Lo que no alcanza a construirse es también una colección de ideas, historias, culturas y circunstancias, dijo Leal
La arquitectura que jamás se construyó también tiene algo que decir: “Los proyectos no realizados, sean notables o despreciables, banales o gloriosos, revolucionarios o absurdos. A pesar de no construirse, son un testimonio de que los proyectos son más de lo construido. Son, ante todo, una colección de ideas, pero también de historias, culturas y circunstancias”.
Así lo afirmó el arquitecto Felipe Leal, miembro de El Colegio Nacional, al coordinar la mesa “¡La que no se construyó!”, como parte del ciclo Las otras arquitecturas. Al colegiado lo acompañaron Gina Cebey, historiadora del arte, y los arquitectos Gustavo Lipkau y Axel Arañó.
Jamás realizados, ya sea por falta de fondos, diferencias creativas, guerras, cambios de regímenes, agregó Leal, esos proyectos “dejan un testimonio de la época en la cual fueron pensados”; además, “revelan la increíble diversidad de ideas arquitectónicas que han surgido en el tiempo y en diversas partes del mundo”.
Sin ser erigidos, “han sido relegados a la memoria, a las bibliotecas, a los archivos, a las narrativas”. Pero no se trata de algo nuevo, sino que su historia se remonta a la antigüedad: “En Egipto, Grecia y Roma, las ideas que fueron concebidas o comenzaron, nunca fueron terminadas; entre ellas los emblemáticos jardines colgantes de Babilonia, una de las llamadas siete maravillas del mundo antiguo, del cual solo existen relatos y descripciones, pero ninguna evidencia arqueológica de su existencia real”.
“Durante el Renacimiento se intentó revivir los logros arquitectónicos de civilizaciones antiguas. Un ejemplo fue la Ciudad Ideal, creada ni más ni menos que por Leonardo da Vinci. Él, además de hacer toda la gran obra pictórica y de inventos, concibió una ciudad ideal: un proyecto visionario que pretendía crear un entorno urbano armonioso y equilibrado de arquitectura clásica y de planificación racional”, dijo el colegiado.
Leal continuó el repaso de algunas arquitecturas que solo se quedaron en el sueño de quienes las concibieron, después refirió algunos ejemplos emblemáticos en México: “Hay casos muy particulares, como el de Zaha Hadid con su proyecto de la esfera, el City Center en Monterrey; el proyecto ganador para construir el nuevo aeropuerto capitalino de Norman Foster y Fernando Romero; la Torre Bicentenario en la Ciudad de México que tendría más de 300 metros de altura, diseñada por el Pritzker holandés Rem Koolhaas”.
Sin embargo, abundó, “no todas las visiones arquitectónicas se hacen realizado, desde grandes planes urbanísticos o estructuras icónicas. Son proyectos que solo existen como dibujos, maquetas o ideas conceptuales, aunque no se hayan construido, los proyectos sin construir tienen una gran importancia en el discurso arquitectónico. Es una arquitectura llamada ‘de papel’, que se presta justamente a mucha polémica; los acontecimientos históricos y los cambios sociales también influyen en la irrealización de los proyectos”.
Así, “los proyectos sin construir ofrecen valiosas lecciones al mostrar tanto los éxitos como los fracasos. El fracaso es una parte natural del proceso de diseño y los proyectos no construidos ofrecen la oportunidad de aprender de estos fracasos y mejorar la práctica arquitectónica. Los proyectos no construidos también animan a pensar críticamente y reflexionar sobre las decisiones del diseño”.
Para la historiadora del arte Gina Cebey, si bien existen edificios o proyectos jamás construidos, estos pueden constituirse en espectros o fantasmas, en creaciones imaginarias, que tienen que ver con la aparición: “Una aparición que está ahí para recordarnos algo, una aparición a manera de sombra y parafraseando a [Walter] Benjamin, también los fantasmas son los que nos pueden hablar de la historia, los que nos pueden dar rayos que alumbren otros momentos de la historia”.
En ese sentido, Cebey se refirió a cuatro ejemplos de arquitectura mexicana que fueron concebidos en el papel, pero jamás se llevaron a cabo. El primero fue el frustrado Palacio Legislativo, planeado por Porfirio Díaz, y que devino en el actual Monumento a la Revolución.
