La ideología del nacionalismo catalán tiene una sombra de falsa ciencia

La idea de que existen diferentes razas humanas -y su corolario de que algunas de ellas son mejores que otras- es uno de los pensamientos más dañinos, perversos y deleznables que ha desarrollado la humanidad a lo largo de su ya dilatada historia.

Simplemente por sus consecuencias en la práctica (guerras de limpieza étnica, exterminio de millones de judíos, gitanos, eslavos y otros considerados infrahumanos en tiempos del nazismo, justificación de la esclavitud etc.) debería ser una idea absolutamente reprobable.

Pero, más de 100 años de desarrollo de la genética como ciencia, han demostrado (con absoluta independencia de cualquier razón ética) que se trata de una idea total y absolutamente falsa.

Por eso sorprende tanto que el President Torra (siguiendo una senda por la que otros muchos como Heribert Barrera, Jordi Pujol o el propio Oriol Junqueras ya se habían aventurado) se empeñe en justificar que los catalanes son genéticamente diferentes de los españoles y, por supuesto, superiores.

Las incontables perlas del “pensamiento” de Torra, en este sentido, se pueden agrupar a grandes rasgos en tres grandes categorías: la primera justificando que la inferioridad de los españoles se debe a fallos en su ADN (por ejemplo, “los cruces con la raza del español fueron aumentando y aumentando hasta llegar a mutar el ADN de los autóctonos”; “hay algo Freudiano entre esas bestias, o un pequeño bache en su cadena de ADN ¡Pobres individuos!”), la segunda justificando la inferioridad de los españoles por ser atrasados pueblos del sur en contraposición a los más desarrollados pueblos del norte (por ejemplo, “aquí hay gente que ha dicho basta… gente que se ha olvidado de mirar al sur y vuelve a mirar al norte, donde la gente es limpia, noble, libre y culta”), y la tercera justificando el nacionalismo supremacista catalán como algo que está en los genes (por ejemplo, “si somos catalanes es que no podemos ser otra cosa… está en nuestro ADN”).

Pero, tal vez, no debiera sorprendernos: el profesor Juan Francisco Fuentes, catedrático de historia contemporánea en la UCM y Visiting Senior Fellow en el IDEAS Center de la London School of Economy, ha analizado en detalle cómo el separatismo catalán propuso a Adolf Hitler una colaboración intensa, basada en que la Gran Alemania y la Gran Cataluña eran muy similares y perseguían objetivos comunes. Para convencer al Führer aportaron, sin el menor rubor, un amplio dossier (que sobrevivió a la guerra), titulado “Fonaments cientifics del racismo”. Ni más ni menos. Lo peor es que, incluso cuando la historia ha permitido valorar la destructiva perversidad del catastrófico nacionalismo nazi, las opiniones que el señor Torra ha escrito sobre los españoles, siguen ajustándose perfectamente al concepto nazi del infra-hombre.

Por más que uno se devane los sesos no resulta fácil pensar como, a día de hoy, alguien puede mantener los argumentos de Torra, tan falaces a nivel científico, como reprobables a nivel ético.

Todos somos del Sur

En rigor, todos los seres humanos de nuestra especie somos un pueblo “del sur”: nuestra especie se originó en África y allí vivió buena parte de su historia. No hace mucho tiempo, evolutivamente hablando, un pequeño número de individuos abandonó África. Somos sus descendientes. Y como eran muy pocos, todos nosotros, que descendemos de ellos, somos genéticamente muy parecidos.

La evolución nos convirtió en primates visuales especialmente adaptados para reconocer pequeñas diferencias morfológicas entre nosotros mismos. No tenemos problemas para distinguir entre negros, chinos o nórdicos, ni siquiera entre nuestros hermanos (que tienen la mitad de sus genes idéntica a nosotros). Es más, somos capaces de distinguir a los hermanos gemelos (cuyo ADN es totalmente idéntico). Por el contrario, las ovejas de un rebaño nos parecen todas iguales. Sin embargo, un análisis de nuestros ADNs demuestra que los humanos (seamos de donde seamos) somos todos muy parecidos. Por el contrario, las ovejas, que nosotros vemos todas iguales, son bastante más diferentes.

