Una terapia génica salva a niños gracias al sacrificio de sus hermanos enfermos

Una importante prueba de una terapia génica en Italia está ofreciendo alegrías y penas a familias afectadas por una rara enfermedad cerebral, al mejorar la esperanza de vida de los hermanos que la padecen.

Amy Price, una estadounidense de Omaha recuerda que en 2011 hizo algo que ninguna madre debería hacer: dejó a una hija enferma a cargo de cuidadores en un piso alquilado de Milán (Italia) mientras acompañaba a su hijo menor a someterse un tratamiento que le salvaría la vida en un hospital del país.

Su hijo Giovanni ahora tiene seis años y está sano, pero su hija Liviana no fue tratada y falleció en 2013.

El estudio del Instituto para Terapias Génicas San Raffaele Teletón se está demostrando increíblemente eficaz para frenar la leucodistrofia metacromática (LMC), un trastorno hereditario que se presenta durante la infancia y destruye la materia blanca del cerebro, dando paso a parálisis y demencia.

La terapia añade una copia correcta de un sólo gen a la médula ósea del niño. Pero sólo funciona cuando se administra antes de que el paciente muestre síntomas; para cuando la mayoría de los niños, incluida Liviana, son diagnosticados, es demasiado tarde. La excepción se presenta cuando un hijo enfermo alerta de que sus hermanos están en peligro. Entonces unas pruebas génicas y bioquimicas pueden revelar si niños muy pequeños corren el riesgo de desarrollar la enfermedad.

“Es extremadamente desgarrador; pierdes a un niño y salvas a otro”, explica el presidente de la Fundación MLD, una organización sin ánimo de lucro radicada en Oregon (EU), Dean Suhr. El experto añade: “Es una decisión que no debería tomar ningún padre, pero ha sucedido muchas veces durante este ensayo”.

El tratamiento parece ser la primera terapia génica diseñada para actuar de manera preventiva, casi de la misma forma que una vacuna. Al ser administrado a bebés, antes de que presenten los terroríficos síntomas sobre los dos años de edad, parece paralizar o impedir totalmente el rápido desarrollo de la enfermedad.

Los médicos italianos presentaron los resultados de nueve niños en junio en la revista Lancet. Ocho de ellos vieron interrumpido el desarrollo de su enfermedad o han alcanzado la edad de escolarización obligatoria sin presentar ningún síntoma. Alessandra Biffi, que inició el ensayo en 2010 y ahora es especialista en terapias génicas de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard (EEUU), dice que aún es pronto para afirmar que se ha encontrado una cura permanente porque aun no se ha monitorizado a los niños durante suficiente tiempo.

“Como mínimo, se produce un importante retardo en el desarrollo de la enfermedad”, apunta Biffi.

Las terapias génicas están dando un salto histórico. Han pasado de ser un proyecto de investigación para convertirse en una medicina de verdad. Tras tres décadas de falsos arranques, el primer tratamiento génico curativo, diseñado para tratar un trastorno por deficiencia inmune que afecta a niños, fue aprobado en Europa este año. Al igual que el tratamiento para la LMC, fue desarrollado en el centro de terapias génicas en Milán, un hervidero de ciencias de ADN respaldadas por maratones televisivos nacionales que recaudan dinero mediante casos desgarradores como el de los Price: una familia con ocho hijos, tres de los cuales fueron diagnosticados con LMC, y que sobrevive como puede con el sueldo de un humilde contratista de casas.

Ambos tratamientos han sido comprados por el gigante británico de la industria farmacéutica GlaxoSmithKline (GSK), que persigue la comercialización final de las terapias. Al añadir el código de ADN correcto a las células, las terapias génicas tienen el potencial de borrar devastadoras enfermedades con un tratamiento de una única dosis. El director de la Unidad de Enfermedades Raras de GSK, Andrew Shenker, dice que los tratamientos génicos y celulares podrían volverse tan importantes como las pastillas e infusiones de hoy.

Los datos de los hermanos son especialmente potentes porque comparten los mismos errores de ADN en sus células, y sus estructuras genéticas son similares. Por tanto, uno actúa como un control “sin tratar” para demostrar lo que sucede sin la terapia génica, frente a los resultados del otro después de ser tratado.

Con unos datos tan potentes, GSK afirma que podrá buscar la aprobación del tratamiento para LMC en 2017, a pesar de que tan pocos niños lo hayan recibido. La conclusión del trabajo publicado está dedicada a los hermanos mayores que actuaron como centinelas: “En memoria de Baily, Valentina, Carlos, Dennis, Liviana, Mustafa, Randa y Amany”.

Price aún recuerda el momento preciso en 2010 cuando se dio cuenta de que la pierna de Liviana colgaba a un ángulo raro. Entonces la niña de tres años de edad empezó a sufrir escalofríos. Fue el principio de la pesadilla de cualquier padre, una en la que el hijo recorre el camino inverso en sus progresos infantiles. Price apuntó todo en su blog: el día que Liviana dejó de andar, la última vez que dijo mamá y su última gran sonrisa.