Hoy, dijo, “lo podemos ver como un espacio de reunión, de juego, como una plaza pública. Lo que tenemos aquí entonces es un fantasma que va a estar siempre presente, esa cúpula, pero que ha logrado resignificarse. Y esa cúpula nos da cuenta de otros momentos de la historia. Como dato, el águila que estaba arriba en la propuesta de Bénard fue la que luego trasladaron al Monumento de la Raza”.
La historiadora del arte también habló del entornó Bellas Artes de Alfonso Ballares y Porfirio Alcántara, que pretendía concentrar las áreas de trabajo de la SCOP justo detrás del Palacio de Bellas Artes; el Rascasuelo de BNKR arquitectura (Estebas y Sebastián Suárez) que planteaba la utopía de construir un edificio de 65 niveles subterráneos en la plancha del Zócalo y, por último, el Corredor Cultural Chapultepec de Fernando Romero.
La ciudad del futuro
Hace 30 años, recordó el arquitecto Gustavo Lipkau, surgió en la Facultad de Arquitectura —con maestros como Felipe Leal, Alberto Kallach, Juan Antonio Tonda —, un taller que “entraba a estudiar la ciudad con ganas de meterle las manos, de cambiar el futuro”. De ahí surgiría el proyecto Vuelta a la ciudad lacustre.
Las discusiones que ahí se dieron fueron creciendo, los datos e investigaciones aumentaron y en el momento en el que se habló de construir un nuevo aeropuerto para la Ciudad de México convenía que estuviera en Texcoco “por razones aeronáuticas, pero también para el desarrollo de la ciudad, porque iba a ayudar a recrear el lago, esa era la teoría: que el aeropuerto iba a ser el motor financiero de la recuperación lacustre”.
Esa recuperación lacustre entendida “como algo que necesita muchísimo dinero para realmente poder hacerse, el problema es que el agua naturalmente cae en la zona lacustre, como el suelo es impermeable, pues se queda. El problema es que hoy por hoy esa agua escurre muy sucia porque se mancha al contacto con la ciudad, entonces necesitamos un montón de plantas de tratamiento para hacer que el agua llegue ahí pero que llegue limpia”.
El proyecto planteaba, en términos generales, recuperar la zona lacustre que alguna vez tuvo la ciudad desde Texcoco, teniendo al aeropuerto como detonante, incorporando a las comunidades y reteniendo el agua que naturalmente llega a la ciudad, pero que no se aprovecha. Lipkau recordó los esfuerzos que hizo Vicente Fox para construir el aeropuerto y el lamentable desenlace de San Salvador Atenco.
Después, con la llegada de Felipe Calderón, el proyecto continuó, sobre todo, convenciendo a las comunidades de los beneficios que podría traer la construcción de las instalaciones aeroportuarias y, más tarde, la cancelación definitiva del proyecto en el sexenio pasado. “El espacio inundado con agua tratada del tamaño del vaso de Texcoco, modifica la atmósfera de la ciudad, las inversiones térmicas, el polvo, un montón de las cosas que padecemos se cambian con un proyecto enfocado”.
De acuerdo Lipkau, los cinco metros cúbicos por segundo del agua tratada que tiramos en el vaso de Texcoco, cambia la atmósfera seca, “me refiero a dentro de 3 o 4 meses que empiece la sequedad. Este año ha sido delicioso, no nos hemos quejado del tema, pero esto ayudaría un poco a acordarnos, con orgullo, de que somos la región más transparente del aire”, señaló.
En su oportunidad, el arquitecto Axel Arañó repasó una serie de proyectos, tanto en México como en todo el mundo, que jamás fueron construidos. “De un modo u otro, las arquitecturas no construidas forman parte del inconsciente colectivo”.
Del Palacio Legislativo, que devino en Monumento a la Revolución, al proyecto Olinka de la Ciudad de las Artes, concebido por el Dr. Atl, o del Palacio Legislativo de los Soviets, que pretendía tener una altura de 415 metros, a la intervención de Germania, que pretendía construir el nazismo a lo largo de siete kilómetros de Berlín, fueron expuestos por Arañó.
Para terminar, quiso terminar con la solemnidad y habló de las arquitecturas del futuro con las que soñaron los dibujos animados: “Estas arquitecturas del futuro que no llegó, pero que, de algún modo, para mí, las caricaturas son como el antecedente a la realidad virtual, hacer unos dibujos o renderizados, su secuencia nos hace ver otra realidad”.
“Hay arquitectos que trabajan haciendo las arquitecturas de los videojuegos y entonces son parte ya del patrimonio que se comparte en el inconsciente colectivo”, dijo.
Fuente: El Colegio Nacional