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Las rocas de un asteroide ponen en peligro una misión de la NASA

Las rocas de un asteroide ponen en peligro una misión de la NASA

La misión Osiris-Rex de la NASA, que tiene como objetivo tomar una muestra del asteroide Bennu y traerla a la Tierra, se ha encontrado con un escollo inesperado. La superficie de Bennu ha resultado ser accidentada y estar repleta de grandes rocas, cuando los datos previos hacían pensar que sería lisa y estaría recubierta de polvo fino, según las observaciones preliminares de la misión, presentadas hoy en la Conferencia de Ciencia Planetaria y Lunar, celebrada en The Woodlands (EE.UU.) y en siete artículos en Nature y en otras revistas del mismo grupo editorial.

La nave no está preparada para posarse en el asteroide y tomar una muestra de su suelo en estas condiciones, por lo que los responsables de la misión tendrán que rediseñar su estrategia. Por el momento, mantienen el plan inicial de captar el material a mediados de 2020, según informa por correo electrónico Jason Dworkin, científico del proyecto de Osiris-Rex en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA.

“El rendimiento de los sistemas de navegación ha sido extraordinario hasta la fecha”, ha declarado en una teleconferencia de prensa Rich Burns, coordinador del proyecto de Osiris-Rex en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. “Tenemos confianza en que nuestros sistemas y nuestro equipo están a la altura del objetivo”. El riesgo de que la misión fracase, no obstante, todavía no se ha cuantificado, ha señalado Burns.

Bennu se encuentra a algo más de 80 millones de kilómetros de la Tierra. Ya que se trata de una reliquia del pasado del sistema solar, conocer su composición puede aportar pistas sobre su historia. Es por eso que la NASA se planteó traer un trozo de Bennu a la Tierra, donde se podría estudiar en profundidad.

La meta: traer muestras a la Tierra

Es el mismo objetivo que persigue la misión Hayabusa 2, de la Agencia Japonesa de Exploración Aeroespacial (JAXA), que está explorando el asteroide Ryugu, a más de 300 millones de kilómetros. Las primeras observaciones de la nave japonesa, que se han presentado hoy en tres artículos en la revista Science y en la Conferencia de Ciencia Planetaria y Lunar han revelado también algo inesperado sobre Ryugu: su superficie sorprendentemente monótona y pobre en agua, algo que contrasta con las expectativas previas y con la composición de Bennu.

“Las similitudes y diferencias entre Bennu y Ryugu tendrán un efecto multiplicativo. Comparar las imágenes, los espectros y las muestras nos ayudará a entender el origen y la evolución del sistema solar desde dos perspectivas”, declara Jason Dworkin.

Bennu y Ryugu pertenecen a la misma clase de asteroides, los llamados carbonáceos o de tipo C. Son cuerpos ricos en carbono y, en principio, agua. Se piensa que buena parte del agua y la materia orgánica de la Tierra, esenciales para la vida, llegaron a nuestro planeta a bordo de asteroides de este tipo. “Hay que caracterizar su composición y mineralogía para entender el papel que tuvieron objetos parecidos en el transporte de la materia orgánica y el agua a la Tierra”, explica Josep Maria Trigo, investigador del Institut de Ciències de l’Espai (ICE, CSIC-IEEC), que no ha participado en las observaciones hasta la fecha, pero espera muestras de ambas misiones para investigarlas en los laboratorios del ICE.

Tanto Hayabusa 2 como Osiris-Rex llegaron el año pasado a sus respectivos objetivos. La nave japonesa lo hizo en junio; la estadounidense, en diciembre. Ambas se encontraron con asteroides extremadamente oscuros, en forma de peonza. Eso denota que se formaron mientras rotaban a gran velocidad, lo que hizo que se acumulara más material en el ecuador.

Las primeras observaciones confirman que tanto Bennu, de medio kilómetro de diámetro, como Ryugu, de un kilómetro, no son rocas homogéneas, sino que se formaron por la agregación de distintos fragmentos a causa de la gravedad. Esos trozos probablemente fueron eyectados en impactos que sacudieron cuerpos mayores procedentes del cinturón de asteroides, entre Marte y Júpiter. Cómo llegaron Bennu y Ryugu a sus órbitas actuales entre la Tierra y Marte todavía se desconoce.

Pero ambas misiones han topado con sorpresas. En el caso de Osiris-Rex, la mayor de ellas es que Bennu es lo que se conoce como un asteroide activo, de los cuales sólo hay una docena de los más de 800.000 que se conocen en el sistema solar. “Hemos descubierto partículas que salen eyectadas de la superficie a gran velocidad”, ha declarado en teleconferencia de prensa Dante Lauretta, investigador principal de Osiris-Rex. “Algunas de ellas vuelven a la superficie, por lo que hay una lluvia de partículas continua. Por ahora, no sabemos qué mecanismo causa este fenómeno”.