No lo sabían al principio, pero tanto Price como su marido, Brad, tenían una copia defectuosa de un gen llamado ARSA. Y puesto que Liviana heredó ambos errores y no disponía de copias funcionales su cuerpo no generó una enzima que necesitaba para eliminar determinadas moléculas, llamadas sulfátidos, de sus células nerviosas. Eso destruyó su capacidad de mantener conexiones con otros nervios.

La enfermedad es muy rara, pues solo afecta a uno de cada 50 mil niños nacidos durante un año. Pero los hijos de los Price tendrán todos unas probabilidades del 25 por ciento de verse afectados. Los médicos rápidamente sometieron sus otros hijos a pruebas y Price casi perdió el conocimiento cuando supo que su hijo Giovanni había recibido la misma sentencia genética de muerte. Pero pocos días después localizó el ensayo italiano y apuntó a Giovanni.

La madre afirma: “Sin ella, no lo habríamos sabido. Liviana nos fue enviada para salvar a Giovanni”.

A los niños que se someten al tratamiento se les administra busulfán, un fármaco químico que destruye la mayor parte de su médula ósea. Pero parte de la médula ósea es extraída y conservada primero para que los médicos puedan emplear un virus para insertar una copia funcional del gen ARSA. Después, la médula ósea corregida es devuelta al paciente, y algunas células llegan hasta el cerebro, donde se convierten en células gliales que fabrican la enzima ARSA.

Los padres solicitan desesperadamente el ingreso de sus hijos al estudio, incluidos niños que ya muestren síntomas, puesto que no existe ningún otro tratamiento. “Piden ser tratados. Desde luego que sí”, afirma Biffi. Sin embargo, son rechazados por motivos médicos ya que lleva meses como mínimo que el tratamiento surta efecto, y se cree que no ayuda demasiado en los casos en los que el cerebro del paciente ya se encuentra en proceso de rápido declive.

De hecho, los médicos italianos creen que cuánto más joven sea el paciente a la hora de reemplazar el gen, mejores serán los resultados. En el futuro, indica el médico italiano líder del estudio, Allessandro Aiuti, la LMC podría incluirse en la lista de enfermedades raras que se buscan en recién nacidos con pruebas diagnósticas, de forma que los niños sean identificados de inmediato y puedan disponer de la oportunidad de someterse a una terapia génica. Otras enfermedades podrían tratarse de la misma manera, convirtiendo la terapia génica en una especie de vacuna infantil.

Un estudio piloto se lanzó en el estado de Washington (EU) el pasado mes de mayo para determinar si resulta viable detectar LMC mediante los análisis estándar de control de recién nacidos, algo que en Estados Unidos y Europa incluye la extracción de sangre mediante una punción en el talón para realizar un cribado en busca de entre 30 y 50 trastornos metabólicos. Tales pruebas de salud pública de bajo coste no son pruebas de ADN. Un simple análisis de sangre revelaría niveles altos de sulfátidos en casos de LMB, pero aún no está claro cuán precisa sería una prueba así. Esto es lo que busca averiguar el estudio piloto.

Los italianos cubrieron el coste del tratamiento de Giovanni y los gastos de los Price también con dinero recaudado por la Fundación Teletón. Pero a Price le ha resultado difícil viajar a Italia dos veces al año para las revisiones médicas. Cuando se negó una vez a volver a Milán para una revisión, dos médicos italianos volaron hasta Omaha para probar la médula ósea de Giovanni.

Price también desestimó los consejos de los médicos italianos de someterse a una prueba genética prenatal durante sus siguientes dos embarazos para conocer por adelantado si los fetos estaban afectados, ya que no ella no contemplaría el aborto en ningún caso. Tuvo cuatro hijos más, tres de ellos en 2014 cuando dio a luz a trillizos bivetelinos naturales (algo que tiene unas probabilidades de uno en 8.100). Una de ellos, Cecilia, también había heredado los genes de la LMC. Los italianos admitieron este segundo bebé al estudio y la trataron también, a los nueve meses de vida. Ahora tiene dos años.

Giovanni se ha convertido en un niño de seis años normal. Ya ha superado a Liviana, que tenía cinco años y medio cuando falleció. La recuerda como su “mejor amiga”. Cuando estaba enferma, él le colocaba juguetes en sus manos a pesar de que ella ya no era capaz de jugar con ellos. Su madre dice que no le ha explicado a Giovanni que la razón por la que él viaja a Italia es porque padece la misma enfermedad.

La madre explica: “No quiero que crea que él también va a morir. Algún día, mantendré con él la conversación en la que le explicaré que recibió el tratamiento mientras que ella no, y eso le entristecerá. Pero son unas conversaciones muy grandes para un niño de seis años. Ahora mismo, nadie sabría al cruzarse con él por la calle que realmente no debería estar aquí”.

¿Es permanente el tratamiento? Nadie lo puede asegurar. Cecilia progresa bien, igual que Giovanni, que ha sacado sobresalientes en sus análisis de sangre y en las pruebas infantiles de coeficiente intelectual. Le encanta la ropa elegante y las botas de vaquero. Pero Price dice que se siente aterrorizada por la posibilidad de que cada dolor de crecimiento o caída sea señal de que está desarrollando la enfermedad. La madre concluye: “No quiero decir si creo que es para siempre o no. No quiero gafarlo”.

Fuente: technologyrwview.com

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