o aleaciones que mantengan el efecto plasmónico con menor coste y huella ambiental.
Este tipo de avances encaja con una tendencia más amplia: exprimir cada fotón que llega a una superficie energética. En Europa, por ejemplo, los programas de rehabilitación energética de edificios empiezan a mirar no solo a los paneles solares en tejados, sino a fachadas activas, superficies que generan electricidad y gestionan calor al mismo tiempo. Recubrimientos como estos podrían jugar un papel clave en ese tipo de soluciones.
Potencial
A corto plazo, esta tecnología puede encontrar su sitio en dispositivos solares híbridos, estaciones remotas, sensores ambientales autónomos o instalaciones industriales que ya trabajan con generadores termoeléctricos. Son escenarios donde cada punto porcentual de eficiencia marca la diferencia.
A medio plazo, si los procesos de fabricación se adaptan a materiales más abundantes y se mantienen los efectos ópticos, las supraballs podrían formar parte de recubrimientos estándar para paneles solares y superficies arquitectónicas activas. Edificios que no solo consumen menos, sino que generan más.
Y a largo plazo, la idea de diseñar materiales que dialogan con todo el espectro solar abre una puerta interesante: ciudades donde el calor, la luz y la electricidad dejan de ser compartimentos separados y pasan a formar parte de un sistema energético integrado, más limpio, más eficiente y, con suerte, un poco más amable con el planeta.
Fuente: ecoinventos.com


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