Un hallazgo en Jerash, en Jordania, aporta evidencia directa de la pandemia de Justiniano y suma detalles sobre quiénes murieron y cómo se vivió la crisis
La pandemia más antigua registrada dejó una marca brutal en el Mediterráneo y, ahora, un equipo de investigación liderado por Estados Unidos logró verificar la primera fosa común masiva asociada a ese episodio. El hallazgo, documentado en un estudio publicado en febrero en el Journal of Archaeological Science, abre una ventana inusual para entender cómo vivieron —y cómo murieron— las personas atrapadas en esa crisis.
La investigación se centró en una gran zona de entierro en Jerash, en la actual Jordania, un centro regional de comercio que los especialistas describen como un punto clave durante la pandemia que se extendió entre los años 541 y 750 d.C. Allí, las excavaciones en el hipódromo sacaron a la luz más de 200 individuos enterrados en un mismo sector, en un contexto que no se parece al crecimiento lento y gradual de un cementerio tradicional.
Según el equipo, el ADN obtenido de los cuerpos mostró que el lugar representó «un único evento mortuorio»: es decir, una sepultura masiva producto de una emergencia concentrada en el tiempo. Esa conclusión cambia el foco del descubrimiento: no se trata solo de ubicar el patógeno, sino de reconstruir el impacto humano y social que dejó la pandemia en una ciudad concreta.
La autora principal del estudio, Rays Jiang, profesora asociada en la Universidad del Sur de Florida, explicó que hallazgos previos habían identificado al microorganismo —Yersinia pestis— como responsable de la peste de Justiniano. Pero el sitio de Jerash permite transformar esa señal genética en una historia de vida: quiénes eran las víctimas, cómo era su vulnerabilidad, y por qué estaban en esa ciudad cuando el brote golpeó con fuerza.
En el análisis participaron especialistas de arqueología, historia y genética de la Universidad del Sur de Florida, la Universidad Atlántica de Florida y la Universidad de Sídney. En particular, el trabajo genético se basó en ADN extraído de dientes, una fuente que suele conservar material biológico útil para estudios de este tipo.
Los resultados mostraron una población diversa: hombres y mujeres, personas jóvenes y adultas, incluidos adolescentes y gente «en su mejor edad». Para Jiang, ese perfil es consistente con una comunidad móvil y heterogénea, típica de un nodo comercial: esclavos, mercenarios y distintos grupos que circulaban por la región y que, por la irrupción de la pandemia, terminaron juntos y “atrapados” en el mismo lugar.
Esa lectura llevó a los investigadores a trazar paralelos con pandemias modernas, en especial con el Covid: así como los viajes se frenaron y las rutas se cerraron en los últimos años, las pandemias antiguas también encontraban terreno fértil en ciudades densamente pobladas moldeadas por el movimiento de personas y por cambios ambientales. En Jerash, esa dinámica se vuelve visible porque la crisis “juntó” a quienes normalmente habrían estado dispersos.
El estudio también entra en un debate histórico más amplio. Jiang señaló que existe una corriente que pone en duda que esa primera gran pandemia haya ocurrido, apoyándose en argumentos como la falta de un colapso demográfico comparable al de la Peste Negra, o la ausencia de señales claras en ciertos registros económicos y de asentamiento. Sin embargo, el hallazgo en Jerash cambia el peso de la discusión: hay un patógeno identificado, una fosa común y cuerpos, una evidencia dura de que el episodio existió.
Para la investigadora, otro punto es clave: una pandemia puede arrasar con poblaciones sin que necesariamente provoque revoluciones, cambios de régimen o derrumbes institucionales inmediatos. La magnitud social de una enfermedad no siempre se mide por el nivel de “colapso” político o económico, y el caso de la peste de Justiniano —a la luz de esta fosa común— vuelve a poner esa idea en primer plano.
Fuente: mdzol.com


Deja una respuesta