En las primeras lecciones de genética un estudiante aprende una cuestión elemental: tenemos un padre y una madre (y recibimos la mitad de nuestros genes de cada uno de ellos), 4 abuelos (y recibimos la cuarta parte de los genes de cada uno de ellos), 8 bisabuelos, 16 tatarabuelos y así sucesivamente. Resulta evidente que el número de ancestros crece muy rápidamente (en una notación matemática el número de ancestros que tenemos es 2 elevado a la n, siendo n el número de generaciones antes de nosotros).

Esto nos permite echar cuentas: en los tiempos de Colón el señor Torra (o cualquiera de nosotros) tenía 33554432 ancestros; en los de Julio Cesar tenía un número bestial de ancestros (un 1 seguido de 30 ceros). Pero en tiempos de Colón sin duda no había más de 30 millones de catalanes. Y jamás hubo un número de seres humanos tan grande como el número de ancestros que uno debería tener en tiempos de Julio Cesar.

Como no había tantos seres humanos, alguno de nuestros ancestros fue también ancestro de quien nos está leyendo: encantado de conocerte, primo lejano que nos estás leyendo. Pero también Quim Torra es un primo más o menos cercano mío (qué se le va a hacer, la familia no se escoge). Después de los tiempos de Colón nosotros tuvimos ancestros catalanes y el señor Torra ancestros del sur. Por suerte para él los pueblos del sur -sus ancestros- no tienen nada malo en el ADN, ni nuestros ancestros catalanes nos hicieron una sola pizca mejor, ni peor, (genéticamente hablando).

No hay diferencias genéticas entre catalanes y españoles

Otra de las cosa elementales que aprende un estudiante de genética en sus primeros días es la heterosis: los individuos genéticamente más mezclados “heterozigotos” casi siempre son más resistentes que las “razas puras”. Hay un ejemplo icónico para explicarlo. En África, donde la malaria es endémica (la malaria es probablemente la enfermedad que ha afectado a más seres humanos en la historia), los europeos se contagiaban fácilmente. Por el contrario, algunas de las poblaciones de la zona no se contagiaban; sin embargo padecían una forma de anemia (la falcemia) bastante incapacitante. Los mulatos, descendientes de un europeo y un nativo falcémico, son a la vez resistentes a la malaria y no padecen la falcemia. Hay miles de casos de heterosis (y en buena parte el éxito de nuestra agricultura y ganadería se debe al vigor de estas mezclas).

Así que el señor Torra no debería preocuparse. Si supiese genética sabría que no hay diferencias genéticas entre catalanes y españoles. Y en el caso de que las hubiese, lo mejor para los catalanes (y para los españoles) sería mezclarse cuanto más mejor.

Indudablemente, como catedráticos de genética nos preocupa que nosotros y nuestros colegas lo hayamos hecho tan mal a nivel docente que todavía haya individuos tan ignorantes como el President Torra.

En nuestro descargo, queda pensar que la gran mayoría de los seres humanos más inteligentes, cultos y sensibles fueron profundamente antinacionalistas. Albert Einstein, sin duda el icono del ser humano más inteligente, dedicó buena parte de sus esfuerzos a combatir el nacionalismo, que consideraba una idea perversa y anticuada. Frente a convencidos (y comprometidos) antinacionalistas de la talla de un Einstein, los teóricos del nacionalismo -pensemos en Torra o en Hitler- no parecen haber contribuido tan seriamente al avance del conocimiento.

Recientemente se ha publicado en PNAS (una de las mejores y más serias revistas científicas del mundo) un artículo, cuanto menos inquietante: las personas de ideología nacionalista muestran mucha menos flexibilidad mental (dejémoslo simplemente en eso) que las de ideologías no nacionalistas. Por suerte para todos, esa falta de flexibilidad no está en los genes. Nada que no tenga arreglo poniendo a funcionar la cabeza en vez de las vísceras.

Fuente: tendencias21.net