Descubren en Santander la primera cueva con arte rupestre en Colombia

En lo profundo de una cueva en Santander, a unos 200 metros de la entrada y en completa oscuridad, investigadores hallaron pinturas rupestres: un descubrimiento inédito en Colombia

Colombia, país de grandes murales rupestres al aire libre y en abrigos rocosos, acaba de sumar una pieza rara en su rompecabezas patrimonial: la primera cueva con arte rupestre documentada en el territorio nacional. El anuncio lo hizo el Instituto Humboldt, que lideró la divulgación del hallazgo junto con el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (ICANH) y comunidades locales.

Lo excepcional no es solo que haya pinturas, sino dónde están: en un tramo profundo de la cueva, donde la oscuridad es total. En un país donde las imágenes ancestrales suelen aparecer en superficies expuestas, paredes que “reciben” el día, la elección de un espacio subterráneo cambia la pregunta central: ¿qué se hacía allí y por qué pintar tan adentro?

Pintar en la oscuridad: la cueva como escenario cultural

Según la información divulgada por Humboldt, los pictogramas se encuentran a aproximadamente 200 metros dentro de la cavidad, un detalle que convierte el sitio en un caso excepcional dentro del arte rupestre colombiano. No se trata de un “panel” visible desde el exterior, sino de un lugar que exige ingresar, orientarse y avanzar hacia una zona sin iluminación natural.

Esa condición ha llevado a los investigadores a plantear que el espacio pudo tener un uso ceremonial o ritual. La hipótesis se refuerza con otro componente del hallazgo: la presencia de restos óseos, que, de acuerdo con el reporte, podrían asociarse a prácticas funerarias como enterramientos secundarios o procesos que aún deben estudiarse con cuidado y método. Entre las posibilidades mencionadas aparece la referencia a ancestros del pueblo Guane, una línea interpretativa que, por ahora, queda abierta a confirmaciones.

La historia del hallazgo también habla de cómo se producen hoy ciertas alertas patrimoniales. El investigador Carlos Lasso, experto en ecosistemas de ríos subterráneos y cuevas, conoció el lugar al ver imágenes circulando en redes sociales. A partir de esas fotografías, y al dimensionar la importancia potencial, se activó la ruta hacia la verificación científica, apoyada por guías y conocedores del territorio.

En el relato institucional, este detalle no es menor: subraya que, muchas veces, la primera mirada sobre el patrimonio no nace en un laboratorio, sino en la experiencia de quienes habitan y recorren el paisaje. La investigación, en este caso, se presentó como un trabajo articulado con comunidad, no como una expedición aislada.

La otra cara: señales de guaquería y el silencio como medida de protección

El anuncio llega con una advertencia clara: el sitio presenta señales de guaquería, una de las amenazas más persistentes para el patrimonio arqueológico. Por esa razón, no se reveló el municipio ni la ubicación exacta. En estos hallazgos, la visibilidad puede convertirse en riesgo: vandalismo, saqueo y turismo sin control suelen borrar, en días, lo que tomó siglos en preservarse.

La recomendación es directa: no compartir coordenadas ni pistas precisas en redes sociales cuando se trate de sitios arqueológicos. La protección, en este caso, depende tanto de las instituciones como de la ética ciudadana.

Los restos óseos fueron trasladados al ICANH para su manejo y estudio, y se contempla que análisis especializados, incluidos componentes genéticos con apoyo académico, aporten más claves sobre el pasado humano en Santander. Paralelo a eso, los pictogramas exigen un trabajo que va más allá de “registrarlos”: habrá que estudiar técnicas, pigmentos, estilos, posibles cronologías y, sobre todo, su relación con el espacio subterráneo.

En términos culturales, el hallazgo abre una puerta potente: la de pensar el arte rupestre no solo como imagen, sino como acto. Pintar tan adentro sugiere intención, recorrido, preparación, quizá ritual. Y Santander suma así un capítulo nuevo en la conversación sobre memorias antiguas: esas que no están escritas en papel, sino en piedra, sombra y silencio.

Fuente: vanguardia.com

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