Los datos captados por Osiris-Rex también apuntan a que Bennu es más antiguo de lo que se esperaba. Tiene entre 100 y 1.000 millones de años, según indica la erosión de su superficie. Ésta es además altamente irregular, con zonas de distintos tonos, lo que dificultará el acercamiento de la nave, ya que se basa en una tecnología de luz láser para calcular las distancias. La abundancia de grandes rocas en la superficie también es un obstáculo, pues las herramientas que Osiris-Rex tiene para recoger muestras del asteroide están pensadas para trabajar en una superficie llana, amplia y con tierra fina. No obstante, los responsables de la misión han identificado algunos lugares relativamente libres de obstáculos, aunque más pequeños de lo deseable, en los que la nave podría llegar a tomar muestras. En los próximos meses seguirán escudriñando su superficie en busca de un lugar óptimo para que la nave descienda y desarrollarán una nueva estrategia para garantizar que la navegación sea segura.

Ryugu, en cambio, es menos problemático para Hayabusa 2, que ya tomó su primera muestra el pasado 22 de febrero. Aunque la operación tuvo que ensayarse antes en un experimento en la Tierra –la superficie de este asteroide también resultó ser más pedregosa de lo esperado–, la nave logró posarse con éxito y recoger suficiente material, según anunció la JAXA el pasado 5 de marzo. El 5 de abril volverá a acercarse a Ryugu, esta vez para golpearlo con una esfera de cobre de 2 kilos y crear un cráter para exponer material de debajo de la superficie, del que intentará tomar una segunda muestra, han informado los responsables de la misión en rueda de prensa.

Según las observaciones de Hayabusa 2 hasta la fecha, Ryugu es más joven que Bennu, con unos 100 millones de años. Y, al contrario de lo que cabria esperar, tiene muy poca agua. Eso indica que el asteroide original del que procede probablemente se deshidrató por un aumento de temperatura en algún momento de su pasado.

“Que Bennu y Ryugu puedan ser hermanos y a la vez exhibir rasgos asombrosamente diferentes implica que debe haber muchos procesos astronómicos excitantes y misteriosos que todavía tenemos que explorar”, afirma en un comunicado Seiji Sugita, investigador de la Universidad de Tokio (Japón) que lidera uno de los tres trabajos que anuncian los descubrimientos de Hayabusa 2 en Science.

Bennu

Las muestras que Hayabusa 2 y Osiris-Rex deben traer de ambos asteroides ofrecerán una oportunidad sin precedentes de estudiar la composición de este tipo de cuerpos. Si todo sale según lo previsto, al regresar lanzarán a la Tierra el valioso material dentro de una cápsula antes de perderse en el espacio. Hayabusa 2 lo hará a finales de 2020 y Osiris-Rex, en 2023. Serán la segunda y la tercera misión en traer muestras de un asteroide a la Tierra, ya que la primera en conseguirlo fue la también japonesa Hayabusa, que en 2010 trajo rocas del asteroide Itokawa, de tipo rocoso (no carbonáceo).

Aunque en la Tierra ya hay numerosas muestras de meteoritos de tipo carbonáceo que han caído a la superficie terrestre, su composición está contaminada por los microorganismos de la Tierra y por el calentamiento que sufren al atravesar la atmósfera. Las muestras tomadas directamente en Ryugu y Bennu permitirán conocer mucho mejor su verdadera naturaleza y la de los asteroides progenitores de los cuales proceden.

Hayabusa 2 se prepara para tomar la segunda muestra de Ryugu

“Al retornar muestras a la Tierra, científicos de todo el mundo podrán hacer preguntas sobre Bennu que no pueden hacer los instrumentos de una nave espacial: podrán analizar los minerales, las moléculas y los átomos de cada grano. Lo que es aún más emocionante es que el 75% de la muestra se guardará para el futuro. Igual que las muestras lunares traídas por las misiones Apolo, que se abrirán pronto tras llevar 50 años guardadas, para contestar nuevas preguntas que no se habrían podido responder cuando se recogieron”, explica Jason Dworkin, de la NASA.

“Otra razón fundamental es ser capaces de cuantificar propiedades muy importantes por si en un futuro se plantea la necesidad de paliar un encuentro inesperado de la Tierra con estos objetos. Si no conocemos sus propiedades físicas, su composición y su estructura, lo tendremos bien difícil”, añade Josep Maria Trigo.

Fuente: lavanguardia.com

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