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“Científicos ciudadanos” y ‘biohackers’ en pos de de posibles curas para el Covid-19 testando sus propios cuerpos

"Científicos ciudadanos" y 'biohackers' en pos de de posibles curas para el Covid-19 testando sus propios cuerpos

Decenas de “científicos ciudadanos” y ‘biohackers’ se han lanzado a buscar posibles curas para el coronavirus testando con sus propios cuerpos y han levantado un gran debate en el sector

La historia de la ciencia y la innovación humana está llena de auto-experimentación. Muchos son los investigadores que con tal de dar con una solución a un problema, con un descubrimiento o con una cura, usaron su propio cuerpo, salud e incluso pusieron en peligro su vida para conseguirlo. Una de los casos más llamativos es el de Joseph Goldberger que ingirió excreciones de pacientes de pelagra para demostrar que la pelagra no era contagiosa, pero otros como Werner Forssmann, Jonas Salk o Barry Marshall también han pasado a la historia por casos parecidos. Ahora, un nuevo grupo de científicos ‘autodidactas’ se ha lanzado a intentar algo parecido con el coronavirus.

La última de estas iniciativas la ha descubierto la revista MIT Technology Review que cuenta que al menos un grupo de unos 20 científicos (que hayan confesado que lo están haciendo) se ha lanzado a probar en sus propias carnes una nueva especie de vacuna nasal que busca lo más ansiado en este momento: la cura del covid-19. Su idea es acelerar los procesos usando su propio cuerpo, pero este grupo autodenominado Rapid Deployment Vaccine Collaborative ha terminado de levantar una gran polvareda en el sector por la legalidad, la ética y la utilidad tras estas prácticas. Unidos a ‘biohackers’ y otros científicos chinos, sus prácticas están enfrentando a los expertos.

Entre los ‘conejillos de indias’ voluntarios de la solución nasal están, según la revista estadounidense, varios científicos conectados con la Universidad de Harvard y el MIT y entre sus nombres aparecen genetistas como George Church que es amigo del desarrollador de la idea Preston Estep. Pero ellos no son los únicos, también hay ‘biohackers’ como Josiah Zayner o Justin Atkin que también han asegurado que van a probar sus propias soluciones, científicos chinos como Huang Jinhai o Gao Fu y hasta investigadores alemanes como Hans-Georg Rammensee. Todos ellos buscan acortar plazos y ayudar al desarrollo de una solución lo más pronto posible pero son muchos los que dudan de que eso pueda funcionar.

Como explican en el medio Motherboard, el interés por las soluciones alternativas empujadas por los ‘biohackers’ se ha disparado con el aumento de los precios de muchos medicamentos clave como incluso la insulina y la facilidad para acceder a los materiales de forma no convencional. Pero, incluso para los entusiastas de estas salidas, una vacuna solo es efectiva cuando la toma una población completa, no solo un puñado de científicos autoexperimentales. “No tiene valor”, asegura a este medio Jeffrey Kahn, director del Instituto de Bioética Johns Hopkins Berman.

Lo mismo opina Arthur Caplan, un bioético del Centro Médico Langone de la Universidad de Nueva York, que en declaraciones a MIT Technology Review considera que no hay “margen de maniobra” para la autoexperimentación en este caso dada la importancia del control de calidad con las vacunas. En cambio, cree que hay un alto “potencial de daño” y un “entusiasmo infundado”. Este entusiasmo infundado puede llegar muy lejos pues en países como India las curas ‘DIY’ para el covid ya están entre lo más buscado en internet. Sin una base sólida y mucha cautela esto podría alentar a muchos ciudadanos a probar soluciones hechas en casa. Y hay más.

Entre la ética, la historia, la ley y las pruebas

Como explicamos al principio, el gran debate está en que no es ni el primer caso ni el único en el que se apuesta por la autoexperimentación, pero eso no quiere decir que sea una práctica que cuente con el apoyo de la comunidad científica siquiera. Como detallan en The Scientist, la práctica no es exactamente ilegal, pero no se menciona la auto experimentación en la Declaración de Helsinki, un conjunto de principios éticos establecidos por la Asociación Médica Mundial en 1964 para regir la experimentación humana, o en el Código de Nuremberg, un conjunto separado de ética de la investigación establecida después de las atrocidades cometidas durante la Segunda Guerra Mundial.

En España la situación es similar. Existe el Convenio de Oviedo, impulsado por impulsado por el Consejo de Europa para regular las prácticas en Biomedicina, que aconseja sobre las prácticas de la biomedicina, pero no tiene poder legislativo. La normativa se regula por la Ley de Investigación Biomédica que aunque es una trasposición del convenio, no dice nada sobre aplicarse terapias a uno mismo y ahí entraría la libertad individual.

Pese a esto, su apoyo no está muy bien visto en la actualidad aunque la historia sigue dejando ejemplos para el debate. Ha habido varios premios Nobel que probaron con la autoexperimentación como Tu Youyou que fue galardonada hace solo 5 años por desarrollar un medicamento contra la malaria que probó por primera vez en ella misma. Eso sí, no siempre que se ha optado por esta práctica de forma oficial o clandestina ha funcionado y eso es lo que más temen muchos de los expertos en un momento en el que todos buscan una solución definitiva y cuanto antes.

Sea lega, ético o nada de eso, de momento en lo relacionado con el coronavirus todo apunta a que la gran losa sobre estos científicos con prácticas alternativas está en los resultados. Pese a que aseguran estar en ello y contar con un respaldo científico, el propio grupo Radvac no ha conseguido demostrar que su solución funcione contra el virus.

Fuente: elconfidencial.com